Quisiera hablar/escribir de algo así como del dilema de la izquierda chilena, por decir algo. De cuál es la tarea del momento para nuestra lateralidad. Dicho de otra manera, hacia dónde orientamos el deseo. Perdida ya la ingenuidad, ese golpe tremendo para nosotros los izquierdistantes, cuando nos dimos cuenta que nuestra hegemonía moral era más que dudosa y de que los muros tienden a agrietarse, e incluso se caen, ahora sólo nos queda construir un código mínimo de la emancipación, que puede ir desde la defensa del patrimonio territorial y las riquezas básicas, pasando por causas medioambientales, por la defensa de ciertas subjetividades o cuestiones de géneros, hasta asuntos que lindan con el esoterismo o la economía doméstica.

No sé si la cosa vaya por el tema electoral o por el apoyo a los movimientos ciudadanos, o ambos. Sólo sé, por señales del mercado político (o campo político más exactamente), que la expresión ideológica del proyecto histórico neoliberal está de baja; las “verdades” que logró instalar, gracias a la renovación cerdo socialista, se diluyen en una crisis estructural que nos amenaza. Ni siquiera hay que señalar lo de la educación y el lucro, y la apropiación de lo público, que nos remiten al modelo más primitivo de acumulación capitalista, para percibir el resquebrajamiento del modelo.

En este contexto, una clave que surge desde la experiencia político cultural territorial es la afirmación de ciertas autonomías, signo de los tiempos que no sólo implica la dimensión geográfica o zonal –Patagonia, Freirina, Valpo, región Mapuche –, sino un registro más acotado, pero no menos significativo, como son los movimientos sectoriales y asociativos (vecinos, estudiantes, trabajadores, etc.), que parecen tener un nuevo impulso a pesar de la neutralización de su efectividad por la perversa vía de la municipalización de lo público, que fue una de las ofertas que el modelo instaló gracias a la dictadura.

El enemigo, para usar la jerga militar que alguna vez caracterizó nuestra retórica, busca neutralizar las peticiones del movimiento social -estrategia que sin un modelo canónico la izquierda pudo diseñar- a través de uno de los bastiones institucionales del modelo criminal que nos rige, el Parlamento. La táctica de parlamentarizar la demanda ciudadana es un modo de omitirla. El problema, entre otros, es objetivar el carácter de la demanda. Definir, por ejemplo, cuál es su carácter; si esta es efectiva o es sólo expresión de la aspiracionalidad clasemediana, como opinan algunos, sobre todo refiriéndose al movimiento estudiantil, sin alterar estructuralmente el sistema educativo.

Siento y creo que comienzan a darse las condiciones para imponer algunas de nuestras propuestas emancipadoras. No podemos aspirar a cosas muy estructurales, pero al menos ganar algunos puntos. Quizás no se pueda lograr ahora lo de la asamblea constituyente, habrá que conformarse con la cosa tributaria y algunas reformas constitucionales, pero hacia allá hay que apuntar; aunque, ojo, ¿a qué llamamos ciudadanía o participación ciudadana? Recordemos que el mercado político (junto a los municipios y a los poderes fácticos) ha creado un sistema brutalmente clientelista que tiende a manipular a las comunidades con los sistemas mitigadores o generando la división. Incluso más, haciendo algo de política ficción, podemos imaginarnos que la misma UDI podría propugnar una asamblea constituyente que implicara una nueva carta fundamental. Pero, me atrevo a imaginar, que los valores que surgirían de esa operación podrían conformar una nueva Constitución más conservadora y retardataria de la que existe, heredada de los milicos, y propiciada por la misma ciudadanía.

No hay que perder de vista que tenemos una oligarquía maldita que nos va a querer chantajear frente a la derrota electoral que va a sufrir (al menos un sector importante), amenazándonos con el tema económico (crecimiento e inversiones); derrota que me temo va a parecer muy vistosa y engañadora (sobre todo porque alteraría el esquema de representación parlamentaria), y que podría redundar en una soberbia concertacionista que puede ser muy nefasta para la demanda ciudadana posible.

No me manejo bien con la retórica de los analistas políticos, por eso no sé si es verosímil lo que planteo. Porque desde mi rubro, la cosa, a pesar de los signos que darían cuenta de que los vientos van para nuestro lado, huele a podrido. Dicho de otro modo, hay una cierta impotencia que nos determina. No hay la erección efectiva de un discurso que rija nuestro deseo hacia un objeto deseado. Propongo, por el momento, una especie de estética del diseño ciudadano, aunque suene patético. He visto movilizaciones hermosas cuyo objetivo ha sido el resguardo de lugares públicos, he visto comunidades que están luchando por el agua, así como hay otras que luchan por sus suelos, etcétera; los combates contra el enemigo se hacen cada vez más elementales, por el acceso no controlado a los elementos básicos de la vida. Se me viene a la mente un poema algo ñoño de Neruda que alude a esto, la Oda Al Aire, cuando el hablante lírico le pide al básico elemento, utilizando la figura de la personificación, que no se venda, que no lo entuben, que no se convierta en objeto de lucro, en definitiva. Puede que la poesía, al menos la nerudiana, todavía tenga algún valor.