Por Jon Lee Anderson para El Puercoespín

Y así, al fin, la cosa comienza. Bajo la guía del nuevo secretario de Estado norteamericano, John Kerry, se ha autorizado la asistencia directa de los Estados Unidos a los rebeldes sirios en armas. Llega bajo la forma de un envío de sesenta millones de dólares, del que se ha dicho, en principio, que será para “ayuda no letal”. Supuestamente esto se traduce como alimentos y medicinas.

Kerry hizo el anuncio esta semana en Roma, en el encuentro de los Amigos de Siria, un grupo de once naciones. Los líderes de la oposición siria reconocida también estaban allí y criticaron la oferta como muy escasa, pero probablemente se equivocan al enojarse. Hay buenas chances de que la asistencia declarada sea solo eso –la asistencia declarada. Nuevas armas de origen croata han estado fluyendo al bando rebelde desde diciembre via los sauditas, y les han ayudado aquí y allá en el campo de batalla.

Ha sido difícil reconstruir las actividades encubiertas o las operaciones logísticas trianguladas. Los británicos también han anunciado su disposición a aumentar su apoyo a los rebeldes: la oferta de ayuda de William Hage, que requiriría el levantamiento de las restricciones norteamericanas, es de “equipo de combate” no letal, como gafas de visión nocturna y chalecos antibalas.

Debajo de toda esta opacidad, y de las declaraciones y las filtraciones, parece evidente que la administración Obama ha decidido mantener la cautela pero proveer respaldo a los rebeldes de Siria, que están luchando una guerra crecientemente violenta para desalojar al enquistado régimen militar de Bashar al-Assad. Se trata de un conflicto de ya 23 meses con más de 70.000 muertos –y sigue la cuenta. En algún momento de esta semana, un millón de sirios abandonará su país hacia alguno de los vecinos con estatus de refugiados. En Jordania había unos tres mil refugiados para esta época el año pasado; ahora hay casi medio millón, y más llegan cada día. Para las Naciones Unidas y otras agencias humanitarias, la guerra de Siria es ahora la más urgente crisis de refugiados del mundo, sin fin previsible.

Con el régimen de Assad atrincherado; con combates que tienen lugar todos los días en la mayoría de las ciudades sirias; con Irán proveyendo, aparentemente sin fin, material de guerra a Assad; con los rusos decididos a actuar como factor de poder, cubriendo empecinadamente al régimen en el terreno diplomático; y con la extraordinaria posición estratégica de Siria en Medio Oriente, era inevitable que la Casa Blanca tarde o temprano saldría con una política que remplazara su esperar-para-ver y su retorcerse de manos.

¿Es inteligente, o correcto, armar a los rebeldes sirios? ¿Es, incluso, responsabilidad norteamericana hacerlo? La historia proveerá el veredicto final, pero probablemente no hay una respuesta totalmente cierta o errada a esta altura. La heterogénea oposición armada siria está demasiado enfrascada en la guerra con el régimen como para ser verdaderamente evaluada, monitoreada y, de algún modo, “convertida en confiable” a cambio del apoyo de los Estados Unidos, y parece improbable que ello cambie en el futuro inmediato.

Esta es una guerra de cabeza de hidra, un poco como un juego de póker de altas apuestas, y lo mejor que Washington puede hacer, probablemente, es respirar hondo y sentarse a la mesa para jugar su mano, esperando ganar algo y no perder la granja familiar en el camino.

Dado el rol de los Estados Unidos en el planeta, no hay otra opción real excepto jugar, porque del embrollo sirio saldrá alguna clase de nuevo entendimiento entre los poderes de un mundo en que las influencias de todos están puestas sobre un nuevo Medio Oriente. Los rusos han hecho sus apuestas y, a su modo, también los chinos, los iraníes, los turcos y los sauditas. Lo han hechos todos en el vecindario, incluso los peces pequeños.

El resultado es un empate sangriento. Para mejor o peor, todo el mundo está mirando a los norteamericanos para que alteren el balance, porque ése es el rol que se espera de una superpotencia todavía activa. No se trata de tanto de lo que es correcto, como del juego mismo. Si los norteamericanos quieren que el resultado los favorezca, y a sus aliados, deben contribuir a moldearlo. La ayuda directa puede tener sus riesgos; no hacer nada significa perder.