Llevo un par de semanas deseando escribir un guion de cine. Si no lo he hecho es porque aún no me decanto por ninguno de los dos argumentos plausibles. Lo que sí he definido es un título digno de la extinta TriStar Pictures: “Vomitar encima de personas ilustres”. Podría tratarse de un thriller o, si no, de un melodrama financiero. En el primer caso, considero mi deber sugerir a los productores de Hollywood la contratación del director David Fincher. En el segundo, sé que NADIE se opondrá a Oliver Stone: sería como oponerse a la elección de Hugo Chávez en calidad de Presidente de Venezuela más allá de la tumba.

Si de un thriller se tratara, el argumento iría como sigue: un irritado consorcio de suprematistas blancos forrados en dinero (o mejor: el fantasma de Hugo Chávez) contrata a un sicario más rudo que Carlos el chacal para que, durante un evento público, vomite una especiosa mezcla de huevo cocido y bourbon barato sobre la cabeza de Michelle Obama. El twist del relato es que, durante toda la peli, el servicio secreto (y con ellos el espectador) está convencido de que el atentado se efectuará con arma de fuego y en contra del presidente de Estados Unidos, no de la primera dama. Así, el astuto sicario emplea como señuelo a un torpe comando traído desde Rusia; mientras entrenan, vemos al líder vomitar constantemente. Al principio, creemos que está enfermo; no sabemos que practica la fineza más rotunda de su oficio. El entramado se revela cuando nuestro antihéroe se cruza con Michelle en un pasillo y, mientras sus compañeros son arrestados o abaleados, él descarga su estómago en forma gráfica y potente sobre la esposa de Barack, y le toma una foto, y alcanza a enviar esta por celular con el mensaje “misión exitosa” antes de caer abatido bajo las armas de los guaruras mientras la guapa señora Obama chilla y se retira de las pestañas, con horror y con asco, pedacitos de yema dura.

La otra opción –el melodrama financiero– tiene como protagonista a un excéntrico petrolero texano. El hombre es un filántropo: dona importantes sumas a decenas de organizaciones de asistencia que trabajan en África, Latinoamérica y Medio Oriente; en cualquiera de esos lugares de quinta categoría donde más de media humanidad agoniza. Solo tiene –nuestro millonario– un defectito: cada vez que entrega un cheque, sella el trato con una ceremonia privada donde mea, caga y vomita encima de la cabeza del presidente o representante de la fundación a la que beneficia. Desde el principio lo vemos en su galería de trofeos: una vasta oficina cuyos muros están tapizados de fotos: el dueño del dinero guacareando sobre Médicos Sin Fronteras; meando a unos raquíticos niños negros; depositando una perfecta piedra de caca sobre la coronilla de un premio Nobel de la Paz… Claro que la historia no tendría ningún chiste sin un triángulo amoroso: el presidente de la próxima ONG que el millonario vomitará es un santo, y su asistente y amada –una chica ultra sexy; ¿quién otra sino Angelina Jolie?… es perfecta para el papel– insiste en sustituirlo el día de la humillación. Al final, resulta que la chica es una kinky que ignoraba su propia naturaleza: goza siendo vomitada y meada, abandona la asistencia social y a su anodino y santo novio (a quien acaba despachando despectivamente con un cheque) y se dedica a fornicar de día y de noche entre la mierda (por momentos dorada) de su cachondo y sombrerudo millonario…

Algo así. O no sé, a lo mejor tendría que dejar entrever por ahí algún margen de redención para los desposeídos, los vejados, los sin techo: la gente encima de la que vomitan y mean y cagan diariamente los sicarios, las primeras damas y los petroleros texanos. Ya ven que a Oliver Stone le gusta ese tipo de charlatanería.
Qué bueno que me descargué. Se siente uno como nuevo. Espero no haberles salpicado la camisa o la blusa. Estoy mucho mejor. Hasta podría ponerme a trabajar.