Fotos: ALEJANDRO OLIVARES

Antes de vendarse las manos, Líner Huamán toma un plumón y comienza a retocar las banderas que luce en su pantalón. Es un viejo ritual de combate. Primero pinta la pierna derecha, donde está el emblema peruano, y luego la izquierda donde se ubica el de Chile. El rojo es el color que une a ambos países. El color de la sangre. La misma sangre que brotará de uno de sus párpados en unos minutos más, cuando enfrente al dominicano Diego “la pantera” Pichardo. Mientras, escucha reggaetón. De su celular sale la voz de Daddy Yanqui que susurra: “eran tiempos difíciles, uno tenía que buscárselas como pudiera, habían veces que uno estaba a la expectativa”. La letra parece un resumen de su vida.

Huamán llegó al Club México luego de una paliza que le propinaron en el Parque de los Reyes. Tenía apenas 13 años y buscaba aprender a defenderse. Aquella vez lo recibió un entrenador y le dijo que viniera al otro día. Líner fue el primero en llegar y nunca más se marchó del gimnasio. Fue campeón amateur de cadetes a los 16 años, en el 2009, el último período que la federación permitió que extranjeros pelearan en un campeonato nacional. La restricción, motivada por la obtención del título en calidad de forastero, lo hizo aspirar a algo mayor: transformarse en boxeador profesional. El 13 de abril de este año debutó ante el argentino Lucas Machado y lo derrotó por nocaut en el segundo asalto. Ahora va por su sexto combate y pretende mantener su invicto de cinco victorias consecutivas.

Iván Corral, el calvo entrenador de Líner, ex campeón latinoamericano amateur de peso liviano, comienza enfundar las manos de su pupilo separando con vendas cada nudillo de sus puños. Es un rito que ambos ejecutan en silencio. La velada boxeril ya ha comenzado. El club México está a un 70% de su capacidad y la prensa ha llegado a cubrir a la joven promesa peruano-chilena del boxeo. Es la noche del viernes14 de diciembre. Líner comienza a precalentar. Antes de saltar al ring, pide a la prensa que se aleje y lo deje rezar tranquilo. De rodillas frente a un inmenso espejo besa una cruz de plata que le regaló su madre y extiende sus manos enguantadas al cielo. La cruz representa el sacrificio, me dijo unos días después, resumiendo el concepto en tres palabras: sangre, sudor y lágrimas. Trilogía que pretende aplicar para ser campeón del mundo.

En el gimnasio comienza a escucharse reggaetón. Señal inequívoca de la salida de Huamán. Escoltado por Iván Corral, el ayudante técnico y el masajista, Líner ingresa al ring, levanta el puño derecho y saluda a la galería. Todavía luce en su pecho el crucifijo de plata que le regaló su madre.
-Líner “Pac-man” Huaaaaaaaaamán- grita el presentador apuntando a un rincón del ring.

El público aplaude. Huamán es de la casa y se ha ganado al respetable a punta de golpes.

Suena la campana. El dominicano sorprende por su velocidad. Antes de terminar el primer asalto “la pantera” conecta un gancho de izquierda en el rostro de Líner. El golpe lo hace tambalear. El primer round es para el dominicano. Corral, agazapado en el rincón de su pupilo, lo recrimina por haberse “comido” la izquierda. “Tranquilo, profe”, le responde Huamán, esperanzado en los cinco asaltos que le quedan. El segundo round es más parejo, pero en el tercero Líner recibe un cabezazo que le rompe el párpado derecho. Huamán sangra y teme que el árbitro suspenda la pelea. Las instrucciones en su rincón son claras: “cortarle las piernas al dominicano”. Líner sale con todo buscando machacar el hígado de su rival. Pichardo pierde movilidad, se guarece en las cuerdas hasta que no aguanta más. Un golpe certero lo hace caer de rodillas en el quinto round. Tiene una mano en el suelo y la otra en las costillas. No va más. Huamán levanta los puños al cielo y llora. Ha sido su pelea más dura. No faltó sangre, ni sudor, ni tampoco lágrimas.

LAS RAÍCES

Fue un nocaut al corazón. Así lo sintió Luis Valenzuela, manager de Líner, cuando lo vio ingresar a la casa donde vivió con sus padres en Pativilca y el muchacho se echó a llorar como una Magdalena. Huamán acudió al pueblo, ubicado al noroeste de Lima, invitado en noviembre de este año por Aldo Parodi, un empresario que se conmovió por la historia del humilde boxeador peruano que triunfaba en Chile, exhibido en un programa de la televisión incaica. La idea era que Huamán, después de 10 años, se reencontrara con sus raíces.

-Fue un momento duro, no me despegué de él, traté de contenerlo. En un instante, para descomprimir el ambiente, bromeé haciéndole un conteo como si fuera un árbitro- recuerda Valenzuela.

Líner estaba literalmente en la lona. Una lona plagada de recuerdos. Nada había cambiado en Pativilca. La casa de sus padres, construida de estera y piso de tierra, sin luz ni baño, le hizo recordar su dura infancia. Cuando veía a los niños, era como verse él mismo correteando por las calles, recuerda, durmiendo en el cementerio, donde trabajó muchas veces acarreando agua, y nadando en el río que atraviesa el pueblo.
-También dormía en casas abandonadas, no quiero que esa gente pase lo que pasé yo, quiero ayudarlos, pero primero tengo que cumplir mi sueño: alcanzar un título mundial y hacer historia en Chile -cuenta Huamán.

La vida de Líner en Pativilca estuvo marcada por la partida de su madre a Chile en el año 2001. Líner se quedó viviendo con su padrastro y dos hermanos. Luego se fue a vivir a la casa de sus abuelos. Tenía apenas 8 años. Pasó harto tiempo en la calle, conoció la lucha territorial de las pandillas y comenzó a beber chicha. “Es algo común allá”, recuerda ahora. Su madre, enterada de las andanzas de su retoño, decidió traérselo a Chile cuando le contaron que se había arrancado con un primo a la ciudad de Trujillo.

-Llamé y me dijeron que estaba hecho un malcriado, que pasaba saliendo y me empecé a preocupar. Es triste cuando uno deja de ver a sus hijos. Yo sé que de chiquito sufrió harto. Le hice falta. Por eso decidí traérmelo- cuenta.

Alejandrina llevaba dos años en Chile cuando mandó a buscar a Líner. Acá trabajó lavando platos en La Vega y como empleada doméstica. Sagradamente, cada mes, enviaba 125 mil pesos al Perú. El contraste entre la vida de sus patrones y la precariedad de sus hijos en Pativilca se transformó en un martirio constante. “Siempre recordaba que ellos dormían todos apretados en una cama sin colchón, que tenían que ir a hacer sus necesidades al cerro, por eso no hallaba la hora de traérmelos”, cuenta.

El primero en ingresar a Chile fue Líner. Luego vendrían sus otros dos hijos y su esposo. Alejandrina lo fue a buscar a Arica en mayo del 2003. El pequeño ni siquiera la reconoció. “Estaba mucho más gorda”, recuerda Líner.

En el bus de regreso a Santiago, le preguntó a su madre algo que la dejó boquiabierta.
-¿Por qué no me contaste que mi padre está vivo?, inquirió el muchacho.

Angelina se vio en la obligación de contar toda la verdad. Durante el trayecto a Santiago Líner se enteró que su padre, a quien suponía muerto, había abandonado a su madre cuando esta quedó embarazada y que nunca se preocupó por buscarlo. Alejandrina, por miedo al “qué dirán”, regresó a su hogar luego de una temporada en el campo y le contó a su familia que el hombre estaba muerto. No encontró mejor excusa que echarle la culpa a los terroristas.

-Les dije que lo había matado la guerrilla en la zona roja que cubre la selva-recuerda.

La mentira duró hasta que el padre de Alejandrina se enteró. El abuelo de Líner, antes que el pequeño viajara a Chile, le contó toda la verdad. Una verdad que pudo haber tenido otro final. Un final sin Líner. Porque Alejandrina, apremiada, pensó en abortar.

-La señora con la que trabajaba me llevó a un doctor para que no tuviera la guagua. Fuimos y quedamos de volver al otro día. Pero yo no quise. Pensaba que diosito me iba a castigar-cuenta.

Cuando llegaron a Santiago, Alejandrina le mostró una foto de su padre. Líner comenzó a llorar. “Sentí rabia porque me abandonó, por no haber estado conmigo cuando me hizo falta, nada se compara al cariño de un padre”, cuenta.

Alejandrina, cuando Líner volvió a Perú, le sugirió que nombrara a su padre por la televisión para que lo conociera. Líner no quiso. Dice que ya dio vuelta la página y que su estadía en Pativilca lo marcó. Antes de abandonar el pueblo, cuenta Luis Valenzuela, su manager, Huamán le dijo: “acá no regreso más a vivir”. Una decisión que esconde, cuenta su manager, una apuesta sobre su futuro: optar a la nacionalidad chilena.

BULLYING
-¿Dónde aprendiste a pelear?-le preguntó un compañero a Líner luego que éste tumbara a otro en plena sala de clases.
Huamán, recién llegado al curso, le respondió susurrando: “Soy boxeador”. Llevaba apenas unos días en el colegio y cada vez que opinaba en clases un compañero remataba sus intervenciones con un bullicioso “pe”. Líner, aprovechando la salida del profesor de la sala, se paró y le pegó un “feroz combo en el hocico”. “Cayó a tierra, me fui a sentar y todos me quedaron mirando”, recuerda.

La noticia se propagó en el liceo Vasco Núñez de Balboa, de la comuna de Independencia, y los contrincantes no tardaron en aparecer. “Te voy a sacar la cresta, peruano culiao”, le gritaban en los pasillos. Pero nadie se atrevía a pelear. Huamán, luego de soportar largos años de bullying, pudo gozar al fin de su nueva reputación. Un estatus bastante lejano al que tenía cuando llegó a Chile.

– Siempre me decían peruano tal por cual y de la nada comenzaban a pegarme- recuerda.

En ese entonces, Líner era alumno del colegio George Washington y las provocaciones siempre provenían de grupos que en los recreos siempre le daban vuelta el jugo o le restregaban un alfajor en el rostro. “Imagínate, tenía apenas 10 años y ya me sentía discriminado”, reflexiona ahora. “Lo que pasa es que nosotros somos muy morenos y ustedes más blancos. En el fondo es una discriminación racista”, agrega.

Varias veces lo acorralaron en la sala, pateándolo en el suelo y sacándole sangre de narices. “Es fome recordar eso”, dice. A tal punto llegaron las golpizas que le pidió a su madre que lo cambiara de colegio. Ingresó a la escuela Camilo Mori. Pero los problemas continuaron, esta vez afuera del establecimiento. Cuando caminaba rumbo a su casa, junto a otros peruanos, aparecían grupos intentando agredirlos. Como aquella vez que dos tipos se ensañaron con él en el Parque de los Reyes. Las peleas eran tan comunes en el sector de Independencia que algunas terminaron en muertes. Líner aún recuerda el asesinato de un peruano en la esquina de Maruri con Colón.

– Lo apuñalaron, fue triste, pensar que tú vas a otro país a trabajar, sacrificándote para salir adelante y no te reciben bien. Que lata- reflexiona Líner.

La familia optó por cambiarse de casa. La medida tampoco sirvió. En febrero del año 2010 Líner estaba con su hermano y un amigo en un estrecho pasaje del barrio Cumming, cuando de la nada aparecen 10 pendejos con palos y cuchillos y comienzan a golpearlos. Líner se defiende y logra derribar a dos. Su hermano huye. Él también logra zafar pero se resbala y cae. En el suelo no sólo recibe golpes, sino también una certera puñalada en las costillas. Una vecina avisó a su madre y Alejandrina acude con ambos hijos al hospital y estampa una denuncia en Carabineros. Líner se salva una vez más.

LOS ELEGIDOS
Cuando Líner comenzó a entrenar en el Club México su madre se opuso tenazmente. “Cómo vas a pelear, después vas a quedar enfermo”, le dijo. No hubo caso. Líner acudía al gimnasio todos los días después de clases. Así comenzó su carrera como boxeador amateur. Peleó con toda las promesas del boxeo chileno y a todos les ganó. Tanto así que el año 2009 se coronó campeón de Chile. Un caso inédito en el boxeo nacional. La federación, desde entonces, prohibió que un extranjero peleara en el campeonato local. Huamán acusó el golpe y decidió pasar al profesionalismo. Una tarea arriesgada en un medio tan precario como el nuestro.

-En Chile nadie invierte en el boxeo. Tenemos 32 boxeadores profesionales, la mayor parte trabaja y boxea. Claro que hay hartos muchachos que tienen condiciones pero la industria no da. Boxear en Chile no es un negocio rentable por ahora- cuenta Luis Valenzuela, manager de Líner.

Valenzuela conoce el medio como la palma de su mano. Sabe que las posibilidades que un muchacho se pierda o se vaya para la casa son altas. “Por eso no es extraño verlos después trabajando en la construcción o en las ferias. Las familias los acompañan sólo hasta que salen de cuarto medio, después les dicen que busquen pega y dejen el boxeo. He visto casos por montones”, agrega.

Si alguien decide ser boxeador profesional la primera regla es apañárselas solo. Para comprar un pantalón, un protector genital y unas zapatillas deben desembolsar alrededor de 150 mil pesos. Después tienen que hacerse cinco exámenes médicos para obtener la licencia profesional. “Si el tipo tiene previsión le va a costar 50 lucas, si no va a tener que pagar 150”, aclara Valenzuela.

El caso más emblemático de autofinanciamiento es el de Ángelo Báez, boxeador oriundo de Osorno, que sale al ring con una camiseta que dice: “auspiciado por la familia Báez”.

Luis Valenzuela resume el desafío del profesionalismo con una frase bíblica: “muchos son los llamados y pocos los elegidos”. Premisa que el Club México ha seguido al pie de la letra. Desde el año 2006 que el recinto de calle San Pablo decidió acompañar a sus pupilos en sus carreras profesionales.

-El año 2005 nos dimos cuenta que había una fuga de plata porque invertíamos en formar boxeadores y llegado el momento no había retorno. Pero al año siguiente, como conocíamos el negocio, contábamos con gimnasio y boxeadores, decidimos acompañarlos en esta aventura-, cuenta Luis Valenzuela, quien también las oficia como secretario del Club México.

Fue así como hicieron debutar a José Sánchez, Óscar “La Máquina” Bravo, Luis “Animal” Cerda, Miguel “Aguja” González y este año a Líner “Pac-man” Huamán. El recinto de calle San Pablo terminó por transformarse en promotor de sus propios púgiles. Una tarea compleja que poco a poco ha comenzado a generar réditos. La prensa ha vuelto a cubrir boxeo y un canal de cable transmite las veladas que realizan los días viernes. Pero aún falta mucho. “Se necesita más espalda”, asegura Valenzuela.

-La mayoría de nuestros boxeadores tiene condiciones para ser campeón del mundo pero las ganas no bastan. Hay que generar las condiciones y la estructura para llevarlos a una categoría mundial-, agrega el manager.

Y para eso trabajan. La meta es que el club pueda generar 20 peleas para poder aspirar a un campeonato del mundo. Lo otro es que algún promotor extranjero instale a alguna promesa en las grandes factorías internacionales como la Golden Boy, la empresa de Oscar de La Hoya, o Top Rank, del promotor Bob Arum que patrocina a Manny Pacquiao. Pese a todas las carencias, el sueño se mantiene intacto. Pero aún faltan lucas. “Si las empresas chilenas no invierten en el boxeo es muy poco probable que lo hagan con un boxeador peruano”, sostiene Valenzuela. Por eso la apuesta de internacionalizar la carrera de Líner tiene como norte el Perú, un país con una industria montada y que cuenta con dos campeones del mundo: Kina Malpartida, campeona en la categoría súper pluma de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) y Alberto “Chiquito” Rossel, campeón mundial minimosca del mismo organismo. “Las gestiones en Perú están avanzadas, nos ha ido relativamente bien, en eso estamos”, asegura Valenzuela.

Durante la visita de Huamán y su mánager a Perú, invitados por un empresario limeño, Líner tuvo la oportunidad de conocer a chiquito Rossel. El campeón los invito a comer y les contó sobre sus inicios en el boxeo. Les dijo que había ingresado a Estados Unidos a la mala, con visa de turista, y que sus dos primeros años boxeando no había ganado un peso. Trabajaba haciendo aseo en un gimnasio a cambio de un cuartucho para dormir y en sus ratos libres entrenaba. Chiquito intentaba apuntar al corazón de Huamán. “Sabía que mi sacrifico algún día me llevaría a ser campeón del mundo”, le dijo. Luis Valenzuela, al finalizar la cita, cogió a Huamán del hombro y le dijo: “tú nunca has dejado de cobrar por tus peleas y tampoco has hecho aseo en el club. Tienes una ventaja. Este hombre partió aquí abajo y tú estás acá”. El manager hizo una pausa, miró a los ojos a Huamán y le soltó: “tienes que ser mejor que él”.