Varios se desayunaron con la cifra. Más de un millón quinientos mil mapuche en Chile. Para ser exacto; 1.508.722. Es la cifra que arrojó el Censo 2012. Sorprendente. Maravilloso. Morrocotudo. Un golpe al mentón a todos quienes, desde una u otra trinchera ideológica, insisten en que los mapuche no existimos. Don Sergio Villalobos en la extrema derecha y don Alejandro Saavedra en la vereda marxista contraria. El primero debe estar con ataque. Lo imagino tecleando en su vieja Underwood una furibunda carta al director de El Mercurio. “Censo 2012; Errores y Horrores Ancestrales” o “Censo 2012; El neoindigenismo del INE”, los títulos probables. A Saavedra, quien afirmó que los mapuche no somos más que una “subcultura campesina chilena”, lo imagino releyendo el Manifiesto Comunista. Y atormentado. “Aquí nada se dice de los indígenas, menos aun de los mapuche, por tanto, no existen… ¿Pudo acaso equivocarse don Carlos?”. Pobre Saavedra. Debiera dejar los clásicos alemanes o rusos y releer un rato al peruano José Carlos Mariátegui. O las cartas del Subcomandante Marcos. O al crédito local Alejandro Lipschutz, que algo teorizó sobre la “cuestión indígena” en el Chile de los 70’. Los tres, créanme, se leen de un tirón.

Más de un millón y medio. Sublime. La cifra revela varias cosas. Por una parte, un incremento notable de la autoafirmación identitaria mapuche. Esto es, personas que teniendo origen étnico mapuche declararon serlo y no solo parecerlo. El arribo de los Payacan y el adiós a los Paya. Es una de las paradojas del conflicto sureño; mientras más represión, más autoafirmación. Y es que jugar con la solidaridad étnica es cosa seria. La sangre tira, dicen los que saben. Ha sucedido en todos los conflictos étnicos desde que el mundo es mundo. Rodrigo Hinzpeter, de origen judío, debió sospecharlo en su minuto.

Pero hizo caso omiso a su intuición. Reprimió cuanto pudo y disparó a mansalva acusaciones de terrorismo por doquier. De la mayoría de sus querellas nunca más se supo. Como la interpuesta en Carahue por el incendio que acabó con la vida de aquellos brigadistas forestales. Terminó enterrada con tierra, como el fuego que acabó con la vida de aquellos jóvenes. Mala cosa esto de aprovechar la muerte de otros para sacar dividendos políticos. Volvió a pasar con el sargento Albornoz y la emboscada mapuche que jamás existió. El crimen del sargento sigue en la impunidad. Lo ha denunciado su viuda en días recientes, al cumplirse su triste primer aniversario. Su reclamo de justicia es también el nuestro, que nadie se confunda.

Vaya en beneficio de Hinzpeter que sus antecesores tampoco lo hicieron mejor. Cuando menos dejó La Moneda sin sangre mapuche entre sus manos. Algo es algo. No pasó lo mismo con Pérez Yoma, Tohá, Harboe o el señor Rosende, el mismo que hoy se inmola por su jefa en el juicio por el 27F. Manos con sangre en todos ellos. Sangre de Matías y de Jaime. ¿En qué momento pedirá perdón a los mapuche la candidata Bachelet? Lo exigió la lonko Juana Calfunao. Sería un gesto potente, de una calidad ética incuestionable.

Yo en su lugar lo iría pensando desde ya. Y preparando la puesta en escena. Un millón y medio de votantes mapuche lo agradecería. Muchos, supongo, con el voto en las elecciones de noviembre. Y es que de eso trata la solidaridad étnica. Puede que muy pocos de aquel millón y medio hayan compartido la lucha de Matías y de Jaime. Puede incluso que la rechazaran. Pero asesinarlos por la espalda los convirtió en símbolos. Símbolos del racismo con que muchos mapuche, en el campo o la ciudad, han debido lidiar por generaciones. Tras esas balas policiales, ambos dejaron de ser los activistas o los radicales que el gobierno pretendía vender por los medios. Pasaron a ser los primos, hermanos, sobrinos, cuñados o tíos de cualquiera de nosotros. No verlo era estar ciego. ¿Necesitará lentes el próximo gobierno chileno?

Junto a la autoafirmación, lo segundo que revela el Censo 2012 es el incremento notable de la autoadscripción como mapuche de muchos chilenos. Esto es, de personas que sin tener el origen étnico mapuche se autoidentificaron sin embargo como tales. Esto último es innegable. Solo así se explica el explosivo crecimiento demográfico de los mapuche respecto de la medición anterior, acontecida el año 2002. ¡Más de un 14o%! Yo al menos lo encuentro notable. Y una señal de esperanza. Y es que Chile, todos lo dicen, incluso los candidatos, no es el mismo de hace cinco años. O el de hace una década. Chile está cambiando. La sociedad chilena está cambiando. Ya no teme, al parecer, mirarse al espejo por las mañanas y reconocer como propia esa morenidad que le aflora, literalmente, por los poros. Algo ya venían reflejando las encuestas de opinión. De varios sondeos posibles de revisar, fíjense como el respaldo ciudadano a la demanda mapuche crece año tras año. ¿Las razones? Irrupción de nuevas generaciones críticas del Chile discriminatorio de sus padres y abuelos; un mayor acceso a información fuera del monopolio de los grandes medios; el posicionamiento de un discurso mapuche de nuevo tipo y liderazgos transversales; todas las anteriores, quién sabe. Pega para sociólogos. Y politólogos.

Tiempo atrás hablé de mapuchizar a los chilenos. Hasta un ministro de Estado tomó prestada la cuña, cosa que agradezco. Mucho antes, Elicura Chihuailaf llamaba a los chilenos a reconocer que la morenidad era tan bella como la rubiedad. Lo hizo en su “Recado Confidencial”, un libro maravilloso que debiera ser lectura obligatoria en escuelas y universidades. Mapuchizar a los chilenos. Bellos desafío, pendiente aún entre muchos mapuche que a ratos confunden “nacionalismo” con “nazionalismo”. Y es que la lucha mapuche, en la medida que no se ciudadanice y se transforme en una invitación abierta para todos, sin exclusiones odiosas, poco futuro tiene por delante. Es lo que nos revelan las sorprendentes cifras del Censo 2012. Un camino. Un futuro a construir. “¿Se puede ser chileno y mapuche a la vez?”, me preguntaron hace poco en un foro universitario. Por supuesto, respondí. Yo lo soy. Y también latino y terrícola. Múltiples identidades.

Por ahí debiera transitar el siglo XXI. La identidad mapuche no como una carga. Más bien como una oportunidad. Es el llamado de atención a la sociedad de ambos pueblos. ¿El llamado a la clase política? El mismo que ya veníamos realizando y a ratos de forma majadera. El Chile unitario, monocultural y monolingüe de las elites del siglo XIX es hoy una excentricidad histórica. No resiste más. El Chile real es el Chile Plurinacional que nos revela el Censo 2012. Bachelet, Golborne, MEO y todos los otros candidatos ya no podrán hacerse los lesos. Un nuevo Pacto Social es lo que demanda el Chile del siglo XXI. Quien tenga dudas que visite la web del INE. Un millón y medio de razones.