En mi colegio todos querían a Zurita. Fue el primer borracho que conocí. Iba en séptimo básico y ya su pequeño cuerpo era en un 80 por ciento Roncola. Compañero de curso en el Camilo Ortúzar Montt, de la congregación Salesiana, era alabado por los devotos ya que consumía en exceso “la sangre de cristo”, hecho que lo acercaba tanto al señor en las alturas, como al “señor de la noche”. Era un niño ebrio y eso lo hacía admirado en todo el Conosur, debido a su capacidad casi bíblica de transformar una caja de jugo de uva en vino, tras dejarla largas horas al sol. Los profesores adoraban ver como tiernamente, a sus 13 añitos, entraba a enfermería haciéndose el golpeado, sólo para robar alcohol de los estantes. Era un adelantado, un pionero. Hoy, a los 18, tiene el “Museo Nacional Del Pellet” en su hígado, y por su alto grado de inflamabilidad, es considerado por la ONU como arma de destrucción masiva. A pesar de su prematura decadencia, nos dio una gran lección: El alcohol une a los pueblos. Nunca aquel curso estuvo mas cohesionado, que con los vómitos del Zura.

La gente de mi edad lo tiene mas que claro: Beber es un acto de integración nacional que debería ser aplaudido e imitado por la clase política. Hay resultados concretos que lo avalan. Los sueldos siguen desiguales, pero la borrachera femenina a crecido tanto en esta generación que la cirrosis entre hombre y mujer ya se ha equiparado.
Pero esta revolución, también se relaciona a la unión generacional. El abuelo, la tía, los papis y sus hijos, olvidan sus diferencias (y posiblemente sus nombres) y se unen en torno a un amigo común: el alcoholismo. Aún recuerdo la historia de una chica que contaba alegremente y borracha una vieja tradición familiar: todos debían tomarse un vaso de coñac al seco, al oír el numero 23. Podían estar escuchando la noticia sobre 23.000 muertos en la franja de Gaza y verse obligados a brindar en conjunto. Así es como las dispares edades convergían en el amor a olvidar los reales problemas de la gente.

A pesar de esta transversalidad, los nuestros están adelantados. De chicos teníamos amiguitos en el jardín que traían Vodka de colación, por lo que estar borrachos se transformó en el status quo. Para mi generación la fiesta dejo de ser “ir a tomar”. Eso es sólo parte de la preparación que consiste en bañarse, masturbarse y borrarse. Luego de eso, uno se dirige al malón de turno. No tiene sentido ir a un evento social que luego tendrás que recordar. De hecho, debería ser requisito en los bautizos, navidades y fiestas de guardar, no pasar el Alcotest. Incluso, eventos políticos importantes, como el cambio de mando, deberían ponerse a tono. Los políticos llegarían borrados y nadie recordaría quien entró y quien salió del poder. Y a nadie le importaría, total, todo se definiría en un concurso poleras mojadas.

Aun así, yo decidí no beber en exceso. Nunca me agradó el sabor del trago, por lo mismo no tengo mucha resistencia y caigo en coma etílico con solo escuchar la palabra “Cabernet”. Debido a esto, tengo recuerdos alcoholicosescolares memorables. Como Teletonescos eventos, durante las tomas del 2006, que no eran para ayudar lisiados, si no para crear nuevos, comprando Ron a estudiantes ya borrados que corrían por los techos. O pichangas de barrio entre alumnos y sus profesores, donde ambos clubes, estaban ciegos a causa del gin. Todo esto, tan lejano a esos pésimos comerciales de Escudo, donde se usa el doble sentido en niños cuicos, para decir algo como: “buena zorro, acabo de violarme una anciana que le falta un brazo…!Escudo!”. Una falta de respeto, que tan solo podría ser gritada por alguien como Zurita, el hombre que me demostró que la única forma de unir al país, es ver a Chile como una larga y angosta barra de cantina.