Valparaíso

Raúl Zurita Canessa no dormía hace cuatro días. El 10 de septiembre de 1973 pasó la noche en blanco, en un bar llamado Ramalo, un boliche que atendía un migrante italiano en el cerro Placeres. Salió de ahí cerca de las cinco de la mañana camino al comedor de la Universidad Federico Santa María, que servía desayunos a sus alumnos desde las 7 de la mañana.

Poco antes de llegar vio a varios soldados empezando a tomar posición, escondiéndose tras los árboles. “Estos tipos están cada vez más locos haciendo ejercicios militares a las seis de la mañana”, dijo y siguió su camino entre la niebla costera. No sumó cinco pasos cuando escuchó un “Alto ahí. Manos en la nuca y al suelo”. Al instante llegaron tres militares a reducirlo y llevarlo hasta el sector más alto de la universidad. Siempre cabeza al piso, con las manos en la nuca, vio cómo sumaron a los cocineros que llegaban al casino y luego, tras romper con una ráfaga de metralleta la puerta de acceso a los dormitorios, sacaron a los pocos internos que dormían dentro del recinto universitario. Se quebrantaba la autonomía del plantel, pensó, poco antes de entender lo que realmente estaba pasando ese día. Un quebranto duraría que 17 años.

Media hora más tarde subieron a los detenidos a un camión militar y los llevaron hasta el sector de Las Salinas, a un complejo militar. Al llegar al final del camino comprendió finalmente lo que ocurría: cientos de hombres yacían acostados de boca al piso, con las manos en la nuca, en una especie de plano de concreto. “Ok, se armó la guerra civil. Sea como sea la situación es precaria. Yo aquí estoy mal y no sé quien va ganando, pero yo estoy mal”, pensó antes de engrosar las filas de detenidos. Ahí comenzó el infierno. Una pateadura nunca antes recibida. Militares y marinos hacían carreras sobre los hombres tirados en el suelo y saltaban adrede sobre sus cabezas. “Nunca pensé que el cráneo tenía tanta resistencia”, dice. Lo hicieron pasar entre dos filas de soldados, con la chaqueta cubriéndole el rostro mientras lo pateaban, culeteaban y escupían. Se desmayó tres veces y lo levantaron todas ellas a patadas.

Horas después fue subido nuevamente a un camión con dirección al estadio de Santiago Wanderers, en Playa Ancha. Ahí estuvo tirado en el suelo, con las piernas abiertas y las manos en el suelo, sin poder moverse. Sólo se levantaban para recibir pateaduras.

Al atardecer los sacaron en filas y los apilaron en otros camiones. Uno sobre otro, como en un montoncito, llenaron los vehículos con destino al Maipo. A él le tocó al medio, sobre algunos y bajo otros tantos. “Íbamos gritando. Yo sentía como mi taco le iba partiendo la cara al tipo que iba más abajo que yo y yo tenía el taco del de más arriba en la ingle. Nos íbamos gritando, pidiendo perdón. El marino, al que levantaba la cara, se la partían y el sádico que manejaba pasaba rápido por todos los baches, a propósito”.

Durante todo este tiempo, no se desprendió de una carpeta en la que llevaba sus poemas. Ayudante de Cálculo, egresado de Ingeniería Civil, Zurita aún no era conocido por sus poemas. Apenas había publicado en una revista de la universidad y en una antología en Argentina. “Me la pedían y me sacaban la cresta. Había un poema que decía ‘campos rojos, campos del desvarío’, con unos dibujos, eran medio vanguardistas. Me decían: ‘qué van a ser poemas, están en clave. Son códigos, confiesa’”. A esa altura ya no le quedaban fuerzas para mantenerse por los golpes. Entrando al carguero Maipo, afirmaba su carpeta con los dientes cuando un último marino le preguntó qué llevaba ahí. Se la quitó, le dió otra pateadura y lanzó los poemas al mar. “Mi última señal de identidad, de la vida pasada, era esa carpeta porque a esa altura ya perdí el sentido de realidad. No sabía qué estaba pasando”, dice.

Luego vino poco más de una semana en el Maipo, desde donde veían amanecer y oscurecer por una ventanilla desde la que día y noche apuntaban con metralletas hacia abajo sus celadores. Al tercer día adentro, completamente hacinados en la bodega del carguero, comenzaron a darles comida. Para burlarse de él y los demás detenidos, los marinos les colgaban baldes con agua, pero a una altura más arriba de su alcance para darlas vuelta y botar el líquido al suelo. Una vez colgaron una olla con porotos con cuatro cucharas para toda una bodega.

Pasaban todo el día hablando, contando chistes, comentando los rumores que traían desde el exterior los nuevos detenidos. Que venía una marcha de Concepción con Prats a la cabeza y otras mentiras. Ahí se enteró que Neruda había muerto y, según cuenta, fue como para decir “estamos acabados”.

Casi a fines de septiembre, un día como a las cinco y media de la tarde -apenas media hora antes del toque de queda- lo dejaron ir. Salió corriendo desesperado para que no lo agarraran de nuevo. Terminó en una casona donde dormían algunas estudiantes mujeres de la misma universidad.

“Cuando salí y vi que los almacenes llenos de comida, fue tremendo. La salida del barco fue casi peor que la estadía”, recuerda el poeta.

Valdivia

Imagen: www.diarioelranco.cl

Dos días antes del golpe de Estado, Anselmo Sule calmó los ánimos en Valdivia. El presidente de los radicales dio un discurso tranquilizador el 9 de septiembre en la ciudad del Calle Calle. Los rumores tenían intranquilos a los valdivianos, pero el senador radical se encargó de apaciguarlos.

“Nosotros teníamos alguna información, pero este señor dijo que nos dejáramos de estar pensando en el golpe y nos dedicáramos a trabajar. Eso nos permitió creer que la crisis después del tancazo estaba superada. Eso fue el día 9 y el 11 vino el golpe. A Anselmo Sule lo pilló en La Unión y a nosotros totalmente desprevenidos, no como en otras oportunidades en las que algo habíamos preparado”, cuenta Uldaricio Figueroa.

El día anterior la dirección regional socialista tuvo una reunión analizando el discurso de Sule. La reunión duró hasta las 11 de la noche y los dirigentes se fueron tranquilos a sus casas, sin pensar en lo que venía. A eso de las cinco de la mañana comenzaron los telefonazos. A las 7 de la mañana ya estaban en la intendencia, esperando información para actuar. Figueroa dice que estaban en pelotas, con una ignorancia absoluta de la realidad, sin saber de lo que se trataba un golpe de estado.

En la intendencia, el jefe regional se comunicó con el general de la división militar, Héctor Bravo Muñoz. El general le informó al intendente que haría toma de la intendencia por órdenes de la recién formada Junta Militar, aunque por la radio todavía Allende llamaba a defender el gobierno popular.

Después de esa conversación y confirmar el bombardeo a La Moneda, tuvieron que huir. Buscaron refugio en las casas de seguridad previstas, pero no sirvió de mucho y los encontraron rápidamente. La dirección socialista fue apresada uno a uno. Figueroa alcanzó a arrancar y logró esconderse en las afueras de Valdivia.

Se ocultó en una cabaña y trabajaba sacando leña, pasando completamente inadvertidos cuando circulaban los helicópteros buscándolos. Recibía escasa información y varios días después supo que asesinaron a Víctor Carreño, encargado de la JS, y que habían ejecutado a toda la plana mayor del MIR, con Fernando Krauss a la cabeza. Ellos intentaron resistir en el Complejo Maderero Panguipulli, pero no tenían la instrucción de guerrilla para hacer eso.

El 15 de octubre, zafó de otro barrido. Sus compañeros y familia lo daban por muerto. Volvió a Valdivia cinco días después, lo reconocieron y detuvieron. Recibió toda clase de torturas y golpizas. “Te sumergían en unos bolsones de agua nauseabunda, te colgaban de los pies hasta perder el conocimiento. Eso lo tuve que soportar por casi 30 días, me sacaban en la mañana de la celda y me iban a dejar como estropajo en la tarde”, dice Figueroa.

Luego vino el consejo de guerra y recibió condena a muerte junto a otro compañero, Carlos Herrera. La condena inicial del fiscal fue presidio perpetuo, pero después el consejo subió la pena a fusilamiento. “De inmediato me sacaron de la fila y nos aislaron en un calabozo. Ahí esperar el cúmplase de la orden, que afortunadamente no se cumplió. Estuvimos 40 días esperando, escuchando cómo le pegaban en los pasillos a unos cabros y les sacaban la cresta. Después de un mes nos dejaban ver el pasillo y podíamos conversar en el patio. Yo le decía a mi compadre que nos iban a homenajear en bronce y el rucio no quería, decía que nos iban a fusilar y chao”, cuenta.

Después vino la condena definitiva que quedó en perpetuo. Como en Valdivia la cárcel era de presidio menor, nos llevaron a Santiago en un furgón y nos dejaron en la Penitenciaría, en la calle 7. “Ahí estuvimos bastante tiempo los cuatro valdivianos que llegamos, porque los demás tenían penas menores y se quedaron en Valdivia. El intendente se quedó en Talca”.

Chuquicamata

El 11 de septiembre de 1973 el diputado Marcelo Schilling despertó en un hotel ariqueño y se enteró del golpe de Estado cuando le sirvieron desayuno. “Llamé para que nos trajeran un cuchillo que faltaba para el pan y cuando vuelve una mucama, radiante, como si lo hubiera pasado estupendo en la noche anterior, dice: ‘estoy feliz, por fin los militares dieron el golpe de estado’”.

De ahí en adelante vino una carrera loca para volver a Chuqui y luego a Santiago. Junto al también socialista Carlos Gabler, el comisario político del GAP se deshizo de todos los documentos que pudieran ligarlo al PS y buscó la manera de salir de Arica. Si bien la ciudad no se alteró ni se veía intranquila, fue imposible salir y encontrar mejor refugio que el mismo hotel donde se hospedaban. Sus compañeros socialistas, los mismos que los habían recibido de brazos abiertos durante reuniones partidarias los días previos, les cerraron las puertas. El miedo se instaló al tiro y no hubo caso. Fue una noche inquieta, dice Schilling, pero lograron pasarla sin mayores sobresaltos. Al día siguiente, el GAP partió con su carnet, el de Gabler y el de una pareja amiga de Chuqui al regimiento Rancagua para conseguir salvoconductos. “El militar que me atendió me preguntó por qué tenía cuatro carnets conmigo, pero al ver mi apellido bromeó con que éramos muy conocidos en el sur y que pasara nomás”. Ese militar resultó ser Odlanier Mena, al mando del Regimiento Rancagua en esa ciudad y posterior director de la CNI.

Superada esa valla, con la ciudad controlada por militares, Schilling y sus tres acompañantes salieron disparados de Arica en un Fiat 125. Paró varias horas después, cerca del cruce de Tarapacá a Antofagasta bajó a pedir agua en la casa de un ermitaño, al costado del camino. Al preguntar por noticias se enteró de lo que estaba pasando. “Este señor se pone a llorar y en medio de sus sollozos me dice: los están matando a todos”.

Al llegar a Chuqi, ya casi en la noche del 12 de septiembre, lo paró un control de carabineros. A pesar de que su nombre era repetido varias veces al día por los bandos militares, lo dejaron ir. Incluso haciéndole bromas de lo que se iba a encontrar en Chuqui. “’¿Por qué tanta vigilancia? Por precaución, si a los de la mina les pegamos un solo pencazo y listo’. Eso me dijeron antes de dejarme ir”, dice Schilling.

Sus compañeros en la mina habían optado en primera instancia por resistir en la mina. Luego discutieron y finalmente decidieron ir hacia Argentina. Llegaron hasta la mina El Abra, donde fueron recibidos por los otros mineros y les ofrecieron dinamita para volver a Chuqui. Al final todos volvieron y se escondieron hasta que fueron detenidos y luego asesinados por la caravana de la muerte.

A Schilling lo llamaban a presentarse por la radio, sino sería ejecutado donde fuera habido. La mañana del 13 de septiembre, decidió salir rápido de Calama. Junto a Jaime Urrejola robó un auto, pero al intentar emprender el viaje se dieron cuenta que éste no tenía bencina. Urrejola, a quien llevó a trabajar con él a la mina, salió a conseguir bencina. Llegó con un bidón de gasolina y un salvoconducto, pero sólo para él. Entonces Schilling, convencido por su compañero, llegó a pedir un nuevo documento para viajar. “Ahí me rendí, dije no puedo pelear contra todo”. Sin embargo, no fue apresado. El teniente a cargo de ese regimiento fue convencido por Urrejola que era necesario para volver a Santiago y éste le devolvió el carnet con un salvoconducto envuelto sobre él.

Un día después, al llegar a Santiago se hizo cargo de otros compañeros que eran buscados. Entre ellos, Manuel Cortés Iturrieta, el Patán, chofer favorito de Allende. Luego se contactó con el aparato militar del PS. Robinson Pérez le dijo que no tenía posibilidades de ser protegido, que mejor se fuera porque además era demasiado requerido. Ese mismo día apareció en el Mercurio de Antofagasta como cerebro del Plan Lautaro.

Talca

Imagen: www.elamaule.cl

En 1973 Carlos Soto era estudiante del Instituto Comercial de Talca. Estaba en cuarto medio, con 18 años recién cumplidos. El 11 de septiembre celebrarían el “día del maestro” y en el colegio tenían actividades extraprogramáticas. Pero en la madrugada se enteró de un levantamiento de los marinos en Valparaíso. Militante de la JS, partió al punto que tenían previsto si había una asonada golpista.

Pasado las siete de la mañana, ya en la intendencia, Soto y sus compañeros talquinos ven cómo el intendente Germán Castro se comunica con la dirección central del partido. La respuesta es desoladora: no hay opción de resistir junto a militares constitucionalistas y el golpismo parece ser un hecho consumado. Castro debate con los presentes y deciden dividirse: un grupo, guiado por él, iría hasta la precordillera a intentar cortar la luz para dificultar la instalación de fuerzas armadas; y el otro debía esconderse y buscar refugio en la ciudad o sus alrededores.

Antes de salir, el intendente recibe la llamada del jefe del Regimiento Talca para presentarse, pero a pesar de decir que iría en los próximos 15 minutos, desiste de esa opción y de que carabineros lo proteja para salir del país. Lanza una proclama a través de la Radio Corporación en la que hace un llamado a no moverse de sus lugares de trabajo o estudio, tal como el llamado que hacía Allende en Santiago.

En una caravana de cinco vehículos, entre ellos camionetas Chevrolet S10 y un jeep rumano, el grupo pasa a El Molino a buscar algunas armas como escopetas y pistolas y lo que pillaran para defenderse. Luego se dirigen hacia la precordillera por caminos internos, con dirección a la central Hidroeléctrica Los Cipreses.

El grupo llega hasta al retén Paso Nevado, donde después de una discusión hay un enfrentamiento entre el grupo liderado por Castro y carabineros. Cae herido el cabo Orlando Espinoza, que muere luego en el hospital regional. Carabineros retrocede y los leales al intendente sacaron dos fusiles ZIP, con los que siguen el camino hacia el paso fronterizo.

Sin embargo, luego de cruzar el llamado “Puente de los vientos”, la caravana es interceptada por militares que detienen a los vehículos con metralletas. Un grupo de ocho personas logra escapar a la cordillera, donde sobrevivieron por algunos días y luego cruzaron la frontera a pie. Dos de ellos murieron en el camino.

Los otros, con Castro a la cabeza, fueron detenidos y llevados hasta el regimiento Talca. A las horas, en el hospital regional una enfermera militante socialista identifica entre los heridos detenidos a parte de la comitiva de la intendencia. Soto, junto a otros compañeros ocultos en una casa de seguridad, se entera que el plan del intendente ha fracasado.

Al día siguiente, lo que quedaba de la orgánica del partido se reunió en la fábrica de Calaf. Ahí se constituyó una nueva directiva y se ordenó el repliegue en casas de seguridad. Soto se replegó en una de las poblaciones del sector sur de Talca por cuatro días. Los allanamientos siguieron en los días posteriores, pero él se salvó de ellos por su juventud.

Tras ello, el trabajo de Soto y los otros militantes fue ocultar o sacarlos del país a los compañeros que no habían sido detenidos. Mientras que sus compañeros que corrieron distinta suerte fueron torturados en el regimiento, a la espera de un consejo de guerra.

La espera terminó el 27 de septiembre, cuando Germán Castro es ejecutado tras una orden expresa emanada de la propia Junta Militar. Tres días después, al llegar la caravana de la muerte, el comandante a cargo del regimiento, Efraín Jaña Girón, es relevado de su cargo por Sergio Arellano Stark tras una orden expresa de Pinochet, por no haber ejecutado a todos los detenidos.