¡Por qué no me googleai este pedacito!, diría mi amigo Guille, que todavía debe andar por Mendoza, enfrentando crítica y lúdicamente la banalidad digital. La cosa se pone dura porque hace mucho rato que uno ha cambiado la tradicional conducta lectora, por la búsqueda de información facilona y sin filtros, ofertada por la instantaneidad ciberespacial. Es como cuando los pendejos de enseñanza media, en vez de leer una obra narrativa completa leen el resumen, y lo peor es que creen que esa reducción es perfectamente legítima y equivalente. Lo que sí pasa es que el googleo es capaz de resolver casi todo, desde la receta del pastel de papa hasta el ingreso a un fondo bibliotecario, incluyendo un proyecto político.

Lo que es maravillosamente innegable es que uno puede estar trabajando desde un café a orillas del Lago Llanquihue en Puerto Varas, como me ocurrió a mí la semana pasada, en que fui a una feria del libro. Ahí me di cuenta que hay algo que el googleo no reemplaza: el reencuentro con los amigos. Me fue a ver de Puerto Montt el Nelson González, un amigote de Chiloé que no veía hace muchísimos años. Fue como si nos hubiéramos visto el día de ayer y no perdimos tiempo en protocolos de recuentos o de tramposas exhibiciones del quehacer de cada cual. Mi amigo, que es arquitecto, entró al tiro en materia. Su relato era fascinante, su delirio tenía que ver con los planos reguladores y con la culpabilidad de los arquitectos en todas las maldades y perversiones territoriales, es decir, todas las manipulaciones que padecen nuestras ciudades por culpa de un instrumento legal al que se le adhiere una jerga engañosa que sólo posibilita la especulación y la realización del deseo neoliberal, conducida por los empresarios inescrupulosos y un verdadero proyecto maldito, que entre otras cosas posibilitó el espantoso mall de Castro y el de San Antonio, entre otros. Y estos profesionales suelen ubicarse en zonas estratégicas, como las municipalidades.

Todos los que vivimos en pueblos chicos conocemos al director de obras, que es una pega clave, extraña; ese funcionario no depende necesariamente del alcalde, creo que se puede entender directamente con el ministro correspondiente. Era divertido escucharlo, su delirio se parecía un poco al del loquito que a la salida del Café Haití le echaba la culpa de todo a los detectives. Le comenté que la relación poder-saber es parte de la razón académica, que por lo general los médicos, abogados e ingenieros comerciales, son de lo peor, que gracias a Foulcault hemos clasificado esa perversión ideológico discursiva. Ahora son los arquitectos los más malos, porque son como tontos para cambiar el plano regulador de las ciudades, sobre todo cuando son promovidos y financiados por empresarios cuyo negocio supone envenenar a un pueblo, dejarlo sin agua o persuadir a una comunidad, comprando a sus autoridades, de que el ácido sulfúrico es inocuo o cosas por el estilo. Además, el otro día un arquitecto en Santiago me humilló porque yo no tenía un computador Mac. Lo otro es que además se creen artistas.

Me quedó muy claro que debo volver al sur e instalarme en una cabaña a orillas del mar interior, cerca de Castro, como me ofreció el gran Renato Cárdenas, no sin antes pasar por Valdivia, a ver a mi amigo Hernán y a la casa del Nelson, al ladito de Puerto Montt. Tengo que revisar un par de textos y descansar un poquito. No faltó el análisis político electoral que nos tiene a muchos inquietos. Todos los que pertenecimos a la subcultura de la vieja izquierda -concluimos con mi amigo- sabemos que esta esquizofrenia política de la Concerta y de la derecha, consistente en estar obligados a renunciar a su proyecto histórico para poder gobernar, aunque esta vez el engaño no es sostenible, tiene un límite. La fiscalización ciudadana está ahí, y la amenaza de la explosión social es toda una oferta que estos malditos van a tener que administrar con represión. Las patéticas primarias representan la arrogancia de la minoría política por mantener sus privilegios. Lo único relevante de las primarias fueron las imitaciones de Kramer que omitió estratégicamente a la gran ganadora.

No deja de emocionar que haya gente que, sinceramente, sienta que votar es un deber cívico. Ellos merecen respeto, los que no votamos por razones políticas también lo merecemos. Los argumentos están a la vista y no hay que redundar. Lo más cargante de las elecciones son los analistas políticos. Este paseante, odioso de la razón metropolitana, no puede dejar de observar que frente a la soberbia triunfalista de la perra Concertación se erige ese extraño personaje, chileno(a), obsesionado por el orden doméstico. Frente a eso la lógica pendeja y resistencial se deslegitima, porque la política oficial, la Concerta fundamentalmente, hizo suyo el capital del movimiento social y estudiantil, perversamente, por cierto. De ahí que el desalojo de los estudiantes secundarios de sus colegios, por ejemplo, fuera casi una complicidad de la democracia cautelada. Faltó poco para que los milicos hicieran un ejercicio de memoria histórica.

Muy a distancia de eso, no puedo dejar de mencionar a mis vecinos, los alumnos de la Federico Santa María, protestando muy a lo nerd (en el mejor sentido que esta palabra puede tener), a mucha distancia de los encapuchados de la Upla. Me gustó su modo de protesta, la escuché desde mi casa mientras me preparaba un café y salí a la calle Placeres. Ellos paraban el tránsito en la esquina con la subida San Luis y sólo pedían el apoyo de los automovilistas, luego llegaron los pacos y los cabros se retiraron y decidieron marchar por Matta hacia la plaza de la Concordia, todo esto en Valpo. Me encantó ese modo transparente de protesta que ya está alcanzando los cerros y los barrios, por supuesto que la prensa televisiva no da cuenta de eso porque su negocio es la promoción de la violencia para justificarla institucionalmente.