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Mundo

5 de Marzo de 2013

La Venezuela de Chávez: la torre rota, por Jon Lee Anderson

Vía El Puercoespín El 11 de diciembre, Hugo Chávez Frías, el presidente ostentosamente radical de Venezuela, sufrió su cuarta cirugía contra el cáncer y desde entonces ha languidecido, bajo estrecha custodia, en un hospital de La Habana. Sólo los más cercanos miembros de la familia y colaboradores –y, presumiblemente, los hermanos Castro– tienen permitido verlo. […]

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Vía El Puercoespín

El 11 de diciembre, Hugo Chávez Frías, el presidente ostentosamente radical de Venezuela, sufrió su cuarta cirugía contra el cáncer y desde entonces ha languidecido, bajo estrecha custodia, en un hospital de La Habana. Sólo los más cercanos miembros de la familia y colaboradores –y, presumiblemente, los hermanos Castro– tienen permitido verlo. No ha habido video alguno de él sonriendo desde una cama de hospital, ningún registro de su saludo a los leales.

Los funcionarios de Chávez sólo admiten que experimenta “severas dificultades respiratorias”, pese a los rumores de que se encuentra en un coma inducido y con respirador. La presidenta de la Argentina, Cristina Kirchner, visitó La Habana la semana pasada, llevándole una Biblia, y aunque no dijo si lo había visto, tuiteó luego: “Hasta siempre”. Los partidarios de Chávez insisten en que se está recuperando y que incluso firmó un documento –una prueba de vida que fue debidamente exhibida ante la prensa. Pero el mensaje de Kirchner sonó como un adiós.

Es adecuado que Chávez haya venido a descansar a Cuba, que ha sido un segundo hogar para él durante largo tiempo. En noviembre de 1999, Fidel Castro lo invitó a hablar en la augusta sala de conferencias de la Universidad de La Habana. Chávez, un ex paracaidista, se había convertido en el presidente de Venezuela apenas nueve meses antes pero tenía a la audiencia fascinada, incluyendo a Castro, su hermano menor Raúl y otros altos miembros del politburó de Cuba. Desbordante de expresiones de buena voluntad hacia Cuba, Chávez elogió a Castro y lo llamó “hermano”. Era imposible ignorar las implicaciones de su visita. Desde el fin de los subsidios soviéticos, ocho años antes, Cuba había estado peleando para sobrevivir y Venezuela era rica en petróleo; Chávez viajaba con una delegación de la compañía nacional petrolera. Ya entonces un orador expansivo, Chávez habló durante noventa minutos y Castro sonrió atentamente a todo lo largo. Un hombre junto a mí me susurró que jamás le había visto exhibir tanto respeto por otro líder.

Esa noche, una multitud llenó el estadio nacional de La Habana para un partido amistoso de baseboll entre veteranos de los equipos de los dos países. El humor era festivo. Chávez lanzó y bateó para Venezuela, jugando las nueve entradas. Castro, vestido con una casaca de baseball sobre ropa de fajina, actuó como director técnico de Cuba y dio una lección de táctica a su invitado: a medida que el juego avanzaba, infiltraba jóvenes en el campo disfrazados con barbas postizas, que más tarde se quitaron, desatando gritos y risas en la multitud. Al final del juego, Cuba estaba adelante por cinco a cuatro, pero Chávez declaró: “Tanto Cuba como Venezuela han ganado. Esto profundiza nuestra amistad”.

No mucho después Cuba recibía cargamentos de petróleo venezolano a bajo precio a cambio de los servicios de maestros, médicos e instructores deportivos cubanos, que trabajaban para un enorme plan de asistencia a la pobreza lanzado por Chávez. Desde 2001, decenas de miles de médicos cubanos han dado tratamiento a los pobres de Venezuela y gente con problemas de la vista ha recibido atención en Cuba, en un programa que Chávez llamó, con grandilocuencia típica, Misión Milagro.

Como parte no escrita del acuerdo, Chávez también adquirió una ideología. Desde el comienzo fue un ferviente discípulo de Simón Bolívar, el libertador de Venezuela y su héroe nacional por excelencia; enseguida después de que Chávez asumió el cargo, rebautizó al país como República Bolivariana de Venezuela. Bolívar era un modelo complicado: era un luchador por la libertad carismático, cuyas sangrientas campañas liberaron buena parte de Sudamérica de la España colonial. Pero, aun cuando admiraba la Revolución Norteamericana, tenía mucho más de autócrata que de demócrata. Para Chávez, Castro era el Bolívar de la era moderna –el sostenedor de la lucha antimperialista. En 2005, Chávez anunció que, después de un largo período de estudio y reflexión, había decidido que el socialismo era la mejor vía hacia adelante en la región. En unos pocos años, con sus miles de millones de dólares del petróleo y la mano de Castro como guía, Chávez resucitó el lenguaje y el espíritu de la revolución izquierdista en América Latina. Reconstruiría Venezuela para convertirla en lo que en su discurso de la Universidad de La Habana llamó “un mar de felicidad y de justicia social y paz verdaderas”. Su objetivo explícito era mejorar la situación de los pobres. En Caracas, la capital del país, los resultados de su errática campaña están a la vista.

Los colonizadores españoles que fundaron Caracas en el siglo XVI la situaron cuidadosamente: en las montañas antes que en la vecina costa caribeña para protegerla de los piratas ingleses y las incursiones indígenas. Actualmente, la costa, a diez millas de la ciudad, es accesible gracias a una ruta empinada que fue abierta con explosiones en las montañas por orden del difunto dictador militar Marcos Pérez Jiménez, quien dominó el país durante los años ’50. Una figura despiadada y ampliamente odiada, Pérez Jiménez fue derrocado después de seis años como presidente, pero dejó detrás un impresionante legado de obras públicas: edificios gubernamentales, viviendas públicas, túneles, puentes, parques y carreteras. Décadas después, mientras buena parte de América Latina tascaba el freno de las dictaduras, Venezuela era una democracia dinámica y mayormente estable. Como una de las naciones del mundo más ricas en petróleo, tenía una creciente clase media, con un impresionantemente alto estándar de vida. Era, también, un firme aliado de los Estados Unidos; los Rockefeller poseían campos petroleros allí, así como vastas estancias, donde los miembros de la familia cabalgaban con amigos venezolanos.

La perspectiva de una buena vida en Venezuela atraía a cientos de miles de inmigrantes del resto de América Latina y de Europa, y ellos contribuyeron a dar a Caracas su reputación como una de las ciudades más modernas y atractivas de la región. Tenía una espléndida universidad, la Universidad Central de Venezuela, un museo de arte moderno de primera clase, un elegante country club, una línea de finos hoteles y playas exquisitas. Para finales de los años ’70, mientras las venezolanas se convertían en ganadoras permanentes del concurso de Miss Universo, la mayoría de los demás latinoamericanos habían llegado a considerar al país un lugar bello para gente bella. Aún su más notorio forajido, el terrorista marxista Illich (Carlos, el Chacal) Ramírez Sánchez era un dandy, con un gusto por las corbatas de seda y el Johnnie Walker. En 1983, en lo que puede haber sido el pico del atractivo de Caracas, se inauguró la primera línea de su nueva red de subterráneos, así como el Teresa Carreño, un complejo teatral de nivel internacional.

Esa ciudad apenas se puede ver hoy. Después de décadas de negligencia, pobreza, corrupción y convulsión social, Caracas se ha deteriorado más allá de toda medida. Tiene una de las más altas tasas de homicidios del mundo: el año pasado, en una ciudad de tres millones, unas 3600 personas fueron asesinadas, es decir una cada dos horas. La tasa de asesinatos de Venezuela se ha triplicado desde que Chávez asumió el cargo. En verdad, el crimen violento, o su amenaza, es probablemente la característica definitoria de Caracas, tan inescapable como el clima, generalmente glorioso, y el tráfico, que es horrible, con autos congestionando las calles durante horas cada día. Los vendedores vadean el embotellamiento tratando de encajar juguetes, insecticidas y DVDs de contrabando, mientras que los drogadictos lavan los parabrisas o hacen malabares por unas monedas. Graffiti cubren las fachadas; la basura se apila en las veredas. El Río Guaire, que corre a través del corazón de la ciudad, es un torrente gris de agua maloliente. A lo largo de sus riberas viven cientos de indigentes sin hogar, en su mayoría drogadictos y enfermos mentales. Los distritos más ricos de Caracas son enclaves fortificados, protegidos por muros de seguridad coronados por alambre electrificado. En los portones de acceso, guardias armados mantienen la vigilancia detrás de vidrios opacos.

Caracas es una ciudad fallida, y la Torre de David es quizás el símbolo máximo de ese fracaso. La Torre, un zigurat de vidrio espejado coronado por un gran ascensor vertical, se eleva cuarenta y cinco pisos sobre la ciudad. Como elemento distintivo del complejo de rascacielos de Confinanzas, que incluye otra torre, de dieciocho pisos, y un estacionamiento elevado, es visible desde cualquier lugar en Caracas, que es, todavía, una ciudad de edificios modestos. El barrio circundante es típico: un ladera de casas de una y dos plantas y de tiendas, asomándose unas pocas cuadras por fuera de los flancos de El Avila, una montaña selvática que conforma un dramático muro verde entre Caracas y el Mar Caribe.

La Torre lleva su nombre por David Brillembourg, un banquero que hizo su fortuna durante el boom petrolero de Venezuela, en los ’70. En 1990, Brillembourg lanzó la construcción del compoejo, que esperaba se convirtiera en la réplica venezolana de Wall Street. Pero murió en 1993, mientras todavía estaba en construcción, y poco después de su muerte una crisis bancaria barrió a un tercio de las instituciones financieras del país. La construcción, completa en un sesenta por ciento, se detuvo y nunca fue retomada.

Vista a la distancia, la Torre no ofrece indicación de problema alguno. De cerca, sin embargo, las irregularidades en la fachada se hacen evidentes. En algunos lugares faltan paneles de vidrio y los huecos fueron tapiados; por todas partes asoman los discos satelitales como hongos. Y no hay paneles a los costados. El complejo todo es un gigante de cemento sin terminar –en el que vive gente. Casas de ladrillo construidas toscamente, parecidas a las que cubren las laderas que rodean a Caracas como costras, han llenado los espacios vacantes entre muchos de sus pisos. Sólo los más altos están abiertos al cielo, como plataformas de una gran torta de bodas. Guillermo Barrios, el decano de arquitectura de la Universidad Central, me dijo: “Todo régimen tiene su impronta arquitectónica, su ícono, y no tengo dudas de que el ícono arquitectónico de este régimen es la Torre de David. Corporiza la política urbana de este régimen, que puede ser definida por la confiscación, la expropiación, la incapacidad gubernamental y el uso de la violencia”. La Torre, construida como un símbolo de la eminencia de Venezuela, se ha convertido en la villa miseria más alta del mundo.

***

Para cuando Chávez asumió la Presidencia, en 1999, el centro de la ciudad estaba descuidado y decaído, y la Torre había quedado en custodia de una agencia federal de seguros. Cuando el gobierno intentó venderla en una licitación pública, en 2001, nadie se presentó; un plan para convertirla en la principal sede de la alcaldía fue abandonado. Finalmente, una noche de octubre de 2007 varios cientos de hombres, mujeres y niños, liderados por un grupo de endurecidos ex convictos, invadieron la Torre y acamparon en ella. Una mujer que participó en la invasión me contó: “Entramos en una especie de cueva, como cerdos, todos juntos. Abrimos la puerta y desde entonces hemos vivido aquí”. Estaba asustada, pero sintió que no tenía alternativa. “Todo el mundo buscaba un techo, porque nadie tenía dónde vivir. Y fue una solución”. Muchos otros querían lo mismo. Los líderes de la invasión empezaron a vender el derecho de entrada a los recién llegados, en su mayoría pobres de las villas miserias de Caracas, que querían cambiar las fangosas laderas por la ciudad misma.

Hoy, la Torre es el emblema de una tendencia de la era Chávez: la “invasión” de edificios desocupados por grandes grupos organizados de okupas, conocidos como “invasores”. Cientos de edificios han sido invadidos desde que el fenómeno comenzó, en 2003: bloques de departamentos, torres de oficinas, depósitos, shopping centers. Actualmente, los invasores ocupan unos 155 edificios de Caracas. El complejo de la Torre alberga a unas 3.000 personas, que llenan la torre más pequeña completamente y a la más alta hasta el piso 28. Jóvenes con motos operan un servicio de mototaxi para los residentes de los pisos altos, conduciéndolos de la planta baja hasta el décimo piso del estacionamiento anexo, desde el cual pueden subir por unas rudimentarias escaleras de cemento. Para quienes viven arriba del décimo, es una larga subida.

En un viaje reciente a Caracas, pedí a un taxista que me dejara frente a la Torre de David y me miró en shock. “¿No va a entrar, no?”, dijo. “¡De allí viene todo el mal de esta ciudad!”. La Torre ha ganado fama como centro del crimen de la ciudad, alimentada por relatos periodísticos sobre el lugar como un refugio de matones, asesinos y secuestradores. Para muchos caraqueños, la Torre es sinómino de todo lo que está mal en su sociedad: una comunidad de invasores que viven entre ellos, controlados por pandilleros armados con el tácito consentimiento del gobierno de Chávez.

El jefe de la Torre es un ex criminal convertido en pastor evangélico, llamado Alexander (El Niño) Daza. Ardiente seguidor de Chávez, aceptó verme sólo después de que un intermediario le asegurara que yo era aceptable políticamente. Cuando llegué a la principal entrada de la Torre, unas mujeres que se hallaban dentro de una caseta de seguridad con una puerta electrónica me hicieron mostrar un documento y firmar un registro, y me permitieron pasar sólo porque era invitado de Daza. Este me esperaba en el atrio, un espacio de cemento abierto entre los dos principales edificios. Una música ensordecedora salía de un par de grandes parlantes fuera del camino de entrada a la “iglesia” de Daza, un cuarto en planta baja donde predica los domingos; supuestamente ha renacido en prisión. Bajo y robusto, con cara juvenil, tenía treinta y ocho años pero aparentaba menos.

Nos sentamos en una pared baja para conversar, pero, con los parlantes a todo volumen, era virtualmente imposible escucharlo. No habló sobre la Torre, su comunidad, o sobre su rol como autoridad allí. En cambio, haciéndose eco del lenguaje de los funcionarios de gobierno, se quejó de que los “medios de comunicación privados” estaban siempre buscando formas de distorsionar la verdad, de atacar “la causa del pueblo” y “dañar a Chávez”. Cubriendo a Chávez, yo había pasado una buena cantidad de tiempo con él a lo largo de los años, y cuando se lo dije a Daza pareció cautelosamente impresionado. Después de un rato, se aflojó considerablemente y me mostró a su mujer, una bella joven llamada Gina, que paseaba con un bebe.

Buena parte de la vida comunitaria de la Torre ocurría fuera de la vista, muy por encima de nosotros, pero algunos de los departamentos de los niveles más bajos se hallaban a la vista del atrio. Había ropa colgada de toscos balcones y algunos discos satelitales. Se veían señales de la afiliación política prevaleciente. En la elección reciente, Daza había hecho lo que había podido para convertir a la Torre de David en una base de apoyo a Chávez, y una gran bandera roja en su honor colgaba encima de nosotros.

Daza rechazó con protestas las historias sobre la Torre como centro criminal y sobre él como criminal. Él y su gente habían tomado el control de algo que estaba “muerto” y le dieron “vida”, dijo: “La rescatamos con la visión de vivir aquí en armonía”. Esta era una opinión minoritaria. Guillermo Barrios, el decano de Arquitectura, me dijo: “La Torre de David no fue un bello ejemplo de autodeterminación del pueblo, sino una invasión violenta”. Describió a Daza como un malandro –uno de los matones oportunistas que han llegado a tipificar la vida en las calles de Venezuela—disfrazado de pastor. “Es el líder de un grupo de invasores que vende la entrada al edificio –la más salvaje forma de capitalismo”, sostuvo. “Se arropa en la religiosidad, pero detrás de él hay un grupo violento que le permite llevar a cabo sus acciones”.

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