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Es un hecho conocido que no juzgamos igual los errores de los demás y los propios, que vemos muy bien la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio. Sufrimos de una gran cantidad de sesgos cognitivos que distorsionan nuestra visión del mundo y de nosotros mismos. Hay varias páginas en Internet donde se recopilan, incluida una de Wikipedia, y Daniel Kahneman ha recogido un buen montón de ellos en su libro Pensar rápido, Pensar despacio. Pero es que además somos ciegos a nuestros propios sesgos, y muchas veces no sirve de nada que nos los expliquen, porque seguiremos pensando lo mismo.

A esta asimetría los psicólogos le llaman Bias Blind Spot. Explicamos a alguien, por ejemplo, la ilusión de superioridad, ese sesgo por el que la mayoría pensamos que somos mejores que la media conduciendo, o haciendo lo que sea, y la gente lo entiende. Luego les preguntamos hasta qué punto ellos están sesgados y la mayoría de la gente dice que eso a ellos no les pasa. Es muy curioso: una cosa que es de aplicación a todos los seres humanos sencillamente pensamos que a nosotros no nos afecta…¡ y nos quedamos tan panchos!

Vamos a poner un ejemplo de este tipo de fenómenos. Pongamos que yo soy un gran bebedor de té y que llevo más de 20 años bebiendo té. Por otra parte, vengo de una familia de grandes bebedores de té, y además soy el gerente de una empresa familiar de té (Té Verde International). Un observador imparcial reconocería inmediatamente que yo tengo tres razones para creer que el té es muy saludable, pero que ninguna de esas tres razones tiene nada que ver con la realidad de si el té es saludable o no. La primera razón es que yo mismo llevo décadas bebiendo té y me resistiría a creer que no me ha servido de nada, o que incluso es perjudicial. En segundo lugar como vengo de una larga tradición de bebedores de té si cuestiono esa creencia me podría crear problemas en mis relaciones sociales y familiares. Por último, mis alubias dependen de la creencia en que el té es saludable. Es decir, que tengo poderosas razones sociales, psicológicas y prácticas para creer que el té es saludable. Sin embargo, yo no puedo aceptar que mi creencia en que el té es saludable tenga nada que ver con ello, si me preguntan lo más probable es que diga que mi convicción se basa en los hechos, en que es verdad que el té es saludable.

Pero si el gerente de una empresa de té es otra persona, entonces yo no tengo ningún problema para juzgar que sus creencias se basan en un interés personal. Nuestra ceguera sólo se aplica a nuestros propios motivos, no a los de los demás. En otras palabras, si queremos desacreditar una creencia argumentaremos que es ventajosa y si la queremos defender diremos que es cierta, que se basa en hechos. Algunos plantean que nosotros sólo podemos ver nuestra propia mente y no la de los demás y que eso da lugar a una asimetría metodológica: sacamos conclusiones acerca de los sesgos de los demás basándonos en las apariencias externas -en si sus creencias sirven a sus intereses- mientras que sacamos conclusiones acerca de nuestros sesgos basándonos en la introspección. Como mucho, podríamos reconocer la existencia de algunos factores que podrían haber sesgado nuestro juicio pero concluiremos que no, que no lo hicieron. Tampoco sorprende que este método de valorar los sesgos sólo lo aceptamos para nosotros mismos y para nadie más. Es decir, que no nos quedamos tranquilos ni creemos a la persona que nos dice que ha mirado en su interior, en su mente y en su corazón y ha concluido que ha sido justo y objetivo (con los demás no somos tan indulgentes).

O sea, que miramos en nuestro corazón y vemos objetividad, miramos en nuestra mente y vemos racionalidad y miramos a nuestras creencias y vemos la realidad. Pero este fenómeno tiene una serie de consecuencias, entre ellas las tres suposiciones sobre el error que vamos a comentar a continuación.

La primera es la Suposición de la Ignorancia. Dado que pensamos que nuestras creencias se basan en hechos concluimos que la gente que no está de acuerdo con nosotros simplemente no ha sido expuesta a la información adecuada, y que si les exponemos a ella, automáticamente, se van a pasar a nuestro bando. Esta suposición está extraordinariamente extendida, los religiosos evangelistas, los activistas políticos, y los Gobiernos, por citar sólo algunos, tienen la convicción de que puedes cambiar las creencias de la gente educándoles sobre los asuntos que sea. Pero esta suposición es muy ingenua. La ignorancia no es, la mayoría de las veces, un vacío que hay que rellenar sino un muro mantenido activamente, la mayoría de las veces por mecanismos inconscientes (hablo del nuevo inconsciente, no del de Freud). También podría ser que, una vez examinados los hechos, contradigan nuestras creencias , no las del adversario, o que los hechos sean los suficientemente ambiguos para admitir múltiples interpretaciones. Pero ignoramos esas otras posibilidades. Cuando otra gente rechaza nuestras creencias es que les falta buena información. Cuando nosotros rechazamos sus creencias, por supuesto, es en base a buena información y a un buen juicio.

Cuando la Suposición de Ignorancia nos falla, y la gente de forma cabezona mantiene sus desacuerdos con nosotros después de que les hemos iluminado e ilustrado sobre el tema, pasamos a aplicar la Suposición de la Idiotez. Concedemos que nuestro oponente conoce los hecho pero no tiene cerebro para comprenderlos. Kathryn Schulz en su libro Being Wrong cuenta el caso de una abogada de izquierdas, criada en un ambiente progresista y educada en una escuela liberal, que al final acudió a la Facultad de Derecho de Yale y que entonces se encontró con gente que no estaba de acuerdo con ella y, sin embargo, eran increíblemente inteligentes. Le contaba a Kathryn que , aunque parezca ridículo, no fue hasta entonces que se dio cuenta de que los conservadores podían ser inteligentes. Pero, evidentemente, esto nos pasa a todos…piensa en las veces en que todos pensamos: ¿“pero qué tipo de idiota podría creerse…”?

Y cuando vemos que no es un problema de ignorancia, ni de inteligencia, entonces pasamos a la tercera suposición: La Suposición de la Maldad. Nuestros oponentes no son ignorantes ni tontos, pero han vuelto la espalda deliberadamente a la verdad, son malos. Esta suposición tiene una vieja relación con la religión. Pero es muy común en el mundo de la política. Tendemos a confundir nuestros modelos de la realidad con la realidad misma. De hecho, de los que no piensan como nosotros decimos que no están en el mundo real, cuando lo que queremos decir es que no habitan nuestro modelo del mundo, que no comparten nuestra visión de cómo son las cosas. Pero, al errar en ver el mundo como lo vemos nosotros, están en realidad minando su realidad y amenazándolo con su destrucción. Y nosotros, lógicamente, suponemos la misma amenaza para ellos. Implícita o explícitamente, estamos negando que ellos posean las mismas facultades intelectuales y morales que nosotros tenemos y negando el valor y el significado de sus experiencias de la vida. No se nos oculta el peligro potencial de esta última suposición y el riesgo de violencia que puede engendrar. Si los adversarios son unos depravados y unos malvados, caemos en una cuesta resbaladiza que nos puede llevar a excluirlos de nuestro círculo moral y, por lo tanto, a no aplicarles los mismos derechos que aplicamos a los miembros de nuestro grupo: a los que piensan como nosotros.

Tenemos una tendencia a tomar nuestras historias por infalibles, y a desacreditar a los que no están de acuerdo con nosotros como malvados o ignorantes. Estas tendencias alimentan el conflicto: los que no piensan como nosotros son peligrosos y hay que silenciarlos, porque pueden destruir nuestro mundo. Estas suposiciones son, por lo tanto, muy peligrosas, porque nos hacen muy difícil aceptar nuestra capacidad de equivocarnos. Si asumimos que los que están equivocados son ignorantes, idiotas o malos, no tenemos que confrontar la posibilidad de que los que estemos equivocados seamos nosotros mismos.