En Compañía 1214, en pleno centro histórico de Santiago, se levanta la cáscara del edificio del diario El Mercurio. Por décadas, ícono del poder conservador en Chile y símbolo de una de las familias más influyentes del país: los Edwards. Sus muros permanecen apuntalados con fierros y la fachada tiene un cierto aire de barco fantasma, de esos que se hunden junto con cientos de historias no contadas.

Desde enero pasado, esta propiedad pertenece a una mujer que muy pocos chilenos conocen. Se trata de María Carolina Carmona, chilena, soltera y residente en Londres según el registro del Conservador de Bienes Raíces. De acuerdo con el mismo registro, el 7 de enero de este año la mujer adquirió esa propiedad en apenas 9 millones de pesos.

María Carolina Carmona no es ninguna desconocida para los Edwards. Por el contrario, es la protagonista de una de las historias más increíbles y duras de una familia que ha ejercido su poder en momentos claves de nuestro pasado.

Es la hija ilegítima que Sonia Edwards Eastman fue a tener a Londres para evitar el escándalo familiar. Es la niña que Agustín Edwards, el actual dueño de El Mercurio, le arrebató al nacer para entregarla a un orfanato.
Hoy, el edificio que por décadas fue el escudo de armas del clan Edwards, le pertenece.

LA HIJA PERDIDA
Sonia Edwards creció alejada de su familia. Vilma Armengol la conoció en 1963, cuando Sonia había terminado su carrera de sicología y hacía la práctica con los enfermos más graves del hospital siquiátrico de la Universidad de Chile. Se hicieron inseparables y Sonia le habló de sus recuerdos de niñez. Le contó que su lazo filial más fuerte era con una institutriz a la que Sonia llamaba “Nani”.

-Cuando niña casi no veía a su mamá, salvo a la hora de acostarse. En ese momento llegaba ella vestida de traje largo, llena de joyas a darle el beso de las buenas noches- relata Armengol.

-Ella no tuvo una buena relación con su madre. La mujer tenía problemas mentales. A veces le daban arrebatos violentos- recuerda Mariana Chadwick quien fue compañera de Sonia en la universidad.

La soledad se transformó en una constante en la vida de Sonia. Armengol recuerda haber pasado con ella varias navidades.
-Sonia las llamaba ‘La pascua de las mujeres solas’- dice.

Esas noches Sonia se quedaba despierta hasta tarde.
-Y mientras fumaba nos contaba historias de su familia, algunas bastante picantitas. También cosas que le habían pasado a ella con su padre.
Armengol la recuerda como una mujer contradictoria. “Con cambios de humor muy bruscos”.
Luego, cuando se enteró de que habían entregado a su hija en adopción, comprendió esos quiebres emocionales.
-El estar alejada de su hija la tenía muy deprimida. Después viajó a Londres con un amigo que le ayudó a atraer a la niña.- explica la mujer.

Este “amigo” contó a The Clinic la historia a condición de permanecer en el anonimato.
-Ella tenía ataques de angustia muy fuertes. Yo le preguntaba qué le pasaba pero ella no me decía nada. Después de mucho insistirle me dijo: “Tengo una hija y no sé donde está”.

Agrega: “El padre de la niña era Alfredo Carmona, un ayudante de la Sonia en sicología. Se acercó a ella y tuvieron una relación. Quedó embarazada. Sonia le dijo a su hermano Agustín que esperaba un hijo y que no pensaba hacer nada para no tenerlo. Se la llevaron a Londres y la internaron en una clínica. Ella tuvo una niñita. Cuando despertó de la anestesia pidió ver a su hija. Ahí le dicen que no está… Agustín se las había arreglado para quitársela y dejarla a cargo de una nodriza”.

-Es una historia muy larga… Fui hasta el hogar de huérfanos donde la habían dejado. Cuando ví a todos esos niños me quedé impactado con una pequeña que era igual a la Sonia. Preciosa. Hablé con el director del lugar y le expliqué quien era su madre.
De inmediato Sonia viajó a Londres para traer de vuelta a la niña.
-Ahí la Sonia cambió completamente, estaba feliz- recuerda su amiga Mariana Chadwick.

AGUSTIN SE HA IDO

La vida de Sonia está marcada por la presencia permanente de su hermano Agustín. Desde que el padre Edwards Budge murió en 1956, el actual director de el Mercurio asumió el rol de cabeza de familia.
Mariana Chadwick recuerda que cuando Sonia entró a la universidad, “desilusionada de su mundo familiar”, se rodeó de amigos de izquierda.

-No éramos de partido, pero votábamos por la izquierda en las elecciones de la universidad. Y eso irritaba a Agustín- dice Chadwick. Sonia disfrutaba con eso.

Otro compañero de curso, que pide reserva de su identidad, recuerda que el dueño de El Mercurio “llegaba a la casa de la Sonia, furioso y empezaba a retarla hablando en inglés. Ella le respondía: ‘¡Ay Dunny!, no me molestes, no te entiendo ni me interesa!’”.

Pero las airadas reacciones de “Dunny” no consiguieron cambiarla. Y eso quedó en evidencia unos años más tarde, cuando los estudiantes de la Universidad Católica se tomaron la Casa Central en medio de la llamada “Reforma Universitaria”. Los jóvenes colgaron en plena Alameda un cartel con una leyenda que ha hecho historia. “El Mercurio miente”. Sonia tomó partido por los estudiantes.

-Ella fue a El Mercurio a sus reuniones de directorio y abrió la reunión diciendo: “Dicen que El Mercurio miente. Y lo peor… es que es verdad” -cuenta Vilma Armengol. Agrega que como no reprodujeron sus palabras en el acta ella se negó a firmarla hasta que las incluyeran.

Con la llegada de Allende a la Presidencia, su inclinación hacia la izquierda se hizo manifiesta y activa. El autoexilio de su hermano Agustín en Estados Unidos fue una liberación para Sonia. Mientras él se reunía con Nixon y Kissinger para lograr el derrocamiento de Allende, ella desde su cargo de vicepresidenta de El Mercurio, hacía cada vez más patente su adhesión a la Unidad Popular.

Victor Pey, amigo y asesor de Allende, recuerda que estuvo en tres ocasiones con ella conversando sobre “la manera de influir en la dirección del diario”. Sonia, dice Pey, “siempre manifestó su simpatía por las ideas socialistas. Ella quería modificaciones en las estructuras económicas y sociales que proponía en ese momento el gobierno de Salvador Allende”.

La periodista y militante del MIR Gladys Díaz fue testigo directo de ese acercamiento.
-Ella estaba muy interesada en entender de qué se trataba el marxismo y me pidió que le hiciera clases. Más tarde llegó a ser ayudista del MIR. Nos prestaba su auto y su casa para determinadas acciones- afirma hoy la ex reportera de Radio Agricultura.

Allende sabía de las ideas de Sonia. En 1970, en muchas empresas se formaban los CUP (Comité de Unidad Popular) para apoyar al gobierno. El Mercurio también tenía el suyo. Lo presidía el periodista Sergio Gutiérrez Patri.

-Un día llegó Gladys Díaz al diario con un recado del presidente Allende -cuenta Gutiérrez. El mensaje presidencial era: “Hasta cuando siguen sin incorporar a Sonia Edwards al CUP de El Mercurio”.
-Allende sabía que Sonia estaba con él. Yo pensé que era algo absurdo, ¡ella era la patrona! Los otros miembros del CUP me preguntaron mi opinión y les dije: ‘donde manda capitán no manda marinero’. Fuimos a la casa de Sonia y le explicamos lo que buscábamos: que el diario fuera objetivo, que no fuera tan distorsionador de lo que era la Unidad Popular. Ella dijo que estaba dispuesta a todo. Lo único que no aceptaría era hablar en contra de su hermano Agustín y nunca se lo pedimos.

A partir de entonces Sonia comenzó a asistir permanentemente a las reuniones del CUP. Y poco a poco entró en la vorágine de los mil días de la Unidad Popular.
-Le planteamos que necesitábamos mejorar su imagen ante los trabajadores para que no la vieran como la dueña. Y ella aceptó. Iba a todas las actividades, se metía con los sindicatos, conversaba con los trabajadores, iba a los talleres. En las reuniones discutíamos las marchas a realizar, donde debíamos marcar presencia. Ella estaba de acuerdo y siempre iba a las manifestaciones con nosotros, recuerda Gutiérrez.

Y en más de una oportunidad llegó hasta La Moneda para entregarle su apoyo a Allende.
-Sonia encontraba a Allende extraordinariamente inteligente-afirma Gabriela Muñoz, secretaria de Sonia entre 1970 y 1971. Agrega: “En más de una reunión que estuve con ellos, se lo dijo. Conversaban sobre los problemas políticos del país, de lo que hacía la derecha. Allende nunca la presionó para que influyera en El Mercurio”.
Tampoco tenía posibilidad de hacerlo. En la práctica, el cargo de vicepresidenta no tenía ningún peso real. La secretaria recuerda:

“¡En las reuniones del Consejo nadie le hacía caso! Discutía pero no la tomaban en cuenta. Dejaban constancia en las actas de su desacuerdo, pero nada más. Por eso vinieron todos los castigos. ¿Cómo la castigaron?, por intermedio de la plata. El Dunny, como patriarca de la familia, le daba mesada a sus hermanos y a Sonia se la quitó.

-La fueron aislando, confirma la periodista Gladys Díaz.
-Incluso le prohibieron entrar a los talleres, acota el presidente del CUP, Sergio Gutiérrez.. Agrega: ”Yo fui testigo de eso. En una ocasión la acompañé a los talleres y un funcionario le dijo que no podía pasar. Yo le dije que qué se imaginaba, que ella era su patrona. El tipo contestó que él sólo recibía órdenes. Finalmente pudo pasar, pero eso muestra lo aislada que la tenían. Ella se sentía desplazada”.
Pese a todo Sonia persistió en su apoyo a la UP. Su secretaria la recuerda marchando en las más diversas manifestaciones políticas.

– Sonia le tenía miedo al pueblo porque se lo inculcaron desde chica, pero igual salía a marchar. ¡Iba feliz!, ¡Le encantaba!, relata su secretaria.

La periodista Irene Geis también la recuerda en la calle.
-Íbamos en una marcha grande por Amunátegui en dirección a El Mercurio. La Sonia iba al lado mío. Cuando pasábamos frente al Colegio de Periodistas empezamos a gritar: “Agustín, escucha: ¡ándate a la chucha!”. Ella me dijo: “Yo me voy. Mal que mal, él es mi hermano”. Eso me quedó muy grabado- explica Geis.
Sonia le temía a Agustín.
-A Sonia no le gustaba lo que su hermano significaba, pero tenía una actitud ambivalente: lo odiaba; pero también le tenía miedo. Igual que a su padre- asegura su amiga Mariana Chadwick.

Agustín estaba al tanto de todos los pasos de su hermana. Lo informaba diariamente de ello el propio Fernando Leniz, su hombre de confianza y a quien Edwards había dejado a la cabeza de El Mercurio.
-Agustín se juntaba con Sonia en Buenos Aires. Yo fui con ella en dos oportunidades- cuenta la secretaria. Agrega: “Siempre vi borracho a Agustín. ¡Estaba furioso, indignado con sus opiniones!. Le decía que estaba bueno, que ella no pertenecía a esa clase. Ella estaba totalmente en desacuerdo con lo que hacía su hermano, por eso quiso quedarse en Chile y dar la pelea política dentro de El Mercurio”.
Sonia también visitó a su hermano en Estados Unidos. Su amiga Vilma Armengol recuerda que tras uno de esos viajes “Sonia contó que Agustín se reunía a puertas cerradas con importantes hombres de la política norteamericana.”
“¿De qué hablaban?”, le preguntó Armengol. Sonia no lo sabía, “siempre andaba despistada”, dice.

EL MERCURIO PARA EL PUEBLO

Durante los primeros días de septiembre de 1971, la situación al interior de El Mercurio se volvió cada vez más crítica. Los trabajadores agrupados en el CUP reproducían los tres tercios de la política nacional. Como contra parte, surgía al alero de “Patria y Libertad el Movimiento Laboral Independiente”, quienes formulaban continuos llamados a concretar despidos masivos.

Los hechos se precipitaron el 10 de septiembre de ese año cuando cinco miembros del CUP, fueron echados. Sergio Gutiérrez estaba entre ellos. Explica que el motivo del despido fue haber denunciar públicamente negocios de los ejecutivos que perjudicaban a los trabajadores.

-El Mercurio anunció que en apoyo a la política económica del gobierno, rebajarían los sueldos de siete altos ejecutivos de la empresa. Pero lo que se les rebajó fueron los impuestos. Y esos impuestos se les iban a pagar con un porcentaje de las utilidades que nos pertenecía por convenio colectivo. O sea, nosotros aparecimos pagándole los impuestos a estos sinvergüenzas. Hicimos una denuncia pública y al mediodía Fernando Leniz citó a una reunión en el hall central de El Mercurio y contó lo que habíamos hecho. Yo pedí la palabra, pero no hubo caso. Empecé a gritar: ¡Esto es una encerrona!. Había gente que nos gritaba: ¡Cuélguenlos, échenlos a todos!. Se produjo un momento de mucha tensión. A las seis de la tarde nos echaron.

Al terminar la reunión, Sonia Edwards les propuso a sus compañeros del CUP que se encerraran en su oficina. “De aquí nadie los puede sacar”, les dijo.
-Permanecimos adentro parapetados y Sonia con nosotros, recuerda Gutiérrez. Desde ahí sacábamos comunicados de prensa y los tirábamos por la ventana. Los periodistas los reproducían en los diarios y empezaron a solidarizar desfilando con pancartas afuera del diario. Finalmente sacamos la protesta a la calle, llegamos hasta el parlamento. Ella nunca dejó de apoyarnos. Sonia fue una mujer muy decente.

El escándalo fue un festín para la prensa de izquierda que no dejaba de mencionar el respaldo que una Edwards daba a sus trabajadores. El 13 de septiembre los cinco empleados despedidos llegaron a La Moneda para entrevistarse con Allende. Sonia iba con ellos.
-Allende nos felicitó y agradeció por haber cumplido con nuestro deber de trabajadores. A Sonia le dijo: ‘su caso es muy especial porque usted está con la lucha de los trabajadores y es mucho más hermoso que tenga esa sensibilidad siendo quien es’. Sonia estaba muy emocionada- recuerda Gutiérrez.

El encuentro duró cerca de 45 minutos. A la salida, Sonia declaró al diario El Siglo: “Para nosotros es el apoyo más grande que podíamos recibir, estamos muy satisfechos y nos ha ayudado a cambiar el ánimo”.
Luego lanzó una proclama que debe haber hecho hervir a su hermano cuando se enteró.
-Lo digo con mucho orgullo, me identifico desde hace mucho tiempo con la Unidad Popular y su Gobierno, y pertenezco al Comité de la Unidad Popular de la empresa junto a muchos otros trabajadores de sus diferentes secciones.

Al día siguiente, en una entrevista de Canal 7, Sonia defendió su postura.

-Ahora que Chile vive un momento histórico creí que había llegado el momento de definirme, y yo soy de izquierda, expresó categórica. -¡No soy ninguna despechada! Y los que lo aseguran mienten, como El Mercurio.
Mientras Sonia realizaba estas declaraciones, desde los edificios de la empresa estatal EMPART caían panfletos con el timbre del Frente Nacional Patria y Libertad. La Nación reprodujo parte del mensaje: “Trabajador, el momento se aproxima, la liberación es un hecho. Confía y entrega a los vendepatria sin dios ni ley para mandarlos a Pisagua y que aprendan a respetar a sus semejantes”.

Sonia recibió en esos días amenazas telefónicas por su apoyo al CUP. “Me aseguraron que raptarían a mi hijo”, denunció al diario El Siglo. También recibió insultos por parte de periodistas de El Mercurio, entre quienes estaban el fallecido comentarista José María Navasal y la actual directora de revista Caras, Patricia Guzmán. “Ellos me han injuriado y deberían ser despedidos en lugar de los cinco funcionarios ya mencionados”, declaró a Canal 7.

Sus dichos habían calado hondo en los sectores de derecha. Sonia Edwards no sólo se enfrentaba a las ideas políticas de su hermano, sino que además llamaba a estatizar El Mercurio desde donde habían salido las editoriales más radicales en contra de Allende y su gobierno. En la misma entrevista de Canal 7, Sonia fue enfática:
-Se ha demostrado que ese diario no se adapta al proceso de cambios que vive el país y lo que procede es su estatización y transformar a El Mercurio en un diario de los trabajadores.

AGUSTÍN HA VUELTO

Tras el golpe de estado las amistades que había fraguado Sonia salieron del país o debieron esconderse. Con la llegada de Pinochet, volvió su hermano. Y ella como personaje público y polémico, se apagó.

Sin embargo, hay datos que muestran que el desafío de Sonia perduró algún tiempo más. Un amigo recuerda que Sonia le dijo que había ayudado a algunas personas a salir del país. El periodista Hernán Millas afirma, además, que Sonia alojó en su departamento de París a Eugenio Lira Massi. El famoso conductor de la Entrevista Impertinente y autor de satíricos libros sobre el Senado y la Cámara de Diputados, había aparecido en la portada de El Mercurio como uno de los más buscados tras el golpe.

Vilma Armengol asegura que Sonia también escondió en su casa a un joven uruguayo que era buscado.
-Yo le pedí que lo recibiera. Pero se enteró el marido de su hija Dominique. Tuvieron una discusión bien fregada. El se enojó, encontró que era muy comprometedor.

Pese a la pelea “Sonia alojó al joven. Era muy jugada en ese sentido- rememora Armengol.
Agrega que pese a esa actitud, y a ser allendista “no tuvo problemas con el régimen militar”.
Las enfermedades volvieron.. Su amiga Mariana Chadwick recuerda que la operaron varias veces, de tumores en la cabeza. “Ella era preciosa, encandilaba a los hombres. Pero tras las operaciones quedó con bastantes secuelas visibles. Igual se veía linda pero tenía una cicatriz que ella trataba de taparse con el pelo; y un ojo lo tenía un poco rasgado”, dice Armengol.

Agrega que más tarde, “ella dio un viraje y volvió a la familia. También volvió a la religión católica”.
Con Agustín sólo hicieron las paces mucho después, en 1991 cuando el FPMR secuestró a su sobrino Cristián Edwards Del Río.
-Yo llamé a la Sonia por teléfono. Le dije: “¡qué lástima!”. Después de todo era su sobrino. Ella me dijo: “¿sabes?, me ha servido para acercarme a Agustín y estoy muy contenta”- cuenta Mariana Chadwick.
Agustín fue su eterna sombra. El recuerdo vivo de tristes historias que pronto los signos del Alzheimer terminaron por borrar. Durante sus último años Sonia vivió en la Senior Suite, una lujosa residencia para personas no valentes ubicada en Paul Harris 9578.
Allí -según relató a Revista Cosas otra de sus residentes, Inés Sánchez Cruchaga- Sonia vivía “en un mundo aparte”.
-No participa en ninguna de las actividades de la casa. Gerardo, su chofer, la entretiene “dándole vueltas en auto”.
No recibía muchas visitas. Y Sánchez recuerda haber visto sólo una vez a Agustín Edwards.
Sonia murió en febrero de este año. En el cuerpo C de El Mercurio apareció una breve necrología. La nota reseñaba momentos relevantes de su vida pero omitía todo lo que aparece en este reportaje.
Ya se sabe. “El Mercurio miente y parece que es verdad”.
Son palabras de Sonia Edwards.

“EL ESCÁNDALO SOCIAL DEL AÑO”
En 1960 Agustín acusó de estafa al marido de Sonia, el francés Jean Louis Berthet. La prensa recogió el hecho sin complejos. Eran otros tiempos. Las familias influyentes estaban bajo escrutinio público.

El golpe noticioso lo dio el diario El Siglo el 28 de diciembre de 1960:
GRAN LÍO FAMILIAR REMECE CIMIENTOS DEL CLAN EDWARDS: HAY UNO EN PRISIÓN
El Clarín siguió la historia durante semanas bajo el epígrafe de “El escándalo social del año”. En una crónica de la desaparecida Revista Entretelones se lee.
“Jean Louis Berthet, un francés legítimo, oriundo de París conmovió a Chile entero al arrebatarle la mano de la multimillonaria heredera a los más encopetados pretendientes de nuestra sociedad. La pareja vivió gran parte de su fogoso idilio en Europa y al regresar a Chile el afortunado “cazador de fortuna” debutó como manager de algunas sociedades comerciales, figurando entre ellas la Editorial Lord Cochrane y “Sometil” que se dedicaba a los negocios de importación y exportación de ganado. Pero parece que el parisiense no se adaptó a las modalidades de los jefes del “Clan Edwards quienes poco a poco lo alejaron de su “colosal imperio financiero” relegándolo al papel de observador y sin voz ni voto en cuanto tenía olor a dinero”.
Berthet estuvo nueve días detenido. Al volver al departamento que compartía con Sonia en la calle Bandera no la encontró. Tampoco a sus hijos. La empleada le dijo:
-La señora se llevó los niños el día que usted cayó preso, dice El Clarín. Berthet estampó una denuncia contra Sonia por abandono de hogar.
En entrevista con El Clarín, Berthet declaraba:
-Esto, para mí es como una pesadilla de la cual aún no despierto. Me recuerda los tiempos de la Bastilla en Francia. Se quiso, pienso con certeza, perjudicarme en mi honorabilidad para decir que doy un mal ejemplo a los niños y tener motivo para la nulidad del matrimonio. Y segundo, arrinconarme económicamente, haciéndome perder las representaciones con firmas extranjeras.
Mariana Chadwick recuerda que Sonia siempre “sintió que Berthet se aprovechó de la fortuna de la familia y de ella”.
-Agustín le hizo un gran favor separándola de él, asegura.
Pero Agustín velaba por sus propios intereses. Y según Chadwick, echó mano de las reservas financieras de su hermana.
-Fue un gran abusador del dinero de Sonia. Ella le pasó en vida parte de su herencia.Sonia estuvo varias veces al borde de la muerte debido a unos tumores cerebrales. Agustín se aprovechó de eso para hacerse cargo de sus bienes. Ella comentaba que cuando estaba enferma la había forzado a firmar para traspasarle poderes.- asegura Chadwick.

“Me identifico con la Unidad Popular”
Esta fue la declaración pública que Sonia Edwards emitió tras el despido de cinco trabajadores de El Mercurio donde ella era vicepresidente:

“He sido sorprendida con la noticia de que cinco trabajadores de la empresa El Mercurio, en cuyo Consejo ocupo la Vicepresidencia, han sido despedidos de la empresa debido al apoyo que prestan al gobierno de la Unidad Popular. Esta decisión de los ejecutivos de El Mercurio no me fue consultada, quizás por saber ellos que también yo comparto la posición de los trabajadores que han sido arbitrariamente despedidos.
Incluso mi secretaria privada, compañera Gabriela Muñoz, recibió una notificación de despido. Esto hace más visible aún el grosero atropello que se cometió a mis espaldas, a pesar del cargo que ocupo en la empresa debido a mi condición de accionista en ella.

Estos injustos y arbitrarios despidos, en mi opinión, ponen en grave riesgo la estabilidad de la mayoría de los trabajadores de la empresa, ya que significa un atropello al derecho que ellos tienen, como ciudadanos de sustentar posiciones políticas e ideológicas distintas a la de los dueños y ejecutivos de la empresa.

Yo también lo digo con mucho orgullo, me identifico desde hace mucho tiempo con la Unidad Popular y su Gobierno, y pertenezco al Comité de la Unidad Popular de la empresa junto a muchos otros trabajadores de sus diferentes secciones. Por lo tanto, si los altos ejecutivos de El Mercurio pretenden, como parece, emprender una persecución ideológica, estoy dispuesta a corre la misma suerte que mis compañeros. Junto con ellos, no obstante, enfrentaré resueltamente esta provocación que, sin duda, no tiene otro propósito que crear una situación difícil al Gobierno de la Unidad popular, objetivo que en el plano nacional también persiguen sectores de ultraderecha. Lucharemos para que en la empresa El Mercurio se respete el derecho de los trabajadores a profesar las ideas políticas que deseen y para que puedan expresarlas libremente. Sonia Edwards Eastman”.