Lenguaje

Nuestro lenguaje inicial fue muy poco ideologizado, era técnico y pragmático, en el sentido de que si queríamos llegar a más gente teníamos que empezar a borrar ciertas palabras. Porque hay palabras que generan rechazo en muchas personas, que reavivan prejuicios: “Son los mismos izquierdosos de siempre”. Mi origen en la PUC me hacía tener muy presente ese detalle, independientemente de que ya me había acostumbrado a las asambleas y me sentía muy cómodo en ellas. Pero pensaba: ¿cómo hacerlo para que estas ideas de justicia se digan con palabras que no despierten prejuicios, de manera de llegar con un mensaje renovado, del siglo XXI?

Pronto entendimos que nuestro discurso tenía que estar adaptado a esta cultura individualista. Y teníamos que hablar de la deuda de cada cual; no era ideología, era gremialismo puro. Así partió el movimiento. Partió con un “tú estás endeudado y como tienes un problema, tienes que movilizarte”.

La represión

A medida que la gente se encariñó más con la causa y también con nosotros los estudiantes, vino la represión cada vez más feroz. Ahí sucedió otra cosa que, paradójicamente, también contribuyó a la transversalidad del movimiento. Aquellos muchísimos estudiantes que se movilizaban por primera vez, volvían a sus casas y les contaban a sus familias que les habían tirado bombas lacrimógenas, que les habían lanzado chorros de agua, que les habían pegado un palo, que los habían metido en cana. Y los papás, estando o no de acuerdo con las demandas, pero sabiendo que sus hijos no eran delincuentes, al verlos llegar apaleados se ponían a reflexionar y comenzaban a darse cuenta de que algo no cuadraba cuando los voceros de Gobierno decían que solo ocupaban la fuerza contra los encapuchados o delincuentes. Entonces, la represión fue otro error del gobierno, porque a la larga aumentó la cantidad de personas que nos apoyaba y agitó aún más el ambiente: lejos de contener la movilización causando miedo, provocó más convicción, más decisión de salir.

Evidentemente, la represión también aumentó las respuestas violentas, y eso fue algo negativo. Muchos hacíamos lo posible para no involucrarnos cuando nos reprimían, porque sabíamos que eso era pisar el palito. Pero también eran muchos los que contestaban; resultaba difícil exigir que todos aguantaran y pusieran la otra mejilla. Entonces tampoco hay que ser tontos y negar el hecho de que muchos reaccionaban a la represión -que era violenta y gratuita- lanzando piedras y levantando barricadas, sin ser necesariamente parte de los infiltrados. Porque la violencia genera violencia y esa espiral no tiene vuelta atrás.

Así, creo que llegó el momento en el que, aun rechazando lo que hacían los encapuchados, comenzamos a verlos como un fenómeno inevitable que -sabíamos- dañaba al movimiento estudiantil, lo desprestigiaba, pero también veíamos que se originaba directamente como reacción a la represión: a más represión, más encapuchados. Y como la represión era tanta, los encapuchados comenzaron a generar cierta épica y hasta se transformaron en una suerte de moda, sobre todo entre los secundarios, pero también en algunos sectores más radicales de la Confech, en los que había algunos que incluso validaban esa herramienta de lucha, aunque jamás se atrevieron a ponerlo en papel por las consecuencias negativas que traería para el movimiento.

El rol de la Concertación

Al iniciarse el movimiento estudiantil de 2011, la primera reacción de los partidos de la Concertación también fue de gran desconcierto, de no saber qué hacer, ya que era un movimiento que había superado varios antecedentes de movilizaciones desde la transición a la democracia hasta la fecha: yo en sus zapatos tampoco había sabido qué hacer teniendo una diferencia de edad, cultural e histórica tan grande; habiendo gobernado durante veinte años sin conseguir resolver las demandas estudiantiles en materia de educación pública; habiendo sido parte de una de las escenas que más entristecen a los estudiantes que participaron en las movilizaciones de 2006, aquella en la que se muestran los brazos en alto promulgando con grandilocuencia una reforma que no dejaba satisfechos a sus protagonistas. Es evidente que en materia educacional los sectores de la Concertación se sintieran con un tejado de vidrio, incómodos desde la oposición.

Sin ir más lejos, la Concertación promovió desde comienzos de los noventa el financiamiento compartido en la educación; la matrícula de la educación pública había bajado considerablemente durante sus administraciones; los aranceles de las universidades estatales subieron muy por sobre la inflación; a lo largo de sus cuatro gobiernos nunca fueron firmes con el lucro y más bien le hicieron la vista gorda, probablemente influenciados por más de algún conflicto de interés en educación escolar y universitaria. Y muchos de los problemas contra los que que alegábamos -no solo en educación sino también en cuanto a la práctica política-, habían sido producto de su omisión o autoría. Me refiero a la poca democracia y a la falta de transparencia interna en sus partidos, a la existencia de operadores políticos especializados en desarticular los movimientos sociales. Jugaron sucio en su momento, y si bien debería existir naturalmente una cercanía ideológica e incluso programática entre sus planteamientos y los nuestros, ellos se sintieron incómodos desde el comienzo con toda la discusión.

Por supuesto, dentro de la Concertación hay matices, pero ni siquiera son por partido, sino por lote, porque uno puede encontrar a personas mucho más conservadoras en el Partido Socialista que en la Democracia Cristiana, y a ex militantes del Partido Por la Democracia que votaban por la derecha.

EL PAÍS QUE SOÑAMOS
Giorgio Jackson
Debate, 2012