Foto: Cristóbal Olivares

“Toda la vida he cortado el pelo, no sirvo para empleado. Este es un trabajo liviano, donde no tenís patrón que te mande, es como si tuvieras tu propia peluquería. Yo tuve la mía cerca del Parque de los Reyes. Cortaba el pelo una vez a la semana y más encima fiado. La cerré, no era para mí. Así que el 97’ se me ocurrió venir a La Vega con una maleta y comencé a ofrecer mis servicios de peluquería ambulante, algo que a nadie se le iba a ocurrir, porque eso sólo se sigue haciendo en el campo. Para hacer marketing corté el pelo gratis una semana. Cuando vieron que cortaba más o menos bien, me empezaron a llegar clientes. Al mes de trabajar en La Vega me di cuenta que me hacía falta una silla, porque sentaba a mis clientes en un cajón de frutas. Cuando conseguí la silla, parecía ekeko: la llevaba en una mano, una maleta en la otra y un espejo colgando en la espalda. “No poh -me dije- en una yegua monto todo”. El 2001 elaboré un “carro de peluquería”, en La Vega le pusieron “Arturito”, porque les ponía un dvd chiquitito portátil y le ponía tango a los viejos. Después, cuando tuve más clientela, dejé de traer tantas cuestiones y sólo traía revistas cochinas pa’ que leyeran. Así que mientras les cortaba el pelo los viejos veían el Penthouse o la Playboy.

Cuando entré fuerte al negocio, me di cuenta que podía hacer 20 lucas en cuatro horas y así esta cuestión se convirtió en un trabajo. Dejó de ser un experimento, ahora gano casi 35 lucas promedio diario. No vengo todos los días por lo mismo, a lo más dos o tres veces por semana y ya tengo la gamba asegurada. No necesito más. Además, ahora que he salido en algunos medios, mis ventas han subido un 40%. Como te ven en la tele, la gente se asegura que no ando tonteando. Si no me conocen, creen que a lo mejor corto como el orto, o simplemente me dicen “no”. Algunos me preguntan si saco fotos o vendo café. Pero aquí en La Vega me conocen todos. Ahora tengo 250 clientes. Creo que me sirvió mucho una foto con Alcaíno cuando estaba de candidato a alcalde. Cuando venía caminando a La Vega, lo pillé en el barrio Brasil y le pedí que se atendiera en mi carrito. Le emparejé las patillas y le saqué unas pelusas.

Me dio una tarjeta, me regaló diez lucas y me dijo: “si salgo alcalde, ahí tienes mi tarjeta”. Nunca fui a molestar porque cuando son alcaldes se olvidan de ti. Si ando con hipertensión y me ausento treinta días, ningún cliente me pone el gorro. En esos días, algunos me llaman y me dicen “¡oye viejo estai chupando mucho!”, mientras otros me echan de menos porque fueron a una peluquería y les pegaron la desconocida. Van a esas “Unisex”, donde las cabras te pegan un buen charchazo y hacen pasar al siguiente. Son comerciales. Yo disfruto haciendo el corte. Echo la talla y converso cuando corto el pelo. Me pusieron “Tío Peluca”, por cariño, porque soy como un psicólogo externo. Las personas me cuentan sus problemas, se relajan y los saco del estrés. Nadie va donde el peluquero a llorar. En esos 15 o 30 minutos, el hueón no existe en el mundo real, existe en el mundo del peluquero: una fantasía de risas, tallas y desestresamiento. Eso hago yo. Por eso tengo mi clientela. Les cuento chistes, los hago reír con cualquier cosa que se me ocurra.

Me acuerdo que cuando llegó el golpe la situación estaba muy difícil así que terminé convirtiéndome en un exiliado económico y me fui directamente a Argentina. Estaba separado y partí con mis tres hijos bajo el brazo. Al principio trabajé en la cosecha de uvas y casualmente me fui a cortar el pelo a una calle en Mendoza. Entré y el tipo me dijo: “tenés que anotarte hermano, acá es con turno, esto no es Chile”. “Aquí son doctores los boludos”, le respondí. Así que me entusiasmé y la última quincena volví a Santiago para comprarme unas máquinas en Pichara, porque los peluqueros aparte de anotarte por turno, ganaban harto más. Con un corte de pelo allá me compraba cuatro kilos de carne y aquí un cuarto de molida. Así que me puse a trabajar de peluquero en Argentina donde aprendí una técnica especial de corte rápido, los hueones la ven y quedan locos. También conocí al patrón argentino, que es una maravilla comparado con el chileno. En Argentina el patrón no es “don”, no es “usté”. Si se llama Raúl es “Che Raúl, ¿como andás? ¡andá a cagar!”. En Chile los patrones son vacas en un 90%: si te pillan durmiendo te roban el anillo de oro, te cagan en plata y te cagan con horas extras ¿Cuánta gente trabaja por temor más que por la plata? Son secuelas de la dictadura.

Lo malo de Argentina es que me tocó el conflicto del Beagle. Un día estaba en el cine, de repente lo iluminaron y salieron 60 policías de la nada y gritaron “todos los chilenos a la muralla!” Al 90% los subieron a un camión lleno de mierda y los dejaron en la frontera. Por suerte yo estaba radicado.

Finalmente el 98 me vine para acá con mi hijos y me quedé. Echaba de menos la marraqueta y el mariscal. La carne argentina me tenía harto, me dio ácido úrico y un infarto.

Hace tiempo tuve la idea de ir a un casting del programa “Circo Romano”. Ahí hice una rutina de peluquero que agarra pal hueveo al cliente. Me dijeron que era espectacular. Me gustan las cámaras. Creo que es porque cuando chico quería ser comediante, pero no llegué muy lejos. A lo más, el año 72 trabajé dos meses en un programa de televisión que estaba completamente galleteado, era concursante y me ganaba lo que nunca me llevé a la casa. Pero me pagaban re bien. No digo el nombre del animador, ni el canal, porque algún día podría invitarme a su programa. Ese mismo año, hice de extra en la película “Estado de sitio” de Costa Gavras, un director italo-francés que filma puras cosas con connotación política. En esa película hice de marino, jinete, civil y militar. Me mataron como cinco veces. Estuve trabajando casi un mes en la película y salí apenas un segundo”.