Una de las cosas que llama la atención de Remoto Control, último trabajo del grupo chileno Matorral, es que parece estar atravesado por un ánimo que se instala por sobre los estados particulares de cada corte, de cada historia. Deambula en él, en sus diez canciones o en recovecos de ellas, un espíritu de calma, una rara paz, una psicodelia dominada, controlada (lejos de una predisposición por transitar psicodelias sin destino bajo el equívoco amor hacia la libertad completa de los instrumentos), que no sacrifica la fuerza de una agrupación de rock de guitarras eléctricas (y acústicas), bajos y baterías, teclados, sonidos y voces varias (“Hiss”, “Condición”).

Así, entre los sucesos musicales de Remoto Control, y que nos sorprenden alegremente, está sin duda la riqueza de juegos y combinaciones vocales que emocionan (“Consiga una orilla”), modulaciones melódicas y armónicas que lo pillan a uno por sorpresa, una distribución democrática y precisa de arreglos y sonidos que entran y salen, como fantasmas, y que a ratos parecen cambiar la dirección que alguna canción ya había tomado (“Del valle hacia el interior”) y sus letras. Como cuando en la primera de sus canciones, “La palabra”, Matorral – compasivamente- canta: “La familia era una palabra…/ y duró tan poco como esto/ y una serie de almuerzos/ la cabeza entera abotonada…./ poco a poco se fue descubriendo. Remoto Control es un disco valioso en la producción chilena del 2013, de esos en los que suena su naturaleza más genuina: el amor profundo hacia la música y no por lo que a ella la rodea, o lo que de ella se consigue.

MATORRRAL
REMOTO CONTROL
2013