Es de no creerlo. Mañalich, uno de los ministros más faranduleros del actual régimen, ha asegurado que existe el aborto terapéutico. Afirmó, con su habitual humildad, dulzura y comprensión, que los médicos practican siempre el aborto terapéutico ante el riesgo de vida de la madre. Que por ese motivo no adscribe a esta petición de aborto terapéutico, porque sencillamente ya existe.

Entonces, si es cierto lo que asegura, ¿por qué no dirimirlo en un acuerdo institucionalizado? Muy simple: porque se trata de una peligrosa e ilegal mentira de una alta autoridad médica. Si el aborto terapéutico existiera, debería estar autorizado legalmente, porque de otra manera sería un aborto ilegal el que realizan los médicos a su libre albedrío. Y si lo hacen, porque a su juicio la vida de la madre está en peligro, ese aborto está penalizado y cualquier médico que lo ejerza debería perder su licencia de inmediato.

El actual ministro de Salud pretende pasar gato por liebre, pero comete una infracción pública de proporciones, porque el aborto terapéutico que pregona no es legal, al contrario, es ilegal. El mismo ministro que se ha prestado a la cuestionable labor de vigilar la salud de una futura madre de 11 años, violada por su padrastro; una niña al que el propio Presidente de la República, Sebastián Piñera, felicitó por su MADUREZ para enfrentar su maternidad, escuchen bien, a los once años. Lo que debió hacer Mañalich, desde un mínimo de ética médica, era advertir los graves riesgos de un embarazo a esa edad y las específicas condiciones –violación reiterada- en que se llevaba a cabo ese proceso. El caso de esta menor da terror y avergüenza, pero está allí para pensar -una vez más- cómo y en cuánto está capturado el cuerpo de las niñas y de las mujeres por voces peligrosas, irresponsables y reaccionarias. Y sirve para entender cuál es el criterio ético del Presidente de la República y de su amigo y ex socio en la clínica Las Condes, el actual ministro de Salud.

La catedral fue hace algunos días escenario de una manifestación pro aborto que concluyó con rayados en contra de la Iglesia y en contra de Dios. Las personas que organizaron la marcha lamentaron estos hechos que, según decían, provenían de sectores radicalizados. Sin embargo, más allá de lo inoportuno de la acción de “grafitear” la catedral, es necesario desdramatizar el gesto de los participantes al acto. La escritura vandálica le sirvió políticamente a una Iglesia católica que hoy, por primera vez en siglos, cuenta con dos papas, uno viajero y el otro recluido y aparentemente jubilado.

En medio de un viaje (filo peronista) del Papa argentino (en ejercicio) a Brasil, donde se resaltó su “modestia” en medio de un acto lujoso y ultramediático, un grupo de jóvenes rayó la catedral de Santiago con consignas y eso sirvió para fortalecer a una Iglesia chilena si no en ruinas, al menos muy complicada por el ejercicio “impuro” de la sexualidad por parte de sus sacerdotes. Sacerdotes comprometidos incluso en casos de pedofilia, como es el juicio que se avecina a uno de sus principales representantes, el opulento Legionario de Cristo John O’ Reilly, debido sus supuestas actuaciones sexuales con niñas pequeñas en el colegio Cumbres. El sacerdote O Reilly, amigo del gran empresariado chileno, comparecerá ante la ley que deberá zanjar ya su inocencia o su culpabilidad.

La Iglesia no juzga a los homosexuales, pero se opone a que ejerzan el sacerdocio; así lo afirmó uno de los papas, Francisco, el argentino, pero por otra parte se planteó contrario al “lobby homosexual en el interior del Vaticano” ¿Cómo es eso? La Iglesia misma está históricamente en contra del aborto porque está “a favor de la vida” y ese eslogan finalmente se entiende porque forma parte de su doctrina más allá todas las contradicciones que la acechan.

Pero a pesar de ese mundo religioso específico (¿cómo se le pueden pedir peras al olmo?), la gran pregunta, la más certera y la más contundente, hay que hacerla a los legisladores chilenos que por más de veinte años de transición han negado el aborto terapéutico y, por supuesto, la posibilidad del aborto en general para que sean las mujeres las que decidan su propia maternidad.

No es normal, bajo ningún sentido, que una mujer sea obligada a ser madre después de una violación, incluido el incesto. De la misma manera un embarazo inviable debería ser interrumpido para proteger la salud mental de la madre si ella así lo estima. Todos estos casos atentan contra los derechos humanos más básicos de las personas.
Pero más allá de estas consideraciones hay que entender que es un deber del Estado dar alternativas en torno a la maternidad a todas las mujeres. La despenalización del aborto debidamente regulada no significa que las mujeres aborten masivamente (ese sí que es un argumento tontín), significa solamente el derecho a decidir acerca de la maternidad propia. Un derecho que está implantado prácticamente en todas las superficies sociales del mundo occidental. La negación de esta posibilidad para la mujer chilena habla de un autoritarismo sin límite, un ataque directo hacia las mujeres atrapadas en discursos masculinizantes que deciden por ellas el destino de sus cuerpos.

No se trata de estimular el aborto. Las palabras interesadas de quienes propagan esa versión son equivocadas y, más aún, falsas. Se trata de una cuestión mucho más fina y decisiva como es la autonomía sobre el cuerpo propio. A lo largo de la historia de la humanidad pocos espacios han estado más asediados que el cuerpo de las mujeres. De manera muy general es necesario recordar a las miles de mujeres quemadas por brujas sediciosas y obscenas durante la Inquisición (hay que recordar que la Iglesia es profundamente misógina) evocar el largo tiempo de una virginidad impuesta y cautelada por todo el aparato social, la dramática estigmatización de la madre soltera y el castigo al hijo “huacho” como legado materno son largos tramos históricos por los que las mujeres han debido transitar sin tregua y con costos impresionantes.

Hay que sumar todas las formas de desvalorización en contra de las mujeres. Hasta hoy. Los salarios son elocuentes en sus cifras que muestran una desigualdad desenfrenada. No basta que parte importante del escenario público esté liderada por mujeres. Al revés, esa representación cupular oculta en cuanto la desigualdad en todo orden de vida recae sobre su figura. Ya parte importante del mundo masculino ha mostrado su poder y su saña machista, ahora corresponde que sean las mujeres las que emprendan una tarea verdaderamente emancipadora.
Despenalizar el aborto es imperativo. Basta de cuentos falsos sobre el derecho a la vida en boca de personas que no pueden nombrar la palabra dictadura ni golpe militar. Hay que insistir en la separación entre Iglesia y Estado. No es relevante que una persona crea o no crea en Dios, lo importante es que de la misma manera en que una persona decidió creer (el caso Orrego, por ejemplo), las mujeres también puedan decidir en qué creen y que esperan de sus vidas. Pero eso es una trama política entre el Estado y las mujeres. Ni de la Iglesia ni menos de sus feligreses.