Leo la noticia de la secta una y otra vez. Horrorizarse o indignarse no sirve de nada, uno se plantea las cuestiones fundamentales de cómo debe ser ejercida la justicia en estos casos. La violencia genera violencia, y los comentarios en los periódicos virtuales piden quemar vivos a los integrantes de la secta. La masa quiere literalmente que rueden cabezas en un rito similar al linchamiento atroz de un lanza en la calle. Violencia a full, en alza. El mundo conservador capitaliza la situación: en la portada de LUN del viernes pasado apareció uno de los integrantes tocando una flauta dulce con el memorial de los detenidos desaparecidos de fondo. Los integrantes de la secta tienen barbita, las chicas son lindas hippies de clase media que tienen un estilo de vida alternativo, comen vegetales y hacen yoga.

El tema le salpica a todo el mundo: practicantes de yoga, estudiantes de quiromasajes, neohippies de barbita, marihuaneros más sanos que un yoghurt, vegetarianos, cabros sanos que andan en bici y todo lo relacionado con un estilo de vida alternativo. Pensamos en nuestros hijos y los citamos a una reunión urgente y hacemos llamados para pasar revista a su estado valórico, espiritual; pensamos en sus amistades, en su clase de judo, por unas fracciones de segundos pensamos con sospecha en el profesor de alemán, que usa dreadlocks. La sospecha se cierne sobre todo y todos, hasta temas como la anticoncepción es revisado desde el miedo más facho.

El país tira para abajo. Hace algunos meses, otro fanático religioso y sectario de la UDI denunció a un editor del norte de Chile por supuesta propagación de pornografía, en circunstancias que el libro que se acusaba es un clásico de la literatura mochilero-adolescente, hoy completamente inofensivo. Por económicamente asegurados (traducir un hit, lo menos subversivo que puede haber) y onderos les pasa, me decía un amigo, por traducir sandías caladas y no mostrar aunque sea un par de autores nuevos, menos cargados de connotaciones. La ignorancia campea y hay olor a caza de brujas.

Los de la secta que quemó al bebé tomaban ayahuasca. Las sesiones de ayahuasca que gente responsable toma a manera de medicina deben, me imagino, haberse suspendido inmediatamente. Personalmente, no podría tomar ese tipo de medicina sabiendo que voy a pensar en el crimen macabro de la secta, en por qué pasan esas cosas, en qué es lo que hace a una persona entregarle la voluntad a un farsante enfermo de la cabeza. Mal viaje. Y encima pensar que la policía debe andar encima de todas estas actividades. No, gracias.

Los de la secta hacían yoga, habían sido scouts cuando chicos. La sospecha va a caer contra todas esas actividades. De la desconfianza con los curas que crían a nuestros hijos, pasamos a desconfiar de todas las actividades extra programáticas. La gente tiene nostalgia del fascismo y su estilo de vida espartano, que rechazaba cualquier tipo de exploración; tiene nostalgia por la misma dictadura porque ni siquiera a los cerros podemos huir. Hasta la vida en comunidad huele a peligro.

En el libro Muerte y Fama, de ese poeta norteamericano demasiado conocido como para dar su nombre y publicado póstumamente, se habla de lo que implicaría una guerra contra la contracultura y todos los ítems que serían blanco de una caza de brujas: hasta el sushi, por ser demasiado zen.