La honestidad de un escritor es una ilusión peligrosa. Sobre todo para él. Y esto se debe no a cuestiones éticas sino a un sencillo precepto económico: mientras que un texto siempre acabará en algún punto (siempre; hasta el libro ese de Proust), la honestidad en cambio es un agujero negro. No tiene llenadero.
Yo fui, alguna vez, uno de esos muchachos iracundos que confundieron la prosa con un confesionario. Escribir sobre el misterio que mi mente ha sido para mi memoria resultaba no solo natural y fácil: llegó a convertirse en un deber, una especie de traje de chivo expiatorio con el que he asistido desde la adolescencia a todas mis fiestas de disfraces. Siempre consideré pop y hasta un poco punk y desde luego varonil hablar con perfectos desconocidos acerca del modo en que se prostituía mi madre, o magnificar la cantidad de drogas duras que conoce y tolera mi organismo, o vanagloriarme de la generosidad de mis (cada minuto más escasas) amantes… Pero tengo que admitir que, pasados los cuarenta, nadie puede seguir ese camino tan bien pavimentado sin acabar mordiéndose la cola, o sin al menos rajarse los labios contra la defensa del automóvil de enfrente.

Cada vez me cuesta más trabajo escribir fingiendo que soy honesto. Primero, porque al fin aprendí el oficio: no hay prosa que valga la pena que no sea un partidito de Nintendo, una estrategia para no ser nominado a la expulsión en ese reality show sin ventanas que el sociólogo francés Pierre Bordieu bautizó como Campo Literario. Y segundo porque, cuando dejas de interesarte en imaginar a qué sabrá el ano de la despampanante chica que da el informe climatológico, empiezan a surgir los verdaderos temas escabrosos que habitan el alma de un escritor dispuesto a contarlo todo. A saber: el aburrimiento y la holgazanería.

Estar aburrido y ser un holgazán son las fuerzas psíquicas más importantes con las que cuenta un individuo para llegar a ser un escritor de valía. Y, al mismo tiempo, son absolutamente inanes en tanto que tema de escritura. Por eso las palabras “honestidad” y “prosa” se excluyen mutuamente.

En realidad yo quería que este texto tuviera un título distinto: iba a llamarlo “Dios no existe (y el Papa tampoco)”. Mi plan era narrar desde el principio el modo en que perdí la fe. Sucedió en 1978. Yo tenía 7 años y Juan Pablo II visitaba por primera vez México. Estuvo en Monterrey, la ciudad donde yo vivía entonces. Mi abuela me llevó a verlo a las inmediaciones del río Santa Catarina, pero había tal gentío y tan mala organización que la pasamos pésimo, nos perdimos, no tuvimos un solo minuto de goce y, desde luego, no pudimos ver nada: el papa era un fantasma. Desde entonces he tenido la convicción de que el catolicismo no es otra cosa que un desastre de multitudes waiting to happen.

Después de narrar todo esto, mi plan era arremeter contra el sumo pontífice Francisco I, rememorando por enésima vez sus vínculos con la dictadura argentina y acusándolo de soberbia por la elección de su nombre.
¿Por qué desistí de ese artículo?… La respuesta más fácil sería: un tema que puede ser agotado en un párrafo es una mala elección para escribir una columna. Pero, la verdad, renuncié a mi intención porque me di cuenta de que el nuevo papa y la inexistencia de Dios son asuntos que me aburren soberanamente.

Me temo que la mayoría de los escritores, cronistas y columnistas del mundo son un poco como yo: una partida de holgazanes a quienes, la mitad del tiempo, no les interesa el asunto acerca del cual escriben. Lo abordan en calidad de pretexto, por el puro placer de acomodar unas palabras cerca de las otras, como quien arma un cubo rubik.

(O eso, o practican una prosa deleznable.)

Existe un personaje clásico que aparece en todas las fiestas: El Borracho Que Se Cree Invisible. Quiere robar un libro, manosear a una chica, beberse el trago de otro y, no importa cuán subrepciamente crea él que se desplaza por la habitación, todos los ojos lo miran, lo compadecen o, de plano, se le ríen en la cara… La honestidad de un escritor es una ilusión peligrosa, sobre todo para él, porque lo convierte en eso: lo convierte en el borracho que se cree invisible. Un tipo con una misión banal y un poder fantasioso. Por ejemplo yo, ahora, tratando de convencerte de que soy honesto en mi aburrimiento y holgazanería, y de que Dios y el papa son temas fútiles comparados con el goce de consumir en un medio informativo, sin más por qué, unos cuantos centímetros de prosa.

Eso es todo lo que tengo que decir. Eso, y que espero que este breve paseo hacia ningún lado te haya parecido un poquito irritante.