Y quedó la grande con la columna de Axel Kaiser titulada “¡La educación no es un derecho!”, publicada hace poco en el diario de don Agustín.  Después de su publicación  los días discurrieron poco mansos, abriendo paso a  una serie de columnas en respuesta y entrevistas realizadas al mismo autor;  dándole la oportunidad para que  corrigiera lo dicho. Pero no,  Kaiser no se desdijo, al contrario, se expandió, enfatizando que la educación es un bien de consumo de la misma forma como lo es un auto, un cortaúñas, o una caja de paracetamoles.

Fervoroso admirador de Milton Friedman, da la impresión que nuestro columnista imagina que se levantarán agitados obreros zombies que cantarán la Internacional, mientras el pequeño y mezquino mundo capitalista se derrumba ante nuestras narices, y nuestras orgullosas ciudades se hunden en la medida que avanzan las aguas producto del sobrecalentamiento global. Todo un panorama apocalíptico que ni Friedman hubiera imaginado cuando lo rondaba la sombra de la muerte, errando por su casa en pantuflas, quizá regocijado de la popularidad que alcanzó gracias a Margaret Thatcher con sus recetas de reducción de la intervención estatal. Ni por si acaso creo que en los últimos respiros el viejo Friedman haya pensado en Marx, pero no me cabe duda que el viejo Marx sí pensó en cada uno de nosotros quienes, entregados a la deriva del destino constatamos cómo aquellas verdades, incluso las que Kaiser piensa como las más sólidas se desvanecen burlonamente en el aire.

Es cierto, nuestro  joven abogado comete errores conceptuales garrafales, que por su magnitud sólo puedo creer que estamos frente a un acólito, un seguidor, un fan que se apega letra por letra al jivarizante discurso liberal. Es por ello que me parecen valiosas sus palabras, no porque yo adhiera a ellas, o por que estén sólidamente argumentadas, o porque sean una lumbrera de ideas para mi tesis de doctorado; sino porque están cargadas de positivismo de doscientos años atrás. Una forma de pensar que persiste y que cada cierto tiempo nos recuerda lo fácil que es argumentar a favor de la mezquindad humana,  suponiéndola natural, inherente, o sustancial al individuo; de lo sencillo que es calificar a conveniencia  las relaciones interpersonales de abstractas y, por consecuencia, carentes de responsabilidad, simplemente porque no tenemos la herramienta adecuada para verlas en su totalidad. Me pregunto qué pensará Kaiser sobre el virus del VIH ¿acaso será también una abstracción tan efímera como lo es la sociedad?

¿Por qué Kaiser insiste en que sus declaraciones deben ser leídas sin emotividad y que cualquiera suposición al margen de sus planteamientos constituyen ideología?

Simplemente porque la emotividad supone poner un valor infinito a toda vida humana, lo que bajo una perspectiva económica constituye un conflicto que desordena los números y hace ver la idea de una educación de calidad y libre acceso como un desquiciante despilfarro. Siguiendo a Milton Friedman, toda vida humana tiene un costo, y Kaiser se alinea de forma religiosa con las teorías de su maestro, poniendo énfasis en el ejemplo del hombre que debe pagar con sus impuestos la educación del hijo del vecino. Ante el argumento de que los recursos no son suficientes para mandar a todo hijo de vecino a la escuela la solución económica de Kaiser  resulta, por decir menos, peculiar, aunque no muy alejada de la realidad: usted paga lo que su poder de adquisición puede, y cuando se trate de acceso a la educación la regla debería ser la misma. Sabemos que esto no ha remediado las condiciones originales, no hemos racionalizado ni extraído mejor  nuestros recursos, no hemos dejado de contaminar nuestros ríos, y tampoco creo que hayamos mejorado como sociedad. Simplemente  hemos distribuido la riqueza de forma inequitativa, contribuyendo a generar más pobreza y rezago. Llegado a este punto, la falta de educación ocupa un serio riesgo para mi propia integridad,  pues se expresa  no sólo  en menos oportunidades para el trabajo del hijo de mi vecino sino, en palabras más crudas, con más vecinos brutos, inconscientes,  ignorantes y necios, incapaces de resolver los vaivenes de su propia existencia.

  Por otra parte, siempre me ha parecido desafortunado el uso que la gente defensora del liberalismo económico da a la palabra ideología, suelo leerlo como recurso para satanizar todo aquello que no provenga —irónicamente — de la ideología de la propiedad privada. Contrasentido evidente, ya que por  definición la ideología se fija en el hecho que buscamos sentido sobre el mundo de forma colectiva. Para que una ideología tenga repercusión social debe ser compartida, convenida entre un grupo numeroso de personas. Nadie hace ideología por y para sí, su impacto final siempre es la sociedad, y eso, para personas como Kaiser, simplemente es sinónimo de repulsión.

No obstante supongamos, tan sólo supongamos que es posible escapar a la ideología, tratemos de ser “fríos” como nos sugiere Kaiser y observemos a cada individuo como una máquina productora de gastos. Aquella misma frialdad es a la que  Friedman apelaba cuando consideraba cada vida como un mero hecho sensible, romántico, emotivo y sólo pertinente como materia moral para humanistas, sacerdotes y filósofos. Bajo esta perspectiva, estimo que es innegable, Kaiser tiene toda la razón y ha sido así como nuestra sociedad ha generado valores consumistas al alero de fantasías mediáticas como la Teletón.

De cualquier forma creo que Kaiser ¡se las mandó!,  mezquinando el derecho de muchos y, como era de esperar en la trama de buenos y malos, defendiendo el derecho de unos pocos. Robin Hood ha jubilado, y sus acólitos trabajan para un call center ¡Regocijaos  empresarios, sostenedores de colegios y dueños de universidades! el espíritu de Milton Friedman está más vivo que nunca, escribe columnas desde Alemania y ensalza las bondades del sistema. Llegado a este punto me pregunto ¿Si la educación no es un derecho lo será entonces la idiotez? Puede ser que por esta vía lleguemos a un buen consenso.