Tras ocho meses de fatigas y peligros, el 6 de marzo de 1824 llegaba a Santiago la primera misión diplomática del Vaticano a Hispanoamérica tras la Revolución de la Independencia. Venían en la comisión el vicario apostólico Monseñor Juan Muzi, el sacerdote José Sallusti y el joven canónigo Juan Mastai, futuro Papa Pío IX. Los acompañaba el enviado chileno ante la Santa Sede, el canónigo José Ignacio Cienfuegos.

La comitiva venía a restablecer las relaciones entre el Papa, el gobierno y la Iglesia de Chile tras el quiebre producido por la revolución independentista. Esta misión pontificia había sido gestionada por Bernardo O´Higgins, pero al llegar a Chile don Bernardo ya no estaba en el poder y el nuevo gobierno, encabezado por Ramón Freire, no veía con buenos ojos la intromisión del Vaticano en los asuntos de la Iglesia local. Por estos motivos las nuevas autoridades chilenas habían escrito a Cienfuegos para que abortara la misión. Desafortunadamente, la carta con la suspensión de la visita llegó a Roma cuando la misión vaticana ya se embarcaba hacia Chile.

A pesar de estos reparos, la comitiva fue recibida con gran pompa. Alojados en el palacio de gobierno, encajaron los monumentales atracones que entonces acostumbraba la hospitalidad chilena. Según relata el padre Sallusti, en el banquete oficial “Cerca de doscientos platos, ricamente adornados, cubrían en doble fila toda la extensión de la mesa… Los vinos todos eran extranjeros de los más exquisitos que produce nuestra Europa. Una profusión de dulces, preparados con delicadeza de gusto, sorbetes de toda especie, variedades de helados y las más sabrosas frutas de aquella deliciosa parte del mundo nuevo…”

El futuro Papa consideró el vino chileno muy pesado y comparó las acequias del humilde Santiago con las de Florencia. Se sorprendió con la abundancia de sujetos con malos dientes y dolor de muelas, elogió los campos, deploró que caballos, bueyes y perros fueran más feos que en Europa y ponderó la mucha habilidad de las mujeres chilenas para hacer dulces de cualquier cosa, incluso de tomates.

Pero las cortesías y los placeres gastronómicos no pudieron ocultar las profundas diferencias entre el jefe de la delegación, el vicario Muzi, y el general Freire. Una primera y fundamental fue el nombramiento de los obispos. El gobierno asumía como propia la continuidad del patronato del rey de España para nombrar a los obispos locales. El Vaticano no lo aceptaba, reservándose el derecho a nombrarlos por orden del Papa.

Estas pugnas eran el reflejo de la oposición entre monárquicos y republicanos chilenos. Los primeros se veían representados por el obispo de Santiago, monseñor José Santiago Rodríguez Zorrilla y por el Senado, corporación de talante conservadora emanada de la Constitución de 1823, conocida como la “Constitución Moralista”. El bando liberal se sustentaba en el gobierno de Ramón Freire y en la mayoría de la opinión pública. La reacción monárquica que campeaba en Europa, la restitución en el trono de España de Fernando VII, las derrotas del bando patriota en la campaña libertadora del Perú y el fracaso de la expedición del general Freire a Chiloé habían entusiasmado a los realistas locales. Imaginaban cercano el triunfo de las armas del rey y la restitución del antiguo régimen. La llegada de la misión papal vino a reforzar estas ideas reaccionarias. Fue natural entonces que el nuncio Muzzi y el obispo Rodríguez se hicieran grandes amigos y aliados.

El común del pueblo poco entendía de estas negociaciones y veía al enviado papal como una suerte de emisario de Dios en la tierra chilena. Esa fascinación se vio moderada y después, francamente defraudada, debido a ciertas prácticas bien poco apostólicas. A pesar de que los pasajes, alojamiento y manutención eran cancelados por el gobierno, la comitiva papal halló poco el estipendio gubernamental e hizo pingües negocios. Apenas instalado, el vicario apostólico se lanzó a expedir breves de secularización y bulas eclesiásticas, conmutó la obligación de decir misas que ya estaban pagadas, hizo concesiones para establecer oratorios particulares, exoneró a individuos o a familias completas de la obligación del ayuno o de no comer carnes y pescados en cuaresma, todo ello pagado en onzas de oro de tarifa variable según los recursos del solicitante. Y para redondear el negocio remató la bendición de bustos, estampas, rosarios, escapularios, depósitos de agua bendita y muchos otros objetos y baratijas, más el expendio de supuestas reliquias sagradas.

Fue célebre en este giro de imaginería milagrera mercantil el arribo a Chile de un buque, rechazado previamente en Buenos Aires, con un desbordante cargamento de imágenes de Santa Polonia, patrona de los odontólogos.
Este desenfadado comercio provocó ataques de la prensa y manifestaciones en las puertas del alojamiento de los enviados papales. Incluso un chiflado o caradura penetró en la casa afirmando que era San Mateo y fustigó a los visitantes por haber venido a Chile sin pedirle permiso. Pero nada se comparó con la exhibición, en el teatro de Santiago, de la obra “El Falso Nuncio del Portugal” en la cual el actor uruguayo Morante, entonces y por mucho tiempo el predilecto del público capitalino, hacía el papel de nuncio pillo, vestido con hábito cardenalicio, repartiendo bendiciones acompañado por un numeroso séquito de eclesiásticos de todas las jerarquías. Por si a alguien le quedaba duda de la caricatura, el actor aparecía con un ojo cubierto para semejar al vicario apostólico, que era tuerto.

LIQUIDACIÓN DE BENDICIONES

Fuera de comedias, el gobierno de Freire y el nuncio Muzzi se enfrascaron en una dura pugna por nombrar al nuevo obispo de Santiago. El nuncio porfiaba en mantener en el puesto al ya achacoso monseñor Rodríguez, ferviente realista. Freire quería jubilarlo y poner en su lugar al canónigo Cienfuegos, cura de confianza y partidario convencido de la causa patriota. Como ninguno quería ceder, asomó como nombre de consenso el del joven canónigo Juan Mastai, miembro de la comitiva y futuro Papa Pío IX.

Estando en esos afanes vino a estallar un movimiento político revolucionario. Las negociaciones se congelaron. De haber prosperado, quizás la historia eclesiástica mundial habría cambiado dramáticamente. Mastai no habría sido el Papa Pío IX, sino el nuncio en Chile y la tumultuosa y bohemia calle de Bellavista ostentaría un nombre menos piadoso, más acorde con sus estudiantes en escabeche, turistas en plan lúbrico y borrachos pendencieros. El motivo de esta revuelta fue el duro corsé de la Constitución moralista, que pretendía regir la conducta moral de los chilenos por ley. Nuestros compatriotas, exasperados por una Carta Fundamental autoritaria, intrusa y catete, exigían su derogación. El Senado, grupos conservadores y la Iglesia católica la defendían. Este tira y afloja, que obstruía el normal despacho de los asuntos de gobierno se hizo tan insostenible, que en julio de 1824 Freire, cabreado con el infranqueable muro institucional, entregó su renuncia.

Era ésta una hábil maniobra para presionar al Senado. Si no se anulaba la Constitución moralista, él no seguiría ostentando un mandato enojoso y frustrante, casi espurio. El Senado se asustó y le negó la renuncia. Freire se dejó querer e insistió en su abandono, deslizando sus condiciones en una carta de respuesta que decía: “Mis más ardientes deseos han sido siempre la felicidad y prosperidad de la patria por medio de instituciones liberales. Si ellas no existen, yo no quiero mandar”. El tenso tironeo entre Freire y el Senado provocó la salida del pueblo santiaguino a las calles. Repleta la plaza de armas, la multitud gritaba vivas a Freire y abajo la Constitución. Los manifestantes se tomaron la municipalidad y la gobernación, exigiendo la suspensión inmediata de la Constitución y que Freire, investido como Director Supremo con las más amplias facultades, remplazara la odiosa Carta por otra más liberal, práctica y republicana. Freire, que en esos momentos negociaba con el Senado, aceptó sin vacilar el mando que le ofrecía esta comisión popular. Casi de inmediato se escucharon salvas de artillería, bandas de música y algarabía callejera.

El Senado suspendió sus sesiones y Freire quedó en libertad de acción. La Constitución moralista fue abolida y se comenzó a trabajar en una nueva Carta. Entre las primeras medidas tomadas tras estos sucesos, se declaró la libertad de prensa, prohibida por la anterior legislación.

Este cambio de régimen fue visto por el vicario apostólico con el mayor recelo y el decreto que restableció la libertad de prensa, como un ataque directo a la Iglesia. Pero eso no fue todo. Aprovechando el impulso, Freire se pegó el salto y el 2 de agosto decretaba la expulsión del obispo Rodríguez de su cargo episcopal. El nuncio quiso defender a Rodríguez, pero el enorme apoyo popular y político de Freire lo impidieron. El golpe definitivo se produjo dos semanas después, luego que el gobierno interviniera y requisara los bienes de las órdenes religiosas en Chile, entonces en un deplorable estado de desorden y decadencia. Al día siguiente el enviado papal pidió sus pasaportes al gobierno.
La intempestiva salida de la misión vaticana provocó que el pueblo, como si fuera una liquidación de temporada, acudiera en masa por las últimas bendiciones y reliquias. Fue tal la aglomeración que hubo desmayos y “niños ahogados de sofocación”. El nuncio papal no dio abasto y un secretario chileno de apellido Romero, apelando a la picardía criolla, metió las estampas y baratijas a una pieza y luego los devolvió como ya benditas, comentando con sorna que “esos santos hacían los mismos milagros que los que había bendecido el señor nuncio”.

A pesar del desprestigio y los nulos resultados de la misión papal, el canónigo Mastai y futuro Papa Pío IX dejó buen recuerdo de bondad y gentileza. Pensó seriamente en irse como misionero a la Araucanía y no pocos creyeron que podría haber sido nombrado obispo de Santiago. Finalmente, los enviados papales salieron de Valparaíso el 30 de octubre de 1824. Pasaron los años, el joven cura fue elegido Papa en junio de 1846 con el nombre de Pío IX y su pontificado fue el más largo desde el mismísimo San Pedro. Cuentan que cuando era visitado en Roma por algún chileno, hacía felices recuerdos de Chile, preguntaba por amigos y conocidos y hacía el elogio de los alfajores, los que había dispuesto se prepararan en Roma para las festividades de la Inmaculada Concepción. Y como intempestivo homenaje a la cocina criolla, el Papa Pío IX se lanzó esta genial bendición para el pueblo chileno “Beati chilensis qui manducant charquicanem”, esto es, “benditos los chilenos que comen charquicán”.