Bueras, la sede del “el pluriclasista coro femenino de Salvador”

La figura de Salvador Allende pertenece a la historia universal del siglo XX y está llamada a proyectarse en el futuro. La personalidad de Allende era poderosa y compleja, y Bueras y lo que Bueras representó fueron expresión de una zona clave de esa personalidad. Para quienes deseen desentrañar las esencias del ascenso de Salvador Allende hasta la cumbre y de su caída final, Bueras es una pieza necesaria. Porque todo lo que arroje luz sobre la vida de un héroe contribuye a proteger su memoria de las manipulaciones, y aún las revelaciones más ‘indiscretas’, en lugar de disminuirlo, lo humanizan, lo hacen crecer. Sin Bueras habría un casillero vacío que contaminaría de incomprensión cualquier razonamiento. Porque Allende era un hombre sanguíneo y pasional y Bueras merece quedar como la expresión transparente de una pasión.

Imagen: Salvador Allende con esposas de integrantes del GAP / Biblioteca Virtual Salvador Allende

 

Bueras era un departamento sin vista a la calle, de 35 metros cuadrados y un solo ambiente, situado en la planta baja que los chilenos llaman primer piso. Dentro de la vida de hombre casado de Salvador Allende, era su refugio de soltero, casi un cuarto de estudiante. Si no sonara mal a los oídos delicados, podría aplicársele la muy chilena denominación francesa de garçonnière. Su principal encanto y única fuente de luz natural residía en un patio interior de cinco por ocho metros, que Salvador había empedrado parcialmente y donde había instalado una tinaja y un sillón de madera fuerte en el que acostumbraba sentarse. Desde las ventanas de los pisos superiores solían caer alguna prenda puesta a secar; un trozo de papel llevado por el viento, las gotas de un macetero, las pelusas que alguien arrancaba a un escobillón. El departamento estaba y seguirá estando -porque el edifició ha continuado allí- en el recodo ciego de Bueras, el denominado Nueva de Bueras. Se trata del departamento 4 del número 170-A. El edificio de tres pisos, que originalmente perteneció a la Caja de Empleados Públicos y Periodistas, fue construido en la época que Salvador Allende era ministro de Salubridad del gobierno de Pedro Aguirre Cerda por un arquitecto muy conocido en esos años, Enrique Camhi. Se inauguró en 1940. El pequeño edificio presenta las líneas angulosas, sin ornamentos, del racionalismo funcional de la escuela Bauhaus. Durante más de veinte años Bueras fue la querencia secreta de Allende, su “segunda casa”, conocida sólo por los amigos más cercanos, algunos de los cuales, como el dirigente socialista Agustín Álvarez Villablanca, prestaron algún día su nombre y figuraron como dueños o administradores del bulín por cuenta de Allende. Después de la muerte del Presidente Allende, la DINA, el servicio de represión de la dictadura militar; pondría sus ojos en Bueras e instalará dispositivos de vigilancia con la esperanza de echar mano allí a la Payita o a otros peces gordos del régimen depuesto. A partir de los años 70, el departamento de Bueras será inscrito sucesivamente como propiedad de diversos compradores y herederos. Pero antes, en los tiempos de oro de Bueras, por allí habrán pasado fugazmente o de manera reiterada, y en algunas ocasiones habrán residido durante cierto período, diversas figuras del ‘puriclasista coro femenino de Salvador’.

Dispuesto a morir por la Leíto

En agosto de 1952, cuando falta un mes para la elección, Salvador Allende protagoniza un extraño incidente cuyo real origen ha permanecido a lo largo de los años en penumbra. Tiene lugar en una sesión a puertas cerradas de la comisión del trabajo del Senado, donde se estudia un proyecto en beneficio de los mineros de El Teniente con el que todos parecen de acuerdo. Allende y el senador radical Raúl Rettig, que siempre han tenido relaciones cordiales, se enfrascan en un áspero intercambio de palabras. Allende formula a Rettig preguntas impertinentes y en medio del acaloramiento le grita “¡gestor!”, lo que significa atribuirle complicidad con intereses privados. Rettig se pone de pie para pegarle, pero lo contienen los senadores Alfredo Duhalde y Eduardo Frei Montalva, mientras otros dos sujetan a Allende. Recordará Raúl Rettig: “Aunque parezca ridículo, mandé a dos padrinos míos a pedirle explicaciones a Allende. Él me las dio, pero no me parecieron satisfactorias”. El rumor de un duelo inminente recorre Santiago y ambos senadores y sus padrinos se desplazan subrepticiamente de una casa a otra para escapar a los periodistas y a la policía de Investigaciones que pretende evitar el lance. Allende permanece en el departamento de Manuel Eduardo Hübner, situado junto al diario La Nación en el quinto piso del edificio de la Caja de Empleados Públicos y Periodistas de calle Agustinas 1291, cuyo ventanal doble mira a La Moneda. Rettig se haya en el departamento del diputado Julio Durán. El presidente del Senado, Fernando Alessandri, que no logra disuadir a los duelistas, toma juramento de honor a ambos senadores sobre su experiencia en el uso de las armas. Rettig nunca ha disparado, pero Allende sí, durante el servicio militar. Para nivelar la suerte, se resuelve prescindir de las pistolas de duelo de alta precisión y utilizar revólveres, con los que es más difícil apuntar a la distancia.

Los dirigentes del Partido Comunista se indignan con Allende y envían recados para tratar de disuadirlo. Consideran que el lance es una manifestación ridícula y aristocrática, y temen que Rettig acierte el disparo y los deje sin candidato. Carlos Jorquera, periodista cercano a Allende, es el encargado de comunicar al comunista Teitelboim, que lo espera en un auto a la vuelta del Hotel Carrera, que la decisión de Allende no tiene marcha atrás. En la madrugada del miércoles 6 de agosto de 1952, Salvador Allende sale disimuladamente del edificio de los Hübner por los estacionamientos subterráneos que dan a calle Huérfanos. Sube a un auto al lado del chofer. En el asiento de atrás va José Tohá. El vehículo rueda en dirección sur-oriente hacia el campo de honor. El duelo se efectúa en Macul Alto, en la parcela Los Boldos perteneciente a Raúl Jaras Barros, socio de Germán picó Cañas, dueño del diario La Tercera. Padrinos de Rettig son los senadores Ulises Correa y Hernán Figueroa Anguita; de Allende, los diputados Armando Mallet y Astolfo Tapia. Los duelistas se sitúan espada con espada, dan rítmicamente los veinticinco pasos de rigor, se vuelven, apuntan. Salvador Allende contará que la luna, que le daba de frente, lo encandilaba. Cada uno dispara una bala. Allende se tambalea, pareciera que va a caer, pero… ha sido sólo un tropezón. Por fortuna ninguno ha dado en el blanco. Según el parte policial, Allende regresa de vuelta a su departamento de calle Victoria Subercaseaux, donde lo esperan Tencha y sus tres hijas, a las 7.45, como si nada, en medio del ajetreo de la ciudad que despierta. Gustavo Campaña, humorista de pluma fina, inmortaliza el lance en un extenso poema satírico titulado Los modernos Cyranos.

Tendrán que pasar 47 años para que en 1999 Raúl Rettig revele el secreto que se ocultaba tras ese duelo insólito entre dos políticos caballerosos que se habían conocido en la adolescencia en Valdivia, que habían sido buenos amigos y que dentro de muy poco volverían a serlo. En una entrevista publicada en 1999, un año antes de su muerte, Rettig evocará el duelo de 1952 y confesará que “la causa real fue la disputa por una mujer”, y agregará: “Él estaba enamorado de la Leíto y se le ocurrió que yo también salía con ella. Lo malo es que yo no tenía nada que ver, porque lo que realmente sucedía era que yo estaba enamoriscado de una amiga de ella, y por eso la veía, y hablábamos, en un clima de cierto misterio. Pero nada más.

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Aunque se ha sostenido que los padrinos habían acordado que los duelistas dispararan al aire, el lance de 1952 muestra a un Salvador Allende dispuesto a dar la vida por Leonor. Hasta ese momento, cuando lleva doce años casado con Tencha, sus escapadas extramatrimoniales han sido discretas, surgidas al calor de las campañas políticas. Tencha sigue siendo la “Catedral” y las demás sólo han sido “capillitas”. La relación con Leonor constituye su primera infidelidad absoluta hacia Tencha. Por primera vez se configura el escenario, que más tarde se repetirá en una u otra forma, de una relación extraconyugal de Salvador con una mujer del entorno cercano. Por primera vez también, Laurita, que conoce la situación, mantiene la buena relación con Tencha y a la vez con la otra. Laurita solidariza con su hermano, lo comprende, ampara la aventura clandestina. ¿Clandestina? Si bien Salvador Allende se ha cuidado de que el affaire con Leonor no trascienda, Hortensia Bussi no lo ignora, como no ignorará ninguna de las grandes escapadas de Salvador en el futuro. Al involucrarse sentimentalmente con Leonor, de algún modo el político Allende tantea la resistencia de Tencha. Hortensia Bussi asimila el golpe y se esfuerza por seguir apareciendo junto a Salvador con una sonrisa -aunque algo crispada- en los labios. Tencha ha resistido la afrenta de que su marido se haya batido a duelo por otra y lo ha acogido a sabiendas cuando regresaba de Macul Alto. Sus penas, Tencha las llora a solas, mientras lucha a su manera para salvar el matrimonio. Su forma de hacerlo consiste en no darse por aludida., mantener la altivez y preservar la dignidad. La catedral debe ser de piedra, inexpugnable. Cuando se encuentra con Leonor Benavides, la saluda con un beso en la mejilla. . Salvador observa y recibe el mensaje. Ante sus infidelidades, Tencha no le declarará la guerra: de ella sólo puede esperar una guerrilla. El flanco familiar está bajo control. Allende tiene luz verde. Leonor es más que una capillita, quizás una basílica, y por ella dos grandes políticos han estado dispuestos a dar la vida. A ambos, Leonor los regañará: “¿Cómo pudieron hacer esa locura?”

Imagen de Bibilioteca Virtual Salvador Allende – Archivo de la historiapoliticabcn. @PipeHenriquezO

Inés Moreno y la moral del Partido Comunista

La relación de Inés Moreno y Salvador Allende se acelera en 1963 y 1964, durante la tercera candidatura presidencial. La afinidad de caracteres e ideales es profunda. Coinciden en sus sueños políticos, en su vitalidad a toda prueba y en la sensualidad con que abordan la vida. Ambos tienen personalidad fuerte, no se amilanan ante los fracasos, saben defenderse, encaran la vida como un viaje hacia grandes metas. Inés Moreno -“una mujer de esas que llaman de bandera, quien, además de buena moza, era inteligente, culta y militante del PC”- participa en la campaña como actriz del Teatro del Pueblo

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Mientras Hortensia Bussi sólo figura junto a Allende en las grandes tribunas, Inés Moreno, asignada por el Partido Comunista al comando de cultura, aparece en muchos escenarios y recorre el país con el candidato. Inés pone música al poema “El niño proletario” de Miguel Hernández y se suma de manera efímera al movimiento de la nueva canción chilena interpretando composiciones de su propia cosecha en las manifestaciones en que Allende ha de tomar la palabra.

“Poetisa de cierta sensibilidad, le escribía Allende, como ella decía, ‘los versos más lindos'”. De poncho y con una guitarra en la mano en Coyhaique, a caballo en la Patagonia, de tenida veraniega en Los Ángeles o paseando en la playa de La Portada en Antofagasta al lado de Allende, en todas partes Inés está junto a Salvador y Salvador junto a Inesita. En los círculos de la campaña nadie ignora la relación que los une. Entre dos mudanzas de casa, Inés vivirá invitada temporalmente por Salvador en el departamento de Bueras, donde será visitada por sus hijas. En el diminuto patio plantará un camelio traído galantemente por el dueño de casa. La planta dará todos los años una camelia roja el 26 de junio, día de cumpleaños de Salvador.

Los detalles de los encuentros de los amantes fluyen por los canales internos del Partido Comunista hacia la dirección, comunicados por dirigentes puritanos de Santiago o de provincia que observan al candidato y su comitiva. El partido teme que la doble vida de Allende llegue a conocimiento público y que estalle un escándalo de graves consecuencias electorales. Los dirigentes comunistas no quisieran que Inés, militante del partido, apareciera como causante de una crisis del matrimonio Allende Bussi. La conducta de Inés viola los mandamientos de monogamia y fidelidad de la “moral comunista”. Inés es convocada al “cajón de vidrio” donde Rafael Cortés la amonesta duramente. La pecadora es conminada a cesar su relación con el compañero candidato.

Inés enfrenta un dilema entre dos lealtades: a Salvador y al partido. Durante varias semanas se abstiene de participar en la campaña y rehuye a Allende. En medio del drama de conciencia ausculta sus propios sentimientos y percibe que le sería muy doloroso, insoportable, prescindir de la compañía de Salvador. Habla con él, pero a Salvador Allende la moralina del Partido Comunista lo tiene sin cuidado, más bien lo divierte, y una separación de Tencha es un tema que no está dispuesto a abordar.

La actriz Malú Gatica en campaña por una senaturía de Allende en 1945 – archivos del Ministerio de Relaciones Exteriores chileno.

La Payita, el gran amor oculto

Paralelamente, Miria instala sus reales en una parcela de ensueño de 13 mil metros cuadrados. Está a caballo sobre el río Mapocho, angosto y torrentoso a esa altura. Situada en la profundidad de una garganta, da la espalda a un farellón de decenas de metros de altura, en el camino a Farellones. Así surge “Cañaveral”, cuyo nombre de sabor cubano tendrá un significado mítico durante los tres años de gobierno de Allende. La impresionante propiedad, que cuenta con una piscina redonda, pertenece a Lina Contreras Bell de Burchard, hermana de la Payita, y había sido adquirida por su primer marido, el ingeniero comercial, gerente general de la Compañía de Aceros del Pacífico y mecenas de las artes Flavián Levine Bowden, buen amigo de Neruda. La Payita emigra con sus hijos Enrique y Max a Cañaveral, donde se instalan varias construcciones prefabricadas para el GAP. En el piso superior de la casa, un dormitorio amplio y una sala se convierten en apartamento privado donde el Presidente puede descansar y trabajar tranquilo. La Payita instala su dormitorio en la planta baja. Isabel, la hija de Miria, permanece con su padre Enrique Ropert en la casa de Jorge Isaacs. La separación del matrimonio Ropert Contreras parece haberse consumado. Un año más tarde, en escritura de 11 de noviembre de 1971, Miria aparecerá comprando Cañaveral a su hermana, representada por su hijo Flavio Levine Contreras, por 350.000 escudos al contado. Algo en que todos coinciden, incluidos los jefes del GAP, es que al fondo de la quebrada, adosado a un murallón y con acceso a un solo camino, Cañaveral constituye un lugar sumamente discreto pero sin escape en caso de un ataque militar.

Cuando las casas de Tomás Moro y Cañaveral quedan instaladas, la vida del Presidente pasa a oscilar entre dos ambientes: el de la Primera Dama Hortensia Bussi y el de la favorita Miria Contreras. El GAP se adapta a la situación y sus eximios choferes llevan al Presidente con el acelerador a fondo en quince minutos de una casa a otra. La infidelidad ha sido parte consustancial de la vida del parlamentario y candidato Salvador Allende, que al margen del matrimonio suele recalar donde mujeres, encontrarse con ellas en sus viajes, llevarlas a Bueras o a casas prestadas por amigos… Pero con el ascenso a la Presidencia, Salvador Allende despliega las alas hacia una dimensión superior. El Presidente se instala en una bipolaridad audaz, rayana en la bigamia, que inevitablemente adquiere carácter semi-institucional. Por rumores y luego por las publicaciones de la prensa opositora, el país se entera de que la vida de su nuevo Presidente transcurre en dos ámbitos, que tiene dos residencias y en cada una de ellas una mujer. La relación con la Payita es intensa cuando visita en su catre de inválido a Félix Huerta, joven eleno paralizado a raíz de un accidente de entrenamiento militar, el Presidente llega en compañía de la Payita: “Te voy a presentar a una de las mujeres que más he amado”, le dice.

Gloria Gaitán, la colombiana que logró desplazar a Payita

El país pasa de una crisis a otra y el país no puede prescindir de la compañía de Gloria Gaitán. A la hora en que han terminado los avatares del día, la manda a buscar con un vehículo del GAP para que venga a Tomás Moro, siempre que el terreno esté despejado. Un impedimento puede ser la presencia de Beatriz, que a veces llega con su marido tras un aviso telefónico. En ese caso, el Presidente y Luis juegan ajedrez como en los tiempos en que Salvador Allende visitaba Cuba. La aversión de Beatriz a la Gaitán es visceral y el Presidente evita que se encuentren. Carmen Paz se mueve en otra órbita. Isabel, a quien las infidelidades de su padre siempre han dolido, no se entera de la existencia de Gloria o hace como si no supiera.

Cuando invita a Gloria a Tomás Moro por las noches, el Presidente la recibe en el sector de la plata baja, donde “gobierna” sin trabas a esa hora. Gloria explica a esa madre: “Cuando hay un día de tensión me llama siempre para que me vaya para su casa y nos sentamos los dos solos al pie de la chimenea de su cuarto a hablar. A veces hablamos de política pero mucho menos que de cualquier otra cosa. (…) Al llegar la noche queremos cambiar, descansar. Nos tomamos un whisky, hacemos chistes y habríamos jugado al ajedrez si yo hubiera sabido porque a él le gusta mucho”.

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Salvador Allende : Biografía sentimental
Autor: Eduardo Labarca

Año edición: 2007
Editorial: Catalonia

ISBN: 978-956-8303-68-6
Páginas: 428
Dimensión: 17 X 24
Peso: 833.00 grs.

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