Vía Vice.com

Cuando una amiga que estaba mega hiper preñada y a punto de dar a luz me llamó para decirme que iba a encapsular su placenta y que me invitaba a presenciar todo el proceso, fue como un sueño hecho realidad. Durante los nueve meses de embarazo intenté sacar el tema como quien no quiere la cosa.

“He leído por ahí que algunas mujeres se comen la placenta de su bebé porque tiene mogollón de nutrientes que sino perderían al dar a luz.”

“¿En serio?”

“Te lo juro, es súper nutritiva y tal…”

Pero mientras hablaba del proceso como si tuviera toda la seguridad del mundo, también tengo que decir que me habían dicho que algunas mujeres habían tenido que pasar por una pesadilla burocrática que requiere pagar a un médico forense para que transporte la placenta desde el hospital a un funeraria, y entonces tiene que convencer a la funeraria para “liberar” la placenta y así poder llevártela a casa para pegarte un festín. Las personas con las que hablé no eran canadienses, así que después de investigar un poco descubrí que aquí en Canadá nuestra ley es más tolerante. En Canadá, llevarte la placenta a casa es tan fácil como meterla en una bolsa de plástico y pirarte. Ah, también ayuda contarle al hospital una milonga de esas de que es por tu religión. Si no se quedan en plan “¿QUÉ COÑO?”

Las mujeres eligen consumir su placenta, técnicamente conocido como placentofagia, porque dar a luz es un proceso doloroso que te deja sin energías, y la placenta tiene un puñado de nutrientes que, según algunos, pueden ayudar a curar la depresión posparto. Casi todos los mamíferos (excepto los camélidos) se comen la placenta tan pronto como dan a luz a un cachorrillo adorable.

La placenta de mi amiga, sonriendo para la cámara.

Como podéis ver, la placenta es tan asquerosa como cualquier otro subproducto animal que se puede encontrar en el supermercado. Los primeros pasos para prepararla para ser ingerida consisten en quitar el cordón umbilical y esa especie de bolsa donde estaba el bebé, y después eliminar el exceso de sangre de las venas.

Olía a metal y coño.

Después de que Stacey, nuestra chef, limpiara la placenta de mi amiga, la pusimos en una olla de vapor para cocinarla. De mientras nos explicó la historia de una mujer que preparó su placenta a modo a lasaña y la compartió con su familia a modo ofrenda. Nos partimos el culo.

Le dije a Stacy que me estaba entrando hambre, y que quería comer urgentemente la placenta de mi amiga. “Esto no va a saciar tu hambre,” dijo. “La placenta de una mujer sólo le funciona a ella porque está preparada con los nutrientes que su cuerpo necesita.”

Me puse un poco triste, pero sabía que tenía razón. Nuestros cuerpos son diferentes. Las mujeres que acaban de dar a luz tienen que tomar medicamentos para equilibrar sus niveles hormonales y recuperar energía, aunque creo que esto no sería necesario si todos practicásemos autocanibalismo.

Mmm…

“¿Así que esto tiene muchísimo hierro, no?” dije, sintiéndome un poco incómoda por el olor a metal que penetraba en mi nariz.

“Sí, está cargadito de hierro,” dijo Stacey.

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