Ilustración: Marcelo Ibarra

Un grupo de jóvenes tuvo el valor sin par de denunciar una siniestra trama de poder y sexo que tenía como centro el padre Fernando Karadima, formador de obispos y santificado por buena parte de la clase alta. Ésta vio desnudada su capacidad infinita de obviar la verdad cuando le incomoda y preferir de entre todas las teologías posibles un compendio de banalidades virginales y espiritualidad hueca que no le obliga a preguntarse por la pobreza y la humillación que fomentan u olvidan.

Lo que hacía sospechoso de antemano a Karadima era ese empeño -propio también de Maciel- por la pureza, la virginidad de la Virgen; su obsesión por dividir el mundo entre limpios de corazón y jóvenes ensuciados por el sexo. Un tuiter a la pasada de una de sus víctimas, el filósofo José Andrés Murillo, me hizo ver lo profunda que puede ser esta obsesión por la pureza, que ensucia más que cualquier vicio. En ese tuit, Murillo dividía el mundo entre víctimas y victimarios y nos llamaba a los tuiteros a elegir en qué campo estar. Para la víctimas, toda la comprensión del mundo; para los victimarios, toda la severidad del mundo, sin matices, sin grises, sin atenuantes. Porque todo eso puede ser para los victimarios una ayuda.

En el cristianismo de la iglesia de El Bosque esto tiene algún sentido; en el que yo aprendí, en una parroquia de curas de teología de la liberación en París, ese es el mayor de todos los absurdos. Para un cristiano, no existe la completa inocencia ni la completa culpabilidad. Todos podemos ser victimarios y todos víctimas, todos somos en ese sentido al mismo tiempo redimibles y culpables, posibles criminales y posibles santos, muchas veces al mismo tiempo y con la misma intensidad. La ley civil de los Estados laicos ha imitado esta idea: para ella, no hay tampoco culpable o inocente de por sí, sino ciudadanos que transgreden leyes y pagan por ello condenas con la que su crimen debería -aunque en una sociedad como la chilena esto escasamente suceda- quedar saldada su deuda.

En nuestro sistema legal, como en nuestro orden religioso (el de los judeocristianos, al menos), la inocencia total es un mito como lo es la maldad total. Los dos son inalcanzables para el simple mortal. Mortal también por eso, porque sus penas y sus placeres tienen fecha de caducidad. Esto, al revés de lo que creen los linchadores de fin de semana, no es una muestra de debilidad, sino de fuerza. Inventar que el que viola, mata o roba es un monstruo es lo más natural del mundo. No dudo que yo mismo, enfrentado a quien abusara aunque sea con una pluma a mis hijos perdería cualquier muestra de racionalidad o de cuidado e intentaría eliminar el demonio, y sólo al despertar de la pesadilla podría, quizás, entrever que el demonio he sido yo al olvidar que él que hacía el mal no era el Mal, que al matarlo no hacía otra cosa que contagiarme de ese mal que está como dios, la inspiración y las estadísticas, en todas partes y en ninguna. La frase bíblica de “El que no ha cometido pecado que tire la primera piedra” tenía por objeto salvar a la prostituta y también a los lapidadores que, manchados de la sangre de la prostituta, perdían el derecho a pedir clemencia cuando eran ellos los culpables. Porque, cada uno a su manera y con su gravedad, todos estamos llamados a ser culpables y todos víctimas. El único que tendría derecho a lapidarnos a todos, el que no ha pecado nunca, es justamente el que nos ama porque hemos pecado, el que nos pide ser cualquier cosa menos eternas víctimas, llorosos seres que no tienen la culpa de nada, que miran el mundo desde una cómoda impotencia de eternos violentados.

Evitar la división entre víctimas y victimarios, inocentes y culpables, demonios y ángeles no es una forma de perdonar al bulto, sino al revés: de ser preciso, es decir efectivo, a la hora de condenar el crimen que se quiere condenar. Inventar un monstruo, en este caso el abusador de menores, es la mejor manera de perdonarlo. Los monstruos no tienen la culpa de ser monstruos; los humanos, sí. En el caso del abuso con niños -que son legal y simbólicamente inocentes-, la distinción es difícil de proponer. Los niños no pueden defenderse y es lógico que los defendamos con todas nuestras fuerzas. No pueden hablar, y eso es lo que nos obliga a evitar poner en su boca cosas que no han dicho; no tienen quiénes los defiendan y debemos redoblar vigilancia a la hora de quienes quieren usarlos y manipularlos, profesores, sacerdotes, pero también periodistas, fiscales, sicólogos y ONG.

Debemos proteger a los niños, pero no al riesgo de infantilizar a los adultos. Poner en el centro de cualquier debate moral la idea de que debemos, para ser perdonados, queridos, ser víctimas de alguna fuerza oscura y diabólica que usa contra nosotros todos los tentáculos del poder, es una idea peligrosa justamente porque no es del todo falsa. Ante el abuso, el de poder, el sexual, el financiero, lo natural es sentirse víctima, sujeto pasivo, eterno sufridor, ser aplastado que alega ante el mal absoluta y total inocencia. Como la inocencia nunca es total, basta encontrar en la hoja de vida de la víctima alguna mella para que ésta deje ese cómodo lugar de penitente y mendigo que sufre, que no para de sufrir, que debe para conseguir su lugar, mantener fresca la herida y húmedos los ojos. Basta que la víctima no lo sea en todo y en cualquier situación para que pierda sus privilegios. Inversamente, basta que el victimario llore en cámara o nos cuente sus sufrimientos infantiles para que pueda él también dejar de ser responsable de sus actos, para adquirir el estatus ideal de cordero en el altar de un dios celoso y colérico, el dios del Antiguo Testamento que Karadima y sus boys preferían al del Nuevo Testamento.

Negarse a ser víctima no es negar su dolor, sino vivirlo como propio, verlo crecer y cicatrizar para convertirse en experiencia, indignación, historia, ley. Ser víctima es parar el tiempo, parar la vida, vivir en y para el instante de la ofensa. Es reducir su vida a un momento, a un papel, que resulta abrigador en el invierno pero que termina por ahogar cuando viene el verano. Creer en el mal absoluto y la inocencia perfecta, es un buen modo de aprender a comerse toda la comida y dormir bien toda la noche. Ser adulto, es aprender a escoger incluso lo que no eliges, los dolores y los placeres, las humillaciones y las rebeliones en la que incurres desde un yo que se sabe indestructible justamente porque es poroso, rebota, cambia, se transforma, se va haciendo y deshaciendo.

Nuestro dolor, nuestra indignación, debe convertirse en cualquier cosa menos en piedra. Debe evitar cosificarse en la inmovilidad, quedar suspendido en el tiempo y en el espacio. Debe moverse, evitar el voyerismo de la prensa que se ha convertido en una sucursal de la fiscalía, aunque más bien sea al revés y la fiscalía sea una dependencia de la sección policial de los diarios. Nuestra indignación puede ser colectiva, pero nunca convertirse en multitud dispuesta a linchar a nadie. Antes de juzgar, debemos discriminar -es decir seleccionar, elegir, evaluar-, usando el único rasero que poseemos: nuestra propia experiencia vivida con la sinceridad del que es víctima y victimario a cada instante, un humano verdugo de hormigas, ratones y vacas, padre de hijos, cuadros, libros o simplemente desvaríos.

La justicia debe hacerse desde la horizontalidad mínima de saberse pecadores todos, humanos para bien o para mal, esclavos de sus pasiones y liberados de ellas por la razón. Esa es para mí toda la lección que encierra el relato de la primera piedra y Cristo, que con más sabiduría y más éxito que cualquier sistema penal le dice a la pecadora “Vete y no peques más.” No sé si la mujer adúltera cumplió con la orden de Cristo, pero sospecho que los lapidadores no volvieron tan fácil a lanzar piedras protegidos por el anonimato de su justa ira, de su inocencia incuestionable, de su bondad demasiado buena para ser real.