El observatorio astronómico más grande y moderno del mundo, inaugurado sólo hace cinco meses atrás por el Presidente Piñera y por el director de la Fundación Nacional para las de Ciencias de EE. UU, Subra Suresh, está paralizado. Ubicado frente al Salar de Atacama, en el llano de Chajnantor de la Cordillera de lo Andes, a 5200 m sobre el nivel del mar, el observatorio ALMA se compone de 66 radiotelescopios y es operado por cerca de 250 astrónomos, físicos, ingenieros mecánicos, eléctricos, informáticos, así como técnicos y administrativos, en su inmensa mayoría chilenos. Desde el jueves 22 de agosto, ALMA ha dejado de entregar imágenes y datos sobre galaxias lejanas, formación de planetas y restos de supernova. Esto no se debe a una falla técnica ni a una suerte impía, sino simplemente a la intransigencia de sus administradores, el consorcio norteamericano AUI, que se opone a las justas demandas que solicitan quienes en la práctica mueven el observatorio.

En efecto, los trabajadores, técnicos, ingenieros y científicos de ALMA se han visto obligados a votar la huelga, luego que el proceso normal de negociación colectiva y los 5 días de buenos oficios no rindieran ningún fruto. Los dueños del observatorio ALMA son EE.UU, Europa y Japón, a través de sus organismos técnicos NRAO-AUI, ESO y NAOJ, respectivamente. La administración recae en AUI, un consorcio de universidades norteamericanas -que incluye a Harvard, Princeton, Yale, Cornell, MIT y Columbia, entre varias otras- creado hace más de 60 años para administrar grandes laboratorios. El estado chileno actúa como colaborador. En un contrato celebrado el año 2003, se le concedió a ESO y AUI los terrenos de la reserva científica de Chajnantor en Atacama y “privilegios e inmunidades…para la construcción y operación de ALMA”. A cambio, el estado recibe anualmente cerca de un millón de dólares, un tercio de los cuales son para el desarrollo de la astronomía chilena, y el 10% del tiempo de observación está reservado para astrónomos radicados en Chile. Tal vez, mirado desde afuera, esto puede parecer un jugoso negocio para nuestro país. Sin embargo, una mirada más detallada conduce a otras conclusiones.

En primer lugar, el conflicto que se vive hoy en ALMA ha dejado al desnudo la situación de indefensión que sufren los trabajadores –científicos, técnicos y administrativos- que laboran en este tipo de instalaciones. En el caso específico de ALMA, además de percibir un salario menor que sus colegas de otros observatorios, como Tololo, La Silla o Paranal, sus condiciones de trabajo dejan mucho que desear, y están lejos de lo que corresponde a un centro de clase mundial. Sólo un botón de muestra: varios ingenieros y técnicos deben trabajar a 5200 m de altura, revisando equipos de adquisición de datos, manteniendo líneas de transmisión, chequeando códigos computacionales, premunidos de tubos de oxígeno para no perder su lucidez. Este es un trabajo físico e intelectual en condiciones extremas inédito en el mundo, que requiere normas de salud ocupacional claras y precisas. Pero estas no son conocidas por las autoridades nacionales, pues allí se les impide el ingreso a los especialistas chilenos. Ni siquiera a la Inspección del Trabajo le permiten la entrada. La situación es grave: se trata de una suerte de enclave extranjero, donde la ley chilena rige para ciertas cosas y no para otras, y peor aún, no esta claro cuáles son estas cosas.

Pero esa es una parte del asunto. Un segundo aspecto dice relación con el carácter de los acuerdos que ha llevado a cabo el estado chileno y los beneficios científicos y técnicos que ellos significarían al país. A comienzos de 1960, Alianza para el Progreso y guerra fría mediante, se podía entender que Chile facilitara su territorio y sus cielos para observaciones astronómicas a EE.UU o Europa sin otra compensación que unos pocos dólares, el placer de ver alguna fotos de los cielos y que un puñado de astrónomos criollos tuvieran el privilegio de escuchar charlas sobre el universo acá en Chile o en el extranjero.

Fue más o menos bajo esas normas que se instalaron el siglo pasado el observatorio Tololo, luego La Silla y finalmente Paranal. La pregunta incómoda es ¿qué ha ganado el país con esto? Y puede continuar: toda esa infraestructura y conocimientos técnicos ¿le ha “chorreado” al resto de la comunidad científica? ¿a las escuelas de ingeniería del país? ¿a la educación técnica nacional? ¿son ahora, después de cuatro décadas, las escuelas de ingeniería y ciencias de las universidades en La Serena y Antofagasta líderes mundiales, por ejemplo, en óptica adaptativa, electrónica, diseño mecánico, procesamiento de imágenes, investigación operativa? Sabemos que no. La explicación es sencilla: toda la infraestructura tecnológica necesaria se prepara fuera del país. Alguien podría responder diciendo: “es que ese no era el objetivo al autorizar la instalación de esos observatorios”, “había razones estratégicas y geopolíticas superiores que así lo exigían”. Podría ser razonable.

Pero ya entrado el siglo XXI, tales argumentos están obsoletos. Hoy día, cuando está más claro que nunca el poder del conocimiento y su papel en el desarrollo, en particular el valor de los recursos virtuales, Chile debería exigir una relación menos asimétrica y más igualitaria en este tipo de acuerdos. Por cierto, en primer lugar, el pleno respeto de los derechos laborales. Pero también transferencia científica y tecnológica real para el país. En el observatorio ALMA existen talleres de primerísimo nivel donde se desarrolla, repara y mantiene tecnología de punta, que marca las tendencias a nivel mundial. Cito algunas: mecánica de precisión, criogenia, electrónica rápida, adquisición de datos, procesamiento de señales, sensores, superconductividad aplicada, técnicas de alto vacío. Todas esos talleres podrían estar abiertos al uso y entrenamiento de científicos, ingenieros y técnicos locales. Sabemos que sus propios trabajadores estarían encantados de compartir sus conocimientos y experiencias con otros colegas. ¿Por qué esto ha estado ausente?

Es momento de abrir un debate respecto de cómo un recurso natural tan valioso como el cielo limpio se pone en función del interés nacional. No es difícil imaginar el diseño de acuerdos que contemplen de manera integral el desarrollo científico-técnico: formación y entrenamiento de gente, desde el nivel secundario –liceos politécnicos-, a los centros de formación profesional, estudiantes universitarios, así como científicos, ingenieros, técnicos y trabajadores profesionales. La idea no es nueva: ya en 1821 el gobierno de la naciente República exigía que cada embarcación a vapor que navegara por nuestras aguas tuviera un oficial y una cuarta parte de su tripulación chilena, “para que puedan adquirir conocimientos sobre la maquinaria a vapor y el manejo de ella”.

Casi doscientos años después, no resulta descabellado pensar en que además de tener operarios chilenos, se traspase también el know-how y la tecnología de punta a otros sectores del país, así como se permita la utilización de los laboratorios y talleres por parte de la comunidad científica y técnica nacional. Es necesario que Chile revise los acuerdos internacionales para la producción científica en todos los campos, y genere una política de alianzas velando por el interés de las investigaciones, pero cautelando el acceso a las oportunidades de los científicos, ingenieros y técnicos chilenos y la diseminación del conocimiento para los jóvenes, especialmente de las regiones del país.

Estoy consciente que no es popular develar las complejas tensiones que existen respecto del papel jugado por los observatorios extranjeros en Chile. Cuando a uno le recuerdan que ALMA está preocupado desde el Big-Bang hasta moléculas pre-bióticas que podrían dar pistas sobre el origen de la vida, el que sus trabajadores no tengan un lugar digno donde almorzar pasa a ser un problema prosaico. Pero nuestra gente merece más, y exigirlo no se contrapone con esos loables fines de conocimiento universal. Los ingenieros, técnicos y trabajadores chilenos merecen algo más que ver los últimos adelantos a través de una charla TED por youtube. Los innovadores y emprendedores merecen algo más que mostrarles el ejemplo de cómo ser dueño de la luna con dudosas artes, como se hace en la poco feliz campaña publicitaria del año de la innovación. Ojalá cuanto antes podamos disipar las sombras de la duda que empañan el camino al desarrollo, y superar así esta ALMA en pena que nos aprieta el corazón.

*Gonzalo Gutiérrez es Doctor en Física y Profesor Asociado de la Universidad de Chile. Es asesor científico de la CUT y su representante en el Consejo Consultivo del Ministerio del Medio Ambiente.