Cuando Chávez surgió en el panorama de la izquierda latinoamericana, ésta parecía haber escogido dos caminos contrarios pero finalmente confluyentes. Una parte de ella había decidido integrarse al sistema, hacer las reformas posibles en el orden neoliberal; otra había preferido el desorden, también neoliberal, mezclando en la confusión de la selva el narcotráfico y la revolución. Chávez, guiado por el instinto, comprendió el ciclo de la generación de los sesenta, formado en la abundancia de los años cincuenta, alimentada de libros franceses y películas norteamericanas. Chávez creció leyendo libros del boom y telenovelas venezolanas. No le debía nada al mundo y contra el mundo volvió a enganchar con una tradición anterior a Fidel y al Che: Perón, Haya de la Torre, Getulio Vargas. Hizo una revolución puramente latinoamericana, de una Latinoamérica que incluye por cierto a Miami.


Chávez es de alguna forma el anti Guevara. Su muerte en cama, luchando por permanecer a cualquier cosa, contrasta de una manera final con el desdén con que el aventurero argentino enfrentó su propia muerte y la de sus amigos. Ni bello, ni guerrillero, ni verdaderamente marxista, todo lo que en el argentino es voluntarista y extremo es en Chávez realista y astuto, vivo y vital a cualquier precio. Mientras el Che es un doctor que juega a ser militar, Chávez es un militar que le gusta jugar al doctor, y al arquitecto y al ideólogo, y al presidente. Su reverencia a Fidel, su obsesión con la revolución cubana, esconde un secreto resentimiento contra ella. En las selvas de Venezuela murieron o se perdieron una de las primeras guerrillas guevaristas del continente. Inspirado por la visita de Fidel a Venezuela, ésta vio en vivo y directo cómo Cuba negoció con los gobiernos del ADECO y los dejó perdidos a su suerte.

De esa traición nació Chávez, al que se le asignó como primera misión, recién salido de la academia militar, acabar con una de esas guerrillas selváticas. ¿No ha sido esa la misión de toda su vida, acabar con la guerrilla ¿Guevarista? ¿Quién después de Chávez se atreve a ir a la selva a derrocar una democracia burguesa que ha demostrado ser permeable a todos los intentos y delirios del jefe? ¿Es un azar que uno de los enemigos más persistentes de Chávez haya sido justamente Teodoro Petkoff, símbolo viviente de esa generación, la que se fue a la selva para descubrir ahí que la democracia es mucho más que sistema político?

Chávez es el Che de los que no estudiaron, -como los montoneros, los tupamaros, los miristas y los del ELN colombianos- en colegios de curas, ni conocieron a los pobres en trabajos de verano de la Universidad Católica. Es el Che de los que no se exiliaron en Paris, ni viajaron a Cuba a aprender a disparar, ni conocieron la decepción en Managua. Pero es también el Che de los que se hicieron los tontos mientras mataban y torturaban a los montoneros, los miristas y los tupamaros. El Che de los revolucionarios que no podían darse el lujo de hacer la revolución cuando parecía que el mundo estaba dispuesto a hacerlo. El Che de los funcionarios, de los militares, de los sindicalistas de segunda fila; el Che de los que tenían poco que arriesgar y no lo arriesgaron más que cuando vieron el camino seguro, los partidos derrumbados, los líderes desprestigiados, las elecciones ganables.

Chávez es el Che de la generación perdida, de los se formaron en los años ochenta y noventa desnudos de líderes, lejos de las bibliotecas, universidades y think tank que la elite de los sesenta acaparó para sí. El Che de esos que la revolución de los setenta entusiasmó sin lograr en ella más que tener siempre el rol de comparsas, por falta de redes, de cultura o de arrojo. El Che de los Kichner, para no ir más lejos, de los que se descubren montaneros cuando ha dejado de ser peligroso serlo. El Che de los que no pudieron ser ni Galimberti, ni Firmich, ni Miguel Enríquez, ni Roque Dalton, ni Camilo Torres, ni Ricardo Lagos, ni Carlos Altamirano, ni Lula Da Silva, ni Abimael Guzmán; de los que a falta de intelectuales y poesía compraron a precio de petróleo un lugar en la historia del continente.

Ese es quizás su logro más completo: el haber salido desde la marginalidad misma, la del marketing más ruidoso, y haber enganchado con el núcleo mítico de la izquierda latinoamericana. Orgullosamente zambo, mezcla de los indios que salvó Bartolomé De las Casas y de los negros que los reemplazaron en las minas y los campos, Chávez no sólo retaba a sus ministros por televisión como si tuvieran cinco años, sino que se permitía a él mismo una especie de gigantesco cumpleaños en vivo y en directo, lleno de colores, globos. No era un niño, sabía perfectamente lo que hacía, pero sabía que era mejor fingir que estaba jugando, improvisando, inventando, rebelándose contra los padres, pero también contra los hermanos mayores que saben todo y no permiten a los niños la libertad de jugar como quieren.

Chávez le devolvió a Venezuela y a buena parte de Latinoamérica ese tiempo siempre urgente, siempre peligroso, siempre emocionante de la niñez, cuando una semana vale por un año, y siempre están sucediendo cosas. Le dio protección paternal y cuidado a los pobres, pero sobre todo convirtió en oficial la lógica de la infancia: eso de que todo es culpa de los otros, y el mundo está poblado por brujas, demonios y palabras mágicas con las que los problemas pueden resolverse solos.

El chavismo se enfrentaba desde la niñez todopoderosa a los adultos, a los malvados que querían frustrar la revolución; pero también y sobre todo a los adolescentes de los sesenta, los blancos, los burgueses, los niños de papá que quisieron guiar al pueblo hacía la nueva aurora.

¿Esa era la historia de Chávez y el chavismo, la venganza de los niños solos que encaran a sus padres, que le hacen ver hasta qué punto han perdido la autoridad paternal dejándolos a su suerte? Esa es la revolución profunda, la revolución sin fin del chavismo y su generación, la de devolver -convertidos en fiesta y en delirio- los lemas y certezas de los sesenta.