No muchas ciudades pueden darse el lujo de sonar nítidamente, de tener como una banda sonora que queda incrustada en sus veredas, en sus calles, en sus edificios. Buenos Aires, por ejemplo, suena a
Gardel, a Astor Piazzola, a Charly García. Rio de Janeiro suena a Vinicius de Moraes, a Tom Jobim, a Funk Carioca.

Ciudad de México y Agustín Lara son una cosa indisoluble, se cantan mutuamente, lo mismo pasa con Montevideo y Zitarrosa. Santiago (y esto lo decimos fuera de todo ánimo chaquetoso), en su condición de ciudad transformer (en permanente transformación), no deja nunca demasiado claro su sonido, su soundtrack (cuando la nueva canción chilena se instala, la ciudad la desconoce y cambia de rumbo).

Nueva York es sin duda el clarinete con el que parte “Rhapsody in Blue” de George Gershwin (el mismo que usa al comienzo de “Manhattan”, Woody Allen), es el jazz de Thelonius Monk, y es también
la guitarra, la voz, las canciones e historias de Lou Reed, y como no, si para este extraordinario músico y poeta, fundador de The Velvet Underground, New York es, dijo, “casi como mi ADN, están
mis padres y está New York”.

Ambos, Reed y New York se cobijaron, se dieron espacio, se hicieron cariño y se pelearon, se retroalimentaron y de ahí salió eso que algunos llamaron vanguardia, experimentación, art rock o simplemente rock y lo de “art” pa’ la casa. Su muerte reciente, la de Reed, es un asunto importante en materia de canciones, una pérdida fundamental para la música de los últimos cincuenta años, para el rock and roll, para su configuración, su desarrollo y sus mutaciones.

Esa línea peligrosa en la que deambulaban sus melodías, más habladas que cantadas, o cantadas al filo del susurro, de la desafinación incluso, como si se tratara de un amigo que nos cuenta un secreto oscuro, quedarán en nuestros oídos para siempre y nos darán mucho en qué pensar (y escuchar) cuando de hacer canciones, de usar las palabras para contar historias acompañadas de algún
instrumentos, se trata.

Inolvidable será su trabajo con John Cale y Nico, duplas llenas de sutilezas, de misterios, de entrelíneas, sumamente originales; solo basta escuchar “The Velvet Underground & Nico” para darse
cuenta (un disco que pasó de fracaso comercial a música capital). Pero sobre todo, aprenderemos de Reed que las canciones son poderosas y que son un modo de chantarse en el mundo, de vivirlo,
de recorrerlo y mirarlo. Dicen que simpático no era, no lo sé, no tuve el gusto de conocerlo, más bien seco e irónico a la hora de responder a entrevistas o hacer comentarios (nadie dijo que por contribuir al camino que la música fue tomando durante estas décadas tenía que serlo).

La vida es con muerte incluida y para todos por igual, incluso para aquellos que como él, nos acompañaron siempre y que, pensábamos, en un arranque de inconsciencia, de buenos deseos y de irrealidad, seguirían vivos al menos hasta nuestra propia parada de chala, algo del tipo: siempre estuvo, siempre estará. Quizás la virtud más grande de la música sea esa, a través de ella siempre estuvo y siempre estará, como la ciudad con la que se mimetizó, Lou York.