EL PARTIDO

No pocas confusiones se han producido entre el PC (computadores) y el PC (partido comunista). En una municipalidad de no sé dónde, me contaba un amigo, alguien de la jerarquía edilicia propuso traer los PC para resolver un asunto administrativo, y los que recibieron la orden fueron a buscar a los compañeros del partido de la comuna y no los computadores que era lo que correspondía. Era una época mala para el partido, corrían los aburridos ‘90 o los comienzos del 2000. Era un país idiotizado, entregado al burdo neoliberalismo, arrastrado por una Concertación entreguista. Y ese PC, con la Gladys a la cabeza persistía, un poco al margen, sobreviviendo angustiosamente, pero con mucha dignidad.

Me encanta el Partido Comunista, tengo una obsesión con esa organización política. Hay un Chile fascinante en su interior y también un Chile raro, que protocoliza una ideología eucarística o eventista. Han tenido pésimos momentos, como cuando la dictadura les asesinó varios comités centrales. Debe ser de los pocos que aún existe en el mundo, en un registro inconfundiblemente chilensis. Yo creo que el PC es una identidad local fundamental, así como lo es la oligarquía vinosa o el radicalismo gastronómico. No me interesa hablar del partido en términos histórico políticos, hay libros muy buenos que han tocado el tema, como el texto de Sergio Grez, alejado del dogma institucional. A mí me interesa la subjetividad PC, ese modelo de personalidad que caló hondo en la cultura obrera y popular, y que montó las bases de la cultura artística de nuestra modernidad estética de la segunda mitad del siglo veinte. También es un registro de la arrogancia de la clase que tenía el imperativo de la dignidad o de exhibir una soberbia que debía contrarrestar a la cultura oligarca, y también emularla, y que tomaba distancia del servilismo de los sectores populares desclasados.

Ellos son capaces de producir su propia jerarquía social, sus mitos y sus héroes, además de una retórica particular y una profética canónica. Es el único sector o sensibilidad de la izquierda que tiene proyecto de victoria para diferenciarlo de otros grupos, a los que uno estúpidamente ha pertenecido, que sólo funcionan con consignas levemente programáticas o con deseos adolescentarios de autoafirmatividad, como los anarcos o la izquierda pequeño burguesa bien pensante e ilustrada, que no quiere gobernar, porque en su fuero interno asume el statu quo, y que sólo quiere administrar un bolichito que le dé visibilidad escénica en la farándula política y que le sirva de espejo narcisista.

NIÑAS LINDAS

Hace rato que quiero escribir una novela sobre el partido. Me encanta el tema de las mujeres del partido y de los viejos que administran una memoria inquietante al respecto. Tengo la tesis de que como parte de la producción de cuadros ejemplares o militantes paradigmáticos, estaba el personaje femenino, la compañera abnegada. Mujeres como Camila Vallejo o Karol Cariola, son una producción especial de militancia, receteadas según un código de visibilidad escénico y copamiento de los frentes de masas, y su presencia clave en el parlamento. Sobre todo ahora que el PC ingresa en gloria y majestad en ese teatro de la gran política. Ojo, hay que recordar que todo esto corresponde a apuntes de trabajo, en todo esto hay mucho equívoco y nada de objetividad, para no ocupar la palabra subjetividad que la tengo pegada en el paladar.

Alguna vez leí un libro de Fernando Sáez sobre la Hormiguita, ahí hay un capítulo sobre la separación con Neruda cuando éste se involucra con la Matilde. El partido se conflictuó a nivel de comité central, incluso debió intervenir el mismísimo secretario general de la época, Galo González, si mal no recuerdo. Y hubo más de algún damnificado, porque algunos cerraron filas con Delia del Carril, entre ellos el mismísimo Tomás Lago. Un tema que me encantaría trabajar es la historia de la Raquel Weitzman, la mujer de Volodia, que podría haber sido (o fue, guardando las diferencias epocales) una especie de Camila Vallejo de esa generación de los años cuarenta-cincuenta. He escuchado que era bellísima y una gran militante (además de poeta), y sobre todo muy disciplinada, lo que queda corroborado cuando tiene la aventura amorosa con Álvaro Bunster y debe tomar distancia del partido y de su hijo.

Hay varios tipos femeninos interesantes, como la Violeta Parra, que en la época en que yo nací vivía en Concepción, contratada por la Universidad de Concepción, mi viejo trabajaba en mantención en dicha universidad. Hay un relato familiar que cuenta que la folclorista le quemó el colchón a un amante (toda una performance), que era un pintor amigo de mis viejos. Obviamente, estos datos hay que distanciarlos del mero cahuín o sotto voce de la historia política y ponerlos en remojo crítico.

La Gladys, más política, algo tuvo de Camila Vallejo, también, combinaba atractivo con capacidad política. Estas mujeres ya no son botín de guerra como en la época machista, pero no dejan de estar marcadas por las ganas que tiene el mercado de reducirlas a algo manipulable. En todo caso, a nivel personal, no puedo dejar de acordarme de esas jotosas con camisas amaranto (o concho e’ vino) que eran nuestro objeto del deseo, cual adolescentes pequeño burgueses. Yo pololeé con una de ellas, pero debo reconocer que no estuve a la altura de las circunstancias, eran mucho mejor diseñadas que uno (en esa época se decía que la gente era madura). Vaya mi homenaje a la brevedad de ese amor (im)posible.