Con sus profundos ojos marrones y una cálida sonrisa, Gul Khan se ve como los otros niños de su edad.
Nadie pensaría que hace pocos meses, este joven de 18 años fue arrestado vestido con un chaleco con explosivos, horas antes de que planeara detonarlos en la Universidad Kohat, en el noroeste de Pakistán.
Gul asistía a la escuela en Kohan, una ciudad de la provincia Khyber Pakhtunkhwa. Durante las vacaciones de verano, visitaba su población natal ubicada en un área tribal cerca de la frontera entre Pakistán y Afganistán.
Fue en ese territorio volátil que uno de sus primos lo conectó con un grupo de militantes y allí lo reclutaron para entrenarlo.

“El camino a Jannah”
“Ellos (los militantes) acostumbraban a darnos lecciones en las que decían que, de acuerdo con la Sharia (ley islámica), ahora es obligatorio luchar la jihad (guerra santa) contra el gobierno. Perdí la cabeza y empecé a creerles. Me dieron clases por tres meses”, dice Gul Khan. La historia me la cuenta en un centro establecido por el ejército de Pakistán en la ciudad de Tank, cerca de la frontera con Afganistán, para rehabilitar a los jóvenes que apoyaron y se solidarizaron con grupos militantes.

El centro -uno de tres en el país- está protegido por estrictas medidas de seguridad. Adentro hay aulas para entrenamiento vocacional, una cancha de básquetbol, una sala para ver televisión y una mezquita. Gul hizo su entrenamiento militar junto a otras doce personas en un campamento en la región tribal de Orakzai. Sus padres no sabían nada de su radicalización hasta su último viaje a Kohat.

Las agencias de seguridad llevaron a cabo una redada en su casa y lo arrestaron cuando tenía puesto un chaleco cargado de explosivos. “Ellos (los militantes) decían que las niñas estaban educándose en la universidades y que eso estaba en contra de las enseñanzas del Islam. Si las mujeres estudian tendrán poder y destruirán nuestros centros religioso, por eso pensé que si hacía volar la universidad iría a Jannah (paraíso)”.

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