Este es un libro a 50 dedos dicen los autores.
También podría decirse que es un libro a 5 cerebros.
O un libro a 4 disciplinas (derecho, economía, ciencia política, ingeniería).
En materia de género no hay mucha diversidad, eso sí.
Lo particular es que este ramillete de autores no se repartieron la pega. Este no es un libro en que Joignant habla de política, Atria de derechos sociales, Couso de constitución, Benavente y Larraín de economía. Eso es lo interesante. Todos hablan de todo. Por lo tanto, detrás de cada capítulo hay un intercambio de ideas, matices políticos y disciplinas académicas.
El encuentro de estos autores parte de la preocupación común por darle una interpretación política a la movilización social del 2011.
Ese año cambió la percepción de los chilenos sobre sí mismos. La desigualdad, el amarre de nuestra democracia, la sensación de abuso y desprotección dejaron de ser un murmullo, una sensación latente, un tema más de preocupación para transformarse en el tema central de la sociedad chilena.
Esa movilización fue expresión de la saturación de los chilenos y chilenas ante la persistencia del neoliberalismo en la forma de organizar el país. Políticamente, socialmente y económicamente.
En sus conclusiones, el libro señala que la profundidad y la extensión que ha alcanzado el neoliberalismo en Chile lo han transformado en una verdadera cultura imperante, una especie de “privatopía”, que ha condicionado el lenguaje y la imaginación además de las instituciones y las políticas públicas.
La gobernabilidad desde el retorno a la democracia se ha basado en jugar dentro de la cancha heredada cuyo adn es el neoliberalismo. Se puede ganar a veces, se pueden meter goles, pero la cancha sigue ahí y el árbitro (la Constitución) sanciona a quien se aparta de las reglas.
Un gran aporte de este libro es que explica con claridad cómo opera lo que definen como la “trampa de Guzmán” que consiste en un conjunto de reglas constitucionales cuyo objetivo es dejar a salvo del juego democrático las definiciones fundamentales del orden neoliberal.

“Esta estructura descansa fundamentalmente en tres mecanismos. En primer lugar, en reglas que exigen supermayorías en el Congreso para reformar la legislación que contiene los elementos centrales de ese programa; en segundo lugar, en un sistema electoral que hace casi imposible alcanzar esas supermayorías, lo que otorga a los herederos de Pinochet un poder especial de veto, debidamente disfrazado en legitimidad popular; y en tercer lugar, para el caso excepcional en que las dos primeras salvaguardas no fueren eficaces, un sistema de control de constitucionalidad de las leyes -el Tribunal Constitucional- que normalmente ha operado como una protección adicional del statu quo heredado.”

Es una democracia que no está diseñada para representar sino para neutralizar. De ella surge un Congreso que es inmune a las elecciones, dicen los autores.Y de ahí nacen también gobiernos que deben deslavar sus reformas cuando éstas modifican el corazón de los lineamientos neoliberales.

Algunos ejemplos: el Auge, que perdió el fondo solidario; la LEGE, que perdió la eliminación del lucro en la educación subvencionada; la reforma previsional, que perdió la AFP estatal; la inscripción automática, que perdió el voto obligatorio; la reforma constitucional del 2005, que perdió el reemplazo del binominal; el royalty, que no pudo ser royalty porque perdió el impuesto sobre las ventas para transformarse en un impuesto específico sobre las ganancias; la acreditación de la educación superior, que perdió la agencia estatal acreditadora, en fin, podríamos citar muchas más.

En un país normal, con gobiernos que ganan las elecciones parlamentarias, cosa que siempre hizo la Concertación, esos proyectos se hubieran aprobado sin desnaturalizar su concepción original.
Las reformas que no fueron negociadas no sólo no se aprobaron sino que pasaron sin pena ni gloria. Nadie sabe que existieron y que la derecha las bloqueó.

Es lo que pasa con la LEGE. Hoy, cuando me toca conversar con los estudiantes y contarles que después del movimiento pingüino del 2006 la Presidenta Bachelet presentó un proyecto que eliminaba el lucro en la educación subvencionada pero fue rechazado, ellos me miran con cara de sorpresa y se niegan a aceptarlo.
¿Cómo pudo existir algo así y no dar lugar a un escándalo? ¿Por qué nadie salió a la calle? ¿Por qué no hubo titulares en la prensa?

¿Y cuando se rechazó el royalty a la minería en el gobierno de Lagos?
¿Y cuando se ha rechazado el reconocimiento de los pueblos indígenas en la Constitución?
Y las 9 veces que se ha votado el binominal, y nadie lo recuerda siquiera?
Es feroz. Es desolador. La democracia deliberativa no funciona. Sólo existe la democracia de los consensos. Lo que no se consensúa, no existe.

Volviendo al texto, éste hace una descripción de cómo la matriz neoliberal se instaló en el ámbito constitucional y político, en las políticas económicas y en la forma de entender la provisión de servicios sociales.

En este punto es donde este libro salta a un plano distinto a los múltiples textos que se han escrito sobre el caso chileno, la transición, la Concertación, la herencia de Pinochet y demases. Su búsqueda es dibujar un modelo alternativo para superar el así definido “orden neoliberal”.

La alternativa propuesta por el libro es el “régimen de lo público”, donde se intenta sustituir la visión imperante en que los intereses particulares son el motor de la sociedad. En el régimen de lo público, juega un papel central el concepto de interés general, entendido como una construcción política que produce intereses compartidos. El interés general no está ahí esperando que alguien lo descubra y lo proteja sino que ese interés existirá si el tipo de sociedad en que se vive lo desarrolla y lo ocupa como base de su organización social.
De consecuencia, dice el libro, “la comunidad de intereses es algo que se construye y se aprende. La pregunta por si hay o no tal cosa como el interés general no es empírica sino política. La comunidad de intereses se construye dialogando, no se encuentra”.

Con esas premisas se describe paso a paso en qué consisten los soportes estructurales de este modelo alternativo.

En el ámbito social y económico es donde se desarrolla realmente “el otro modelo”. En lo político, en cambio, el énfasis principal está puesto en explicar cómo operan los candados contramayoritarios de nuestro sistema democrático y en sugerir caminos para superarlos.

Lo interesante de este trabajo es que se argumenta de forma categórica que el corazón del cambio de modelo, la madre del cordero, son las reformas políticas para desatar la trampa contramayoritaria. En esos mecanismos radica la anomalía del sistema chileno y mientras no los desactivemos, todo cambio de modelo será música y terminaremos en una mesa de negociaciones pidiéndole a la derecha el pase para hacer algo parecido a las reformas que pretendíamos realizar.

Hay que aclarar algo. Oponerse a los mecanismos contramayoritarios no quiere decir que uno sea partidario de tener una mayoría que arrase con todo sin considerar las minorías. Siempre es recomendable que los sistemas políticos estimulen los acuerdos. Pero el punto es ¿qué se hace cuando no hay acuerdo? La sana práctica democrática dice que cuando no hay acuerdo prima la mayoría y en Chile es al revés: cuando no hay acuerdo, la minoría manda. Impone su veto.

Eso es lo irritante y profundamente agresivo del sistema político chileno. Eso es, en el fondo, lo que ha llevado la furia a las calles.

Se argumenta la necesidad de una nueva Constitución y se explica por qué los temores levantados ante el mecanismo de la Asamblea Constituyente son infundados en Chile.

Sin embargo, los autores son conscientes de las dificultades para alcanzar ese objetivo y se abren a otras posibilidades, siempre y cuando pueda acordarse la disolución de lo que llaman “la trampa de Guzman”, es decir, la trinidad binominal-supermayorías-Tribunal Constitucional.

Si se lograra, aunque ello no resuelve todos los problemas de la actual Constitución, la dejaría en condiciones de ser modificada democrtáticamente sin los candados y los vetos contramayoritarios de hoy.

El Otro Modelo es una propuesta integral, importante y profunda para enfrentar los desafíos sociales y económicos. Nunca pierde de vista que el objetivo es atacar la desigualdad y lograr un desarrollo más dinámico e inclusivo.

En el ámbito social, el corazón de la propuesta apunta a que los derechos sociales deben proveerse bajo un régimen de lo público. Desarrollan un argumento muy interesante criticando el modelo chileno porque la inclusión de agentes privados en la provisión de funciones públicas se ha traducido en la adopción de su régimen de funcionamiento permitiendo, en definitiva, que la entrega de la prestación o servicio se parezca más a una transacción privada que al cumplimiento de un derecho social.

La propuesta central de “El otro modelo” es que la provisión social se ajuste a un régimen de lo público que permita garantizar derechos sociales y no solamente prestaciones sociales. La ejecuten agentes públicos o privados, por lo tanto, el régimen de funcionamiento y las reglas del juego deben ser las propias del régimen de lo público. Ello significa, por ejemplo, que no puedan seleccionar a sus usuarios, que no puedan negociar caso a caso los términos del servicio entregado, que no puedan lucrar cuando ello se contrapone al interés de los destinatarios del servicio. Esto último sucede cuando se trata de servicios complejos, difíciles de estandarizar, como la educación. No sucede, en cambio, en la construcción de casas o carreteras.
Con ese esquema, es notable la forma en que se argumenta el fundamento para erradicar el lucro en la educación financiada por el Estado, desmunicipalizar la educación escolar y buscar la gratuidad en la educación superior. Son argumentos no panfletarios ni nostálgicos, son contundentes y los comparto plenamente. Lectura muy recomendable.

En el ámbito económico, el libro clarifica, en primer lugar, que la estabilidad macroeconómica y la apertura comercial hacia el exterior son totalmente compatibles con un rol más activo del Estado para impulsar el desarrollo económico. De hecho, son partidarios de mantener los primeros dos y cambiar el no intervencionismo estatal por un rol más activo.

Segundo, se recurda que la salida de los países del subdesarrollo ha estado en todos los casos conocidos acompañada de políticas industriales impulsadas desde el Estado.

Tercero, se afirma que los principales problemas económicos que hoy tiene Chile son la alta y persistente desigualdad y el estancamiento en la productividad. En ambos casos, la experiencia ha mostrado que el mercado no va a resolver solo estos problemas y que las políticas sociales, si no son acompañadas de medidas económicas, van a ser insuficientes.

Aquí es donde se teje la propuesta del Otro Modelo. Se apunta demostrar que el logro de una economía con mayor productividad, basada en el conocimiento y no solamente en la explotación de recursos naturales, que genere actividades con más valor agregado y, de consecuencia, con empleos de más calidad, depende del desarrollo de políticas industriales y de fomento a la innovación y de la creación de una nueva institucionalidad económica para el desarrollo que contemple, entre otras cosas, la creación de empresas mixtas.

Se sostiene también que el avance hacia ese tipo de desarrollo necesita un salto en el nivel de esfuerzo que estamos haciendo en educación, capacitación y desarrollo de capacidades. Eso, entre otras cosas, es lo que avala la necesidad de una reforma tributaria que entregue los recursos necesarios para viabilizar ese salto.
Las propuestas proponen las bases para reconfigurar la estrategia de desarrollo en Chile. Con ideas sensatas, sustantivas y pensadas para hacer posible un tránsito sin sobresaltos ni dramas.
Antes de terminar, dos comentarios.

Este libro parte de la premisa que las movilizaciones del 2011 provocaron un cambio cultural que ha hecho que cosas que eran aceptadas con cierta docilidad desde la recuperación de la democracia, se han hecho invivibles para los chilenos.

Para graficarlo, se relata el acuerdo que dio lugar a la derogación de la LOCE y su reemplazo por le Ley General de Educación y el famoso levantamiento de manos. El libro dice “Dicho acuerdo fue interpretado en su momento como una demostración de madurez de la clase política, cuyos integrantes eran capaces de trascender sus diferencias ideológicas en aras de alcanzar consensos en temas país. Sin embargo, esa interpretación hoy ha desaparecido. Lo que antes marcaba madurez, responsabilidad y seriedad, hoy denota capitulación y desprecio por el pueblo. Esa brutal resignificación es la medida de la crisis de representatividad”.

Justo o no, ese momento se ha transformado en un símbolo. Para una generación de estudiantes, ese día se consolidó una cultura de desconfianza, rabia, frustración y rechazo hacia la política.

Se debate si lo sucedido con la LEGE es un avance en un contexto de restricción o una componenda al peor estilo pero eso, creo yo, no es lo relevante. Lo relevante es que, después de largos años de pasividad e indiferencia, hay una generación de jóvenes que se ha interesado en la política y que, desde ese día, marcó a sangre y fuego su identidad colectiva poniendo a los políticos, todos juntos, como su enemigo.

Mi comentario es: ¿Cómo vamos a disolver este nudo de desconfianza? ¿O vamos a aceptarlo como una fatalidad?
Personalmente, creo que la posibilidad que Chile evolucione efectivamente hacia la superación de sus estructuras neoliberales requiere de una voluntad política explícita y contundente de recomponer un diálogo con los jóvenes. No de encantarlos ni seducirlos, sino de dialogar con ellos.

Chile necesita un diálogo intergeneracional porque, de lo contrario, pagará un alto precio en el futuro por la fractura con esa generación que hoy estudia pero mañana trabajará y dirigirá el país. Superar el resentimiento de los jóvenes de hoy sin convertirlos al conformismo o la indiferencia, que primó en los 90, sino canalizando sus inquietudes por el cauce democrático y participativo, será un aporte para que este ansiado cambio de modelo sea factible.

Último comentario.
El interés general es algo más que la suma de los intereses particulares, dice el libro. El interés general florecerá si lo cultivamos, es una potencialidad que está dormida por el predominio de la lógica de la competencia y del sálvese quien pueda.

Sin embargo, si vamos a aspirar a un cambio de modelo, que es una palabra grande y exigente, creo que debiéramos ir un paso más allá.

¿Quién dijo que el interés individual era salvarse solo y despreocuparse de los demás?
¿Dónde está escrita esa ley?

El ser humano es capaz de un gran egoísmo, qué duda cabe. Pero el ser humano tiene también un enorme potencial de generosidad. Somos animales gregarios, vivimos en grupo. Nuestro bienestar desde siempre ha estado ligado al bienestar de la manada.

Quizás es hora de hablar no solamente de los intereses generales como un contrapeso al reino del puro interés individual. Quizás es el momento de relevar que los intereses individuales no son necesariamente cambiar el modelo del televisor o ganar 20,000 pesos más que el vecino. Lo que entendemos como interés individual también se construye socialmente y también ha estado contaminado por el neoliberalismo.

Por años, las políticas más progresistas eran las que “nivelaban la cancha”. Achicaban las desventajas de algunos, evitaban los privilegios de otros. Pero el trasfondo de esa frase es que, al final del día, vamos a competir, unos ganarán y otros perderán.

Probablemente “el otro modelo” no necesita solamente que la cancha esté pareja sino que el juego sea otro, como una orquesta que toca o un paseo a la playa, donde nadie tiene que perder y todos lo pasamos mejor si a los demás también les va bien.