Es posible que en este tiempo se esté realizando la rearticulación cupular de los partidos políticos más poderosa de los últimos veinte años. Movimientos de las elites que siguen las reglas acuciosas de la política, fundadas en negociaciones móviles y múltiples para obtener el poder. Resulta importante observar cómo se escriben las tramas políticas, cómo se exceden o conceden o se parapetan tras sus propias bambalinas para cautivar -en el doble sentido de cautiverio y atracción- a los votantes.

Parece completamente estrambótico que el “partido más grande de Chile”, la UDI, no tenga un candidato de sus filas. Lo interesante es que este partido no pudo tener un abanderado porque su propia estructura ideológica (centrada en la ultra ganancia en todas las esferas, el autoritarismo post pinochetista y los infatigables controles de la sexualidad) no fue capaz de construir una figura pública que lo representara.
En este escenario, el candidato no militante encarna el guión mediático de “El Gerente”: ese gerente de clase media que incrementa, con astucia y dedicación, los intereses del poderoso empresario de turno para ascender, para dejar atrás el mal recuerdo de Maipú y viajar raudo a La Dehesa y así convivir no sólo con sus jefes, sino con sus fantasías de ascenso social. Además habrá nacido en Maipú, lugar del que, según la presentación que hace el mismo candidato, parece que es necesario no sólo salir, sino que arrancar a perderse. Pero como se llama Laurence Golborne, (cuestión fundamental para las elites) su nombre extranjero le da una cosmética tolerable a su origen “inferior”, como él mismo se autodefine y define a su familia ferretera y de Maipú.

Ya el escritor José Donoso abordó de manera incesante el tema de las clases y particularmente la relación entre la clase alta y la clase media. En la obra de Donoso las clases dominantes inoculan sus imaginarios en las clases medias. Más aún, las clases medias son producidas por ese imaginario. El “arribismo” que tan bien conocemos se transforma en la gran arma de dominación pues genera la obediencia y el servilismo por parte de sujetos que buscan pertenecer a espacios que sólo podrán incluirlos en la categoría de advenedizos, ya mediante el despliegue de bienes (empresarios que entre otras cosas compran su prestigio social) o administradores, como son los abnegados gerentes.

Como el Presidente Piñera, “un millonario de verdad”, no fue capaz de inscribir su filosofía de “excelencia” ni menos el peligroso término -bastante “ario”- de un gobierno de “los mejores” (sin definir qué significa exactamente esa expresión y cómo se mide) ahora la UDI, que necesita tener un candidato para ejercer su mayoría, pone sobre la palestra a un gerente de los varios que integran el gabinete del presidencial. Un gerente que exalta su condición pública para servir a la empresa privada, un gerente que tiene latentes conflictos de interés en el área más peligrosa para la democracia, como es la terrible ecuación entre Estado, política y negocios.

La UDI siempre ha tratado al mundo popular (que sí ha conseguido parcialmente capturar) con un sostenido paternalismo, propio del modelo de la hacienda. Pero también los ha considerado como sujetos inferiores intelectualmente. La “oferta Golborne” se funda en que todos pueden emularlo, que con “esfuerzo” cualquiera llega a ser gerente, ministro y presidente; que La Dehesa, sector donde viven varios de los actuales pre candidatos -incluido el siempre ambiguo y paradójico ME-O- está al alcance de la mano. Y, más aún, como no es militante puede incursionar en territorios valóricos que los dueños de la UDI no comparten, pero sí su gerente. De esa manera consiguen ampliar su oferta y eludir el lastre cultural que los asfixia a ellos mismos, para así seguir siendo ellos mismos a través de su dedicado gerente. Un gerente que jamás hará lo que predica en materias valóricas porque la “empresa UDI” no es de él. Esta es la parte quizás más tortuosa, porque significa pensar que la ciudadanía es estúpida, que no entiende las reglas de un juego político simplote que les ofrecen, que no conoce ni siquiera sus propias condiciones de vida, ni los salarios que ganan, ni menos la discriminación generalizada que experimentan.

Pero las fuerzas políticas ya están rearticuladas. La ampliación de la Concertación mediante la inclusión del PC es un hito, porque la idea que los une es “derrotar a la derecha”, (¿a cuál, si parte de ella habita en la misma Concertación?) como si el modelo económico que nos rige no fuese el motor de la violencia que experimenta el mundo social. Como si el legendario líder popular del Partido Socialista, Camilo Escalona, no fuese ya una autocaricatura irreconocible de lo que fue y así, para qué seguir nombrando a los que ya se re-nombraron solos.

Que haya votado apenas un 40% de la población en las últimas elecciones dejando a la democracia al borde de la deslegitimación les importa un bledo a estas nuevas recomposiciones. Todas las elites políticas han convertido a la ciudadanía en una “moda” o en una simple retórica de uso vaciada de sentido. Cuando invocan en sus discursos a “la ciudadanía” y sus demandas y sus deseos, lo hacen desde la certeza de la escasa cuota de poder que tienen los cuerpos ciudadanos y que cualquier modificación del tramado social sólo es posible mediante acuerdos entre las cúpulas incluido, desde luego, el empresariado nacional.

La Concertación ampliada, en este escenario, garantizaría gobernabilidad. No sólo porque le va a dar el cupo para la reelección que busca el senador Navarro (así que él no tiene que seguir amenazando), sino porque algunos dirigentes sociales buscan ingresar al campo normalizado (o domesticado) de la política institucional. En ese sentido habría que mirar con atención al interesante dirigente de Aysén, Iván Fuentes, quien se definió en una entrevista pública como “socialista”, pero que ahora aparentemente podría ser candidato a diputado por la Democracia Cristiana. Eso no está mal, cada dirigente hará lo que estime necesario. Pero queda en evidencia un aspecto muy tenso, como es el descabezamiento de los liderazgos sociales mediante la cooptación por parte de los duros aparatos políticos, que necesitan a estos dirigentes “adentro” para usarlos como si todavía estuvieran “afuera” agitando un descontento activo (la protesta), pero que en realidad como parlamentarios oficialistas (si triunfa la Concertación) no sólo deberán controlar sino además negociar.

El uso y abuso del malestar del mundo social en esta campaña será increíble, una moda, un recurso vacío. Lo que está en juego son los poderes centrales que se transan, ya lo sabemos, entre unas paredes estrechas y sinuosas que ni siquiera necesitan de votantes para celebrar los resultados y los triunfos.