El folleto oficial reza más o menos así: en 1973, nuestra convivencia democrática se quebró. La intolerancia y el fanatismo de derecha y de izquierda, nos llevaron a un camino sin salida, un golpe o pronunciamiento que nada justifica pero que muchos antecedentes explican. Lo que sucedió después es del todo reprobable, horroroso, terrible, vergonzoso, y el adjetivo que quieras ponerle.

Este párrafo tiene la ventaja de casi no tener sujeto. Lo protagoniza un “nosotros” vago que no es por cierto casi ninguno de nosotros, que teníamos de tres a veinte años para ese fecha, menos aún los que no habían nacido. La culpa de todo recae entonces en un fanatismo ciego que tenía que ver con una época de exacerbación ideológica, que desde la caída del muro de Berlín resulta incomprensible; aunque me resulte, personalmente, desde la caída de otro muro, el de Wall Street el 2008, menos extraña. Una extraña curva del camino me hace sentir hoy más cerca de ese día de primavera de 1973 de lo que estaba hace 10 años, en el 2003.

Mi abuelo fue presidente del partido Federado de la Unidad Popular. Había empezado su vida política en las juventudes del Partido Conservador, fundado la Falange Nacional, la DC, el MAPU y la Izquierda Cristiana. Sus conocimientos de marxismo se limitaban a un manual de divulgación español y amaba como el más el parlamento en el que sesionaba como senador. Era la persona menos intolerante, menos autoritario del mundo. Exiliado en París, pasaba la mañana entera y parte de la tarde fumando en un café del gueto judío en que vivía en un departamento de 40 metros cuadrados. Un policía una vez se sentó a su mesa a avisarle que lo estaría discretamente siguiendo. Un agente norteamericano de la policía secreta chilena planeaba asesinarlo. No lo tomó demasiado en serio, hasta que balearon a su amigo Bernardo Leigthon y su esposa Anita Fresno. Acababa de firmar con él una carta que buscaba aliar a los exmilitantes de la UP con los demócratacristianos que no apoyaban el golpe. Esa alianza, un amplio arco que abarcaba desde la DC hasta el PC, era la obsesión de su vida. Una obsesión que nacía de su propia biografía, exiliado de niño por Carlos Ibáñez del Campo junto con comunistas, radicales y anarquistas, hasta entonces enemigo jurado de su padre conservador, había visto a todos estos grupos contrarios unirse en contra del mismo dictador, terminando en esa misma extraña libertad por votar por el Frente Popular, a pesar de que los curas en los púlpitos los condenaban por cometer esa herejía.

Mi abuelo, ese exconservador que no sabía ni usar una cuchilla de afeitar, ese señor en suspensores, no era en nada que pudiera ver un revolucionario. Era lo que yo le reprochaba a mi padres, y a sus amigos: hablar del socialismo y la revolución que serían incapaces de soportar en la práctica; que Carlos Altamirano, ese amigo de mi abuelo que usaba pantalones cuadriculados, no soportó, escapando de Berlín Este para instalarse en París. Y los miristas de la casa de mi tía abuela a los que les daba retortijones de estómago ver siquiera una metralleta y hacían de la indisciplina un honor. Esa patética inconsecuencia con que llorábamos por el Che en el subsuelo de Paris, y levantando el puño en canciones donde siempre nos crucificaban antes de intentarlo, me resulta ahora completamente coherente. Mi abuelo no buscó nunca nada distinto que una sociedad como la francesa, o la alemana o la sueca. Al margen del discurso de época que también usaban Mitterrand, Helmut Schmidt u Olof Palme, Allende no pensaba tampoco en otra cosa que distribuir el poder, cultural, político y sobre todo económico.

Allende, como mi abuelo, nacido a la vida política en los años treinta, en medio de uno de esos quiebres democráticos, nieto de un hombre (Allende Palin) que vivió otro quiebre del mismo tipo (1891), sabía que cuestionar los duopolios y los latifundios lleva en Chile fatalmente al quiebre de la democracia, o más bien vuelve a revelar que la democracia tiene ese límite: la democratización de la riqueza. La ingenuidad de mi abuelo, la de Allende, era sólo parcial. Hablaban de revolución cuando querían hacer reformas porque sabían que en Chile esas reformas, agrarias, educacionales, terminan con la misma crispación, la misma sangre, el mismo miedo que la revolución. Daba entonces más o menos lo mismo que el MIR gritara o no sus consignas, que se tomaran más fundos de lo aconsejable; daba lo mismo que se llamara o no revolución, si sería combatida como tal. Alessandri en 1920 no tenía MIR, ni ideologización extrema que combatir, y eso no impidió que lo trataran de demente y lo derrocaran una y otra vez hasta que se resignó a defender el poder tal y como era y pasó de ser considerado loco a ser considerado excéntrico, de un aprendiz de tirano a un estadista con estatua y todo frente a La Moneda.

La Unidad Popular, sabía mi abuelo, no pereció por sus errores, sino por sus pocos aciertos; de su único acierto: tomarse en serio la democracia y la república, aunque para eso tuviera que tomarse en broma las instituciones que la limitaban. O, más bien, supo que daban lo mismo esos aciertos o esos errores, que el destino estaba sellado de antes. Lo supo el día que Frei subió con dificultad la escalera de su casa a quejarse de los militares y pedirle -sin nunca decir la palabra- perdón por lo que hizo y no hizo en 1973. El comunismo, los comunistas, la Unión Soviética, explicó Frei. Cuando años después la DC se alió con los socialistas, con los de Altamirano específicamente, confirmó mi abuelo el núcleo de su intuición: Aylwin y Nixon podían negociar con cualquiera menos con los comunistas, el único partido dispuesto a negociar. Daba lo mismo la disposición del PC chileno en la UP, seguía siendo el partido comunista más cercano a Moscú de todos los de América latina. No era un miedo ridículo si uno lo piensa bien. Poco años antes, los carros blindados se tomaron Praga cuando quiso hacer una revolución sin polituburó. Lo que todos ahora parecen dispuestos a condenar de la Unidad Popular: El desorden, la crítica y la autocrítica permanente de todo y todos, la libertad de expresión desenfadada, es lo que la distingue de esa Unión Soviética monocorde, lo que hace la originalidad única de este proceso que evitó las purgas y fusilamientos en masa con que los comunistas intentaron ordenar los bandos en España para no perder lo que les quedaba.
Nunca sabremos si de seguir el proceso este terminaría en censura, control de cuadros y brigadas de vigilantes.

Algunas voces prometían eso. En los hechos, al parecer Allende estaba dispuesto a entregar el poder antes de usar algún uniforme, aunque fuese verde oliva. Algunas mentes lúcidas pensaron más bien aprovechar el impulso revolucionario que dejó flotando en el aire Allende para hacer su propia revolución: la neoliberal. Lo hicieron sin arriesgar a permitir ni la menor libertad. No fueron ni más coherentes, ni más exitosos que la UP, de hecho convirtieron el desabastecimiento y la inflación de la UP en una cosa de niños. La represión y el silencio les dio la segunda oportunidad que no tuvieron Vuskovic o Cademartori. Terminaron por conquistar el sentido común y confirmar la terrible idea que en Latinoamérica sólo se puede hacer cambios de fondo con una pistola en la sien.

Fumando en esa mesa de café, leyendo de refilón el Nouvelle Observateur, mi abuelo asistió a esa derrota cada vez más total. Con terrible ironía, vio cómo el sueño de su vida, unión de la izquierda y la DC, llegaba a hacerse realidad en torno no al programa de Tomic o de Allende, o lo que tenían en común ambos, sino a través del programa de Jaime Guzmán y Sergio de Castro, que se dedicaron a humanizar en sus bordes y decorarlo de sus símbolos y canciones. Yo insistía que exageraba, que el socialismo era un fracaso no sólo sentimental, que Chile progresaba de alguna forma, que la pobreza más horrible iba disminuyendo a pasos agigantados, que quizás era cierto que consumo y el mercado iban a terminar por lograr de manera paradójica, cumplir con democratizar la economía.

Mi abuelo murió pensando que la transición era una enorme rendición. He llegado a pensar, más veces de lo que quisiera, que tenía razón. Vivimos en paz, en un país que se mueve con una energía nueva. Santiago no es el suburbio de Varsovia que aparece en los documentales de los años setenta, ni las poblaciones son esos barriales sin límite ni fondo donde los niños manchados hasta las cejas miran con ojos perdidos la cámara. Las cifras marco y microeconómicas son contradictorias pero no del todo deprimentes. Cuando se trata de igualdad, sólo cuando se trata de igualdad, el optimismo se convierte en cinismo. El país más desigual de la OCED, uno de los más desiguales del mundo, la educación más cara, la previsión más escasa. Entre los que se felicitan por minúsculos cambios en el índice GINI o los que reivindican la desigualdad como motor de nuestro progreso, sin patilla y sin bigotes, seguimos debatiendo lo mismo de 1970. Muchos de los que sufrieron exilio, proscripción y tortura por acabar con la desigualdad, contemplan que su vida política, sus ministerios y gobiernos, lograron cambiar todo menos eso. Los torturadores, los captores, pueden con satisfacción sentir que su pedagogía del bastonazo logró su efecto.

Visto desde el eje mismo de programa: la igualdad, la UP deja de ser la aventura de un grupo de jóvenes que leyeron mal muchos libros; deja de ser un accidente, una cana al aire, para ser parte de un continuo histórico, una herencia de sangre y miedo, un puente entre mi abuelo y yo, entre los abuelos de miles de chilenos y sus nietos que no aceptan ya que algunas preguntas, que algunos partidos, que algunos barrios, ciudades, chilenos, sean excluidos de entrada del juego de todos. Chilenos que no piden necesariamente ni socialismo, ni revolución, sino democracia liberal, normal, republicana, “tensionando el ambiente”, “crispando los ánimos”, “sembrando vientos”, diciéndole NO al Lucro, o pidiendo asamblea constituyente.

Democracia, república. La UP puso en cuestión que todo eso en Chile existiera efectiva y realmente. La crítica pudo parecer por entonces un exceso, un lujo, una irresponsabilidad de niños regalones que no valoran lo que sus padres lucharon por darle. La democracia y la república son frágiles, no hay que jugar con ellas, pensaron algunos con toda lucidez. Refugiado en la embajada de Venezuela, limpiando las copas de champaña con que sus excompañeros de partido, sus amigos de toda la vida, celebraban el Golpe de Estado y la dictadura militar, mi abuelo supo que no se puede tensionar algo que no existe, ni quebrar algo que aún no se establece. La república y la democracia pasaron a ser para él en esa embajada una tarea pendiente, la razón de la lucha del resto de su vida. La lucha, con toda su modesta falta de metralla y fuegos artificiales, continúa.