En 1946 el productor y dramaturgo Carlos Cariola comenzó con los primeros bosquejos de la construcción de lo que era, en ese entonces, una sede para la Sociedad de Autores Teatrales de Chile. Se pidió financiamiento a entidades privadas, gubernamentales, municipales y a toda la comunidad: “la misma gente puso lucas: obreros, aristocracia, trabajadores”, cuenta Felipe Mesina, productor interno del mítico Teatro Cariola. Las butacas se donaron y atrás de cada una adoranaba una placa con el nombre del generoso benefactor”. Hoy día pocas se han salvado de las ganas de algunos espectadores de irse con un recuerdo.

No fue hasta 1954 que el Teatro, ubicado en San Diego 246, por fin se vio completo y repleto de gente. Casi 60 años después, quienes mantienen vivo al Cariola apelan a ese mismo esfuerzo comunitario que lo ayudó a nacer para devolverle la gloria de sus mejores años, en la década de los ’50 y ’60: “estamos en conversaciones con empresas privadas, con entidades de gobierno. Se quiere hacer un tema comunitario para abrir el teatro a todos, con aportes de nosotros mismos: privados, de gobierno, y de la comunidad”, dice Mesina.

Todo este nuevo esfuerzo por renovar la imagen del mítico teatro nace a partir del otorgamiento, a principios de este año, del título de Patrimonio Histórico, lo que les ha ayudado a acceder de mejor forma a los fondos y diversas formas de financiamiento, además de eliminarse el pago de contribuciones, lo que, según Mesina, les da “un respiro. Ahora se necesita recuperar esas lucas”. Y no es un trabajo fácil, porque no es llegar y cambiar. Las butacas, por ejemplo, deben ser restauradas, así como casi todo aspecto del teatro.

La idea ahora, como cuenta Mesina, es lograr una amplia cantidad de auspicios, para ofrecer una cartelera al más bajo costo posible, ya que al tratarse de una coporación sin fines de lucro, todo el dinero se reinvierte en sueldos, producciones y mantención del teatro: “la idea, siguiendo con el sueño de Carlos Cariola, es abrir el teatro a la comunidad y que la gente, en este caso, en esta época, salga un poco de la tele y vuelvan al teatro, a ver lo corpóreo. Entonces si logramos mayor financiamiento, la cartelera queda abierta, con invitaciones y que la gente las venga a retirar. Ese es el gran sueño”, señala el productor.

Parte de ese sueño es remodelar el frontis y cambiar los letreros por unos iluminados con paneles solares. También se está trabajando en una nueva cartelera que incluye un gran énfasis en lo musical. Por ejemplo, en el “teatro chico”, es decir, la sala Alejandro Flores, se están planificando “sesiones de música de nostalgia porteña, ambientado en Valparaíso, en la bohemia porteña. Con diferentes bandas y después una pequeña recepción en torno al show que se va a hacer, como un pequeño after office”, cuenta Mesina. También habrían sesiones de jazz y blues, obras de teatro y se espera contar con unos 15 o 20 eventos mensuales. Sin embargo, la primera obra en ver este renacer del Cariola sería Qué vergüenza para la familia, el primer estreno del Teatro Cariola en 1954, escrita por su fundador.

La crisis del teatro

Como uno de los teatros más históricos del país, el Cariola no ha estado libre ni ajeno a las dificultades de financiamiento y audiencia. Para Mesina, esto no es un tema sólo de los teatros, sino que se trata de un problema cultural en general: “según mi opinión, por la experiencia que yo tengo en producciones es que nosotros como agentes culturales nos dedicamos fuertemente a producir y hacer que la magia exista, viéndolo románticamente”. Sin embargo, señala que esta visión choca con las “técnicas de venta de libre mercado, que es la parte más comercial. Hay como un cierto conflicto ideológico y de gestión. Porque la gente de repente ‘no se quiere vender’, porque dicen que el arte no se vende, se admira, se contempla”.

Además, el productor señala que muchas veces hay buenas obras, buenos administradores culturales pero lo que falta es la mirada comercial, “y no es por incompetencia, sino que por desconocimiento y porque pastelero a tus pasteles. Si eres actor, actúa, si eres productor, produce. Ese es una de las grandes problemáticas”.

Otro tema son las postulaciones a fondos públicos, con las que no todo el mundo sabe lidiar: “es un camino tedioso y todo el mundo necesita la plata ahora, pero toma un tiempo conceptualizar el producto, reunir los papeles necesarios. Entonces eso es una burocracia que para mucha gente que no tiene conocimiento, es tedioso. Entonces quedan muchos proyectos en el camino”.

Teatro popular

Mesina denomina al Cariola como “el teatro de todos los chilenos”. Queriendo mantener vivo el sueño de su creador, la idea es siempre mantener ese teatro picaresco, popular y sencillo. Por eso están trabajando con la Universidad Católica y la Universidad de Chile en el catastro de más de mil libretos históricos que se encuentran en la Biblioteca de Libretos del teatro. Datan de 1915, aunque muchos no tienen fecha y Mesina estima que podrían ser incluso de fines de 1800: “los conceptos que hay detrás de cada guión pueden generar un retrato de la idiosincracia chilena de la época, porque las obras de teatro se basan en contextos históricos y sociales. O sea, en esos guiones tienen que haber unas pildoritas sabrosas de la aristocracia chilena y de la política”.

Aunque no ha tenido tiempo de revisarlos todos, Mesina señala que la mayoría de estos guiones se trata de “obras picarescas”, que es precisamente lo que buscan rescatar y hacer llegar a más gente, “porque tú cachái que de repente la cultura es muy elitista, con los artistas conceptuales, intelectuales de la sociedad”, comenta Mesina y agrega que “no nos interesa que la aristocracia más elitista del mundo venga para acá. Pero sí nos interesa que la gente venga con la solemnidad que el teatro se merece”.