Donde parece que no hay nada, está todo. Subo por Eleuterio Ramírez, la calle estrecha y anónima que corre paralela a Santa Isabel desde el fondo mismo del centro hasta convertirse en la calle Marín de los moteles. La calle nunca fue mucho más que esas casas de adobes con las ventanas parchadas de papel de diario que quedan entre las torres nuevas de color lúcuma, arena, rojo mediterráneo que la pueblan ahora. No tengo ningún cariño, ningún recuerdo especial de esa calle donde vi una vez a los detectives de Investigaciones divertirse correteando a las putas y los travestis. No tenía nada que perder esta calle con longitud de avenida con la modernidad que la pobló de torres que miran a una playa que no existe y, sin embargo, no puedo evitar contemplar cómo la Eleuterio Ramírez de ayer, mal terminada, resfriada e irregular, permanece y sobrevive a los edificios con sus minimarket a los pies y sus niños que aprenden a andar en bicicleta.

Eleuterio Ramírez, que fue siempre una calle de pueblo agrandada y perdida en una ciudad demasiado grande para ella, sigue siendo eso. Los edificios demasiado grandes para sus veredas hacen lo posible para no mirarse entre ellos. Lo mismo pasa con los habitantes. Se compra aquí un intento, una idea apenas amoblada, terminada, una ventana a espaldas de la gran ciudad, el centro orgánico y vivo que empieza desde la calle Tarapacá hacia el norte. Terminaciones en pino demasiado claro, balcones de aluminio en que se acumulan cajas de cartón, parrillas a gas, estufas a parafina que sugieren, no sé por qué, un mundo de deudas y divorcios a la mala y mañanas muertas de frío, de ansia, de ganas, y de pronto una escort desnuda saludando a los obreros de la construcción que la contemplan quince pisos más abajo. Porque hasta eso no ha cambiado en la calle Eleuterio Ramírez: la calle de las putas sigue ofreciendo el servicio, aunque ya no en la vereda muerta de frío en el que el rouge exagerado y los escupitajos a la Policía de Investigaciones te permitía sobrevivir la noche. Las putas son ahora colombianas, dominicanas, siliconadas, ofreciendo sus servicios por computador en portales donde los clientes dialogan en largos foros sobre sus virtudes y defectos.

El televisor sin sonido o con él, la vecina preciosa que esconde detrás de unos anteojos oscuros unos golpes, las risas también, la borrachera que no te permite saber qué puerta de todas las que navegan en esos pasillos en que apenas se ve es la tuya. Y pienso en Tres Tristes Tigres de Raúl Ruiz, filmada en bares de mala muerte y calles sin árboles, un Chile que no se parece nada a éste que es el mismo. La calle secreta que se tuerce cien veces para no perderse, habitada ayer por escapados del campo, estudiantes de Talca adentro, capataces borrachos, dueños de pensión que acaban de perder la suya en algún trámite mal terminado; conquistada ahora estas calles por otros recién venidos de otro campo, Puente Alto, La Florida, Maipú, y más allá también Trujillo, Lima, Puerto Príncipe, Pyonpeng y Seúl.

Colorida población de todas partes del mundo que, sin embargo, logra al poco andar el tono monocromo de la desconfianza y el patio escolar en que se decide aún el destino del país como si todavía fuese una familia que se odia y se quiere demasiado, abierta a todo tipo de modernidad menos a la de ampliar la vereda, unir las fachadas, dejar caer entre una manzana y otra los puentes invisibles que pudieran convertir esta calle en algo más que un lugar de paso, una frontera donde se acumulan los que no tienen aún los suficientes papeles para entrar al centro. Ellis Island donde son calificados y descalificados los que quieren ser parte del Paseo Ahumada y la calle Huérfanos, la calle de los Huérfanos y la intercesión de ella donde los candidatos piden firmas, reparten volantes, para seguir hablando de eso, de eso al infinito, la igualdad de oportunidades, de derechos, de aspiraciones, la vieja Eleuterio Ramírez, la nueva, olvidando por cierto la eterna que sobrevive a todos los cambios, que sabe habitarlos y deformarlos.

Y la plaza de armas de Copiapó y la de Calama, y los barriadas de Antofagasta donde falta todo menos el dinero a raudales y los perros gigantes que invaden cualquier espacio libre cuando las familias de obsesos mórbidos paran de comprar osos de peluche de dos metros cincuenta. Mineros con fajos de billetes en los bolsillos, putas y más putas y entre medio una niña de trenza y uniforme de algún colegio casi inglés que camina con un bolsón en la espalda. ¿La revolución? ¿Los movimientos sociales que a pocas cuadras de ahí se discute? Los habitantes de esas torres que negocian su sello verde y lucha contra las grietas que las constructoras le regalaron, vivieron todas las transformaciones, aprendieron a vivir en el aire en el piso quince de la torre. Cambiaron todo para seguir viviendo a trasmano, en medio de otras torres iguales a la suya, que los vigilan sin poder siquiera hablarse.

Jaime Ravinet De la Fuente, que firmó a una velocidad digna de mejor causa los permisos de edificación de esta calle, podría pensar que no estaba cometiendo ningún crimen demasiado grave. Estaba poblando un despoblado, estaba subiéndole el pelo a una tierra de nadie. Estaba modernizando. Lo mismo debió pensar Jorge Arrate al firmar el financiamiento compartido y Ricardo Lagos los créditos con aval del Estado. La mayor parte de las políticas públicas —esa redundancia— que focalizan el gasto y despiertan la capacidad de emprender, nacieron con la mejores intenciones de ese supuesto, que había que actuar sobre un descampado, llenar las salas de clases de computadores, como las calles de edificios “inteligentes” equivalía a modernizar. Olvidaban que hasta Eleuterio Ramírez tiene su historia, una historia más eterna que las grúas que crucifican el cielo perfectamente dividido él por una frontera gris de esmog.

Esas grúas amarillas sobrevolando un paisaje de carteles que prometen piscinas y porteros electrónicos y ofertas en UF; pienso en eso cuando leo a toda suerte de analistas horrorizados ante la idea de que la calle se tome el Congreso, la universidad, el discurso público. Pienso que el reclamo de esa multitud que de pronto logra que el centro sea suyo no es sólo la ilusión de que los políticos escuchen la calle, sino la ilusión de tener derecho a que el trazado en que viven sea una calle de verdad. Pienso que esa es la lucha, la de los arrendatarios, los codeudores, los recién llegados, transformar sus veredas en calles, sus barrios en ciudades, sus universidades en universidades, sus colegios en colegios, sus hospitales en hospitales.