Nos aprestamos a conmemorar los 40 años del golpe militar del 11 de septiembre de 1973, y dicho acontecimiento parece estar más vivo que nunca en la memoria colectiva del país.

Muchos se preguntan el por qué vamos recurrentemente a nuestro pasado reciente; qué buscamos con ello, cuáles son las causas que impiden que lentamente ese pasado vaya siendo superado y olvidado. En fin, pareciera que existe en nosotros una tendencia inevitable por seguir escarbando en ese pasado como si en ello se nos fuera la vida.

Por cierto en estos días hemos escuchado diversas reflexiones que tratan de entender y explicar este proceso de introspección social, aportes que contribuyen desde diversas dimensiones a comprender este proceso. Las líneas siguientes pretenden ser una contribución más a esa reflexión.

Lo primero que debo resaltar tiene que ver con un elemento que ha estado presente todo este tiempo en nuestra realidad: la mentira sistemática.

En efecto, mientras el debate sobre las causas del golpe militar son materia de debate y nos cuesta mucho concordar los múltiples factores que incidieron en dicho desenlace en razón de que el camino recorrido para ir aceptando las responsabilidades propias ha sido escatimado buscando cargar las tintas en el adversario, la mentira se instaló oficialmente ese mismo once de septiembre en el país y los que la instalaron fueron las propias fuerzas armadas.

Sobre el particular es necesario recordar que ese día las FF.AA. y de Orden declararon oficial y solemnemente que tomaban el poder en nuestro país para “restaurar la institucionalidad quebrantada” por el Gobierno encabezado por el Presidente Salvador Allende. Hablaron no del golpe militar sino de “pronunciamiento militar”, terminología que aún prevalece en sus filas y sectores civiles.

¿Ocurrió esa restauración? Por cierto que no, los planes eran otros, todavía ocultos en ese entonces, pero de esa forma quedó asentada la primera de una larga cadena de mentiras.
La mentira se transformó así en una forma de gobernar, facilitada por el control absoluto de la información y la cooperación de los medios de comunicación en dicho empeño.

¿Han reconocido las FF.AA. y de Orden que le mintieron al país desde el primer día que asumieron el poder? No lo han reconocido.

¿Han reconocido nuestros medios de comunicación vigentes en esa época y que siguen vigentes hoy en día que colaboraron en la instalación de la mentira en Chile? Tampoco.

Esa mentira sistemática, que corrompió nuestro leguaje (como no recordar eso de los “presuntos desaparecidos”), siguió prolongándose en nuestro proceso de transición a la democracia ahora de manera más inteligente, pero mentiras en definitiva.

Todo ello corrompió el alma nacional hasta tal punto que hoy la incredulidad es el estado natural de nuestra sociedad.

Esa sensación de que nos están mintiendo sistemáticamente es la que impulsa la necesidad de saber la verdad, verdad que ha ido aflorando de a poco y a retazos entre la maraña de mentiras que rodea nuestra vida social.

No es casualidad entonces que hoy siga siendo una necesidad el rescatar esa verdad que aún se le niega al país.

Pero no debemos ser ingenuos. Esa verdad que falta afecta severamente a un sector de nuestra sociedad: a aquellos a quienes la mentira favoreció y, por cierto, ellos son el primer obstáculo para que ella fluya, obstáculo que se mantiene hasta el presente.

Mientras se la siga ocultando, la historia reciente de nuestro país seguirá teniendo dos versiones irreconciliables y el pasado se seguirá volviendo presente con toda su carga emocional desgarradora.

Interesa destacar, en todo caso, que cada día que pasa va siendo más difícil sostener esas mentiras y eso es un síntoma que da muchas esperanzas de que los chilenos podemos reconstituir sanamente nuestra convivencia.
Sin embargo, hay un segundo aspecto que debe tenerse presente en estos días en los que la memoria nos retrotrae a acontecimientos duros de nuestra historia reciente: me refiero a nuestras FF.AA. y de Orden.

Cuando ellas, por decisión de sus altos mandos, tomaron al poder político mediante un golpe de estado el 11 de septiembre de 1973, dieron inicio a un proceso que las afectó profundamente y que en su aspecto más medular significó una ruptura con una parte significativa de la sociedad civil.

Así, las FF.AA. y de Orden, dejaron de ser instituciones de todos los chilenos sino sólo de una parte de ellos. Aquello significó un quiebre en unos de los ejes básicos de su existencia. El Ejército ya no fue el Ejército de Chile sino el Ejército de algunos chilenos, y lo mismo pasó con las otras ramas armadas. Pero ese quiebre fue aún más lejos: las FF.AA. y de Orden, declararon la guerra a parte de los chilenos y las secuelas de esa guerra están presentes y se manifiestan de forma dramática hasta hoy en día.

La comunión de las FF.AA. y el pueblo chileno quedó irremediablemente rota. Con ello, se mató el alma de ellas y eso no se puede remediar. Resucitar a un muerto no es obra humana.

¿Qué hacer? No tengo una respuesta pero es hora que tomemos conciencia del problemas que tenemos en casa.

Quizás convendría buscar otras experiencias parecidas y observarlas. Creo que el caso de Alemania post Segunda Guerra Mundial pudiera ser ilustrativo: ellos refundaron su ejército sobre nuevos paradigmas teniendo presente lo que no debían hacer después de los extremos a los que llegaron durante el nazismo.

¿Tendremos los chilenos el coraje de enfrentar este desafío o seguirá prendida en el pecho de nuestros uniformados aquella medalla que les obsequió el general Pinochet conocida como “misión cumplida”?

*Abogado DDHH.