Vía Vice

La primera vez que el Ruso* mató a un hombre tenía trece años de edad. No sintió remordimiento al hacerlo. La víctima había abusado de su hermanita y él mismo fabricó un arma llamada “chupa chupa” para ejecutarlo: una cuchilla amarrada a un tubo de PVC en perpendicular. “La llevas al cuello y ya”, explica. “Aprendí que la parte más frágil de un hombre es la yugular”. A los 14 lo detuvieron por eso, pero salió por falta de pruebas.

Con el tiempo, aquella venganza dio pie al oficio y el Ruso se transformó en uno de tantos sicarios que poblaron las comunas más pobres de Medellín, Colombia, en la década de los ochenta. Formaba parte de los jóvenes para quienes la existencia se reducía a dos máximas: ganar plata y evitar la cárcel. Para lo primero había que contrabandear y asesinar por encargo. Para lo segundo lo mejor era actuar solo y no dejar testigos. El Ruso adoptó pronto un lema de esa necesidad: “A la culebra se le mata por la cabeza”.

Los rasgos físicos que caracterizan a este hombre son su cabello pelirrojo y las profundas quemaduras que resaltan en sus brazos. El color de su pelo, único en la familia, le costó que su padre jamás lo llamara hijo, que nunca le hiciera un regalo y que le propinara duras palizas, una de las cuales lo dejó ocho meses en el hospital.

Dice que sus quemaduras son su “hoja de vida”. Aún siendo un adolescente, con los ojos vendados para que no supiera a dónde iba, lo llevaron a un laboratorio a procesar cocaína. “Un día me cayó encima una canaca de ácido sulfúrico por todo el cuerpo”, recuerda. “Me quedé seis días en coma, tenía quemaduras de segundo grado y me había fracturado un brazo y un pie. De un sitio así es difícil salir vivo. Pero corrí con la suerte de que me tiraron a rodar como si estuviera muerto, hermano, y al otro día un arriero que pasaba por ahí, me sacó”. Después de pasar año y medio recuperándose, el Ruso contactó al hombre que lo rescató y éste lo puso en la pista del laboratorio donde había estado. Llegó hasta allí para desenterrar una plata que había escondido cerca de aquel lugar y para arreglar viejas cuentas. “Un amigo me había dado un [revólver] 38”, hace una larga pausa como si la escena se estuviera reproduciendo de nuevo en su cabeza, “los mate a todos”.

Su vida ya había tomado un rumbo: una escuela de sicarios donde le enseñaron a depurar su técnica, dos fugas de la cárcel, la subsistencia en los barrios bajos y una interminable lista de víctimas y compañeros caídos. “Mi oficio eran las drogas, el alcohol, el sicariato, el narcotráfico… No lo digo con orgullo, pero era una forma de subsistir”, relata. Un desafío perenne a la muerte que vivió “con seriedad” y “sin miedo” durante las tres décadas siguientes.

El Ruso creció en una Medellín de plomo y dinero fácil. El gran capo Pablo Escobar erigía su reino en la capital de Antioquia construyendo el poderoso cártel de Medellín. Controlaba las rutas principales de cocaína hacia Norteamérica y sometía a los otros capos utilizando a las bandas criminales de los barrios —los combos—, llenándolas de dólares. Basaba su dominio en su propia astucia y en confrontar permanentemente a sus adversarios, estrategia que empleó años más tarde contra el gobierno colombiano y el cártel de Cali. Escobar se consideraba a sí mismo un hijo de la guerra que enfrentó a los viejos capos la década anterior, una guerra que ahora repetía y abanderaba.

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