Tomamos prestadas las flechas de nuestros enemigos.
Cai Guo-Qiang

He llegado a la conclusión de que los resentidos (esos sicarios de semblante lúcido y andares frígidos, esos fenomenólogos de la desaprobación, esos expertos en control de calidad que confunden con moscas todas las pasas del arroz con leche, esos incombustibles que en las fiestas son fáciles de distinguir porque no bailan) pertenecen a una de las más ilustres estirpes de nuestra especie: son unos santos.

Para empezar, carecen de existencia. Si eres el recipiente de su sagrado ministerio, tu vida se convierte en la de ellos. Son capaces de fracasar en toda empresa con tal de aborrecer y censurar tus logros; de convertir un desacuerdo en una fechoría; de invalidar tu buena suerte paso a paso: exhiben su sitio en el mundo como una prueba irrefutable de tu injusticia personal.

Suelen llevar una vida recta, incólume, beatificada en el impoluto lecho de la moral pequeñoburguesa –una vida soberanamente gris y triste. Pero no por pudor o dignidad: más bien velando por que nadie les reproche el arrojarse como lobos sobre tus pequeños pecados y euforias. Hay en sus corazones una excéntrica nostalgia. Tomás de Torquemada es su patrono y su guía, y nada toca con más vivo ardor su ánima que lo que no es asunto suyo. Hacen colecta de tus deslices y tus banales opiniones con el deleite de un académico que se pasea entre vetustos anaqueles. Pueden hablar sin transición y con igual esmero de tu reciente maldad o bien de la ocasión en que, por la época en que cursabas la primaria, se te rasgó el pantalón a la hora de recreo.

Uno de sus más conmovedores sacrificios es el del humor. Te hacen objeto de sus chistes, primero con ingenio (no hay que negar que el resentido suele tener ese talento: su postración no se origina en la falta de aptitudes sino en disciplinada vocación purgativa). Luego la broma se transforma en una farsa, la farsa en ira y esta en obsesión: ácidamente, sordamente, igual que una resaca, como una indigestión. Como si un mecanismo articulara hueca risa por conducto de una úlcera. Uno siente ternura cuando el humor del resentido pierde plaza y derrapa en el fango de la mueca. Dan ganas de tomarlo de la mano y pedirle que, solo unos días, los roles se inviertan. Que vea que hay vida de este lado de la calle.

Alguna vez, si el resentido que te ha tocado en suerte es muy creativo, su grave éxtasis cosechará delirium tremens: cuando escribas un cuento en primera persona cuya trama proponga una serie de homicidios, el adalid de tu desdoro acudirá a la autoridad, denunciará el delito, ofrecerá la prueba (una revista literaria, un libro de relatos), fustigará a los jueces en contra de tu crimen.

Pero, más que a través de exigencias protomísticas y devoción a una experiencia sin futuro, el espíritu eremita de este odio es quebrantado por el cruel mundo exterior. Sus tentaciones menos serias son el éxito, el dinero, el afecto. Un resentido puede esmerarse y escapar de estas tres fieras que lo acechan en una selva oscura, o bien tomarlas y corromperlas, o decidir (y con razón) que resultan poca cosa comparadas con el filón de su amargura.

Hay sin embargo una postrera treta que siempre le hace sucumbir: la voz de aquel a quien presume su enemigo. Cuando recibe del objeto de su rabia una respuesta puntual ante invectivas, maledicencias o disturbios, el descontento corre el riesgo de entablar un debate, una liza ideológica, una guerra de insultos. Pierde así su curul de impecable siniestro y se transforma en uno más de los mortales: alguien que oscuramente difunde su opinión.

Por eso, caro lector, si nobleza hay en ti, no establezcas conflicto con ningún rencoroso. Estarías obligándolo a abolir su santidad. Estarías confinándolo a una vida sin sentido.