La familia Matondi González es de Pontevedra, Galicia. Llevaban tres cuotas de la hipoteca sin pagar. A la cuarta, el banco comenzaría los trámites del desalojo. Perder la casa parecía inevitable. Walter y su familia tienen ingresos de 426 euros mensuales (casi 290 mil pesos chilenos). Con dos hijos menores de edad no les alcanzaba para llegar a fin de mes.

Entonces se pusieron en contacto con Doafund. Subieron un anuncio en el que Adriana, la madre, explicaba su situación y pedían ayuda: “agradecería un granito de arena a todo el que pueda colaborar en mi situación. No tenemos agua caliente y no recibimos ningún tipo de ayuda del Estado”. Pedían 245 euros. La respuesta fue casi instantánea. En menos de 24 horas habían alcanzado la cifra y así, por el momento, han evitado quedarse en la calle.

Nacho Gradín tiene 45 años, cuatro hijos y uno de ellos tiene parálisis cerebral. Lleva 5 años “en paro” (cesante) y fue de las primeras víctimas que sufrieron en carne propia el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Viven con el sueldo de su mujer que gana poco más de 400 euros al mes y sus ingresos totales no llegan a los 800 euros. Su hipoteca es de 475. Pidieron ayuda a través de la plataforma Doafund y hasta el momento han podido salir del paso.

La familia Nieto es de Zamora. Tienen dos niñas pequeñas y una de ellas es celiaca, por lo que su dieta se encarece considerablemente. Sus ingresos apenas superan los 600 euros ($400.000) y deben varias facturas. “Comemos gracias a la Cruz Roja y Caritas, que nos ayudan”, pero la cosa es que no podemos más”, dicen en su anuncio en la web. En su caso son más de diez los patrocinadores que vienen ayudándolos.

Algo similar ocurre con la familia Santana Henríquez de Las Palmas. “Desde enero de 2010 hasta hoy he trabajado 45 días en dos empresas distintas; mi mujer lleva 4 años sin trabajar”, cuenta Andrés en su anuncio. Gracias a la plataforma Doafund han podido conseguir los 431 euros mensuales que solicitaban en la web.

Doafund (www.doafund.com) es una plataforma que pone en contacto a familias con dificultades económicas, que no pueden hacer frente a sus hipotecas, para que terceros, familias o empresas, puedan ayudarlos por medio de patrocinios sociales. El hoy famoso “crowdfunding” -que en español significaría algo así como financiación en masa o colectiva- es aplicado a evitar la exclusión social. En otras palabras: donaciones vía internet.

El origen del crowdfunding en España podría remontarse a 1989, cuando el grupo Extremoduro financió una gira por Madrid con el aporte de sus seguidores. De esta manera pudieron grabar su primer disco, “Rock Transgresivo”. Hasta el momento, el crowdfunding ha estado vinculado a objetivos de carácter artísticos y culturales. Sitios como Lanzanos.com ponen en vitrina e incentivan proyectos de todo tipo: desde revistas literarias gratuitas para distribuir en el metro (pronto saldrá una en Madrid), obras de teatro, exhumaciones de cadáveres, y un largo etcétera.

Pero desde febrero de este año, Doafund se ha convertido en la primera plataforma crowdfunding con una clara intención social: ayudar a las familias con problemas hipotecarios.

Su fundador, Fernando Sierra, empezó a cocinar esta idea en marzo de 2012. “Surgió como una necesidad, al ver que en todos los canales de televisión y medios impresos se hablaba siempre de lo mismo”, dice sentado en su oficina en Galicia. “Cuando investigué y quise ver de qué manera se podía ayudar a estas familias, no encontré ninguna forma viable. Así que decidimos montar Doafund”.

La plataforma web lleva diez meses y hasta el momento ha ayudado a quince familias. Por ahora Doafund está enfocada exclusivamente a familias que tengan una hipoteca a la que no puedan hacer frente. En las últimas semanas han recibido más de 100 solicitudes. “Nos gustaría poder ayudar a familias con alquileres, pero por ahora estamos centrados en las familias hipotecadas, que corren el riesgo de ser desahuciadas”.

Junto con Fernando está Luis Jiménez, su socio. Ambos son un par de jóvenes, cercanos a los treinta años, emprendedores que venían del sector privado, pero con una sensibilidad especial, y comprometidos con la sociedad en la que viven. “Cuando les comentaba sobre el proyecto a mis amigos, me decían que por qué lo hacía, si yo tenía un buen trabajo y un buen sueldo, no lo podían entender al principio. Pero cuando pudimos evitar que la primera familia perdiera su casa, la alegría y la satisfacción que sentimos fue enorme”, cuenta Fernando. “Eso no tiene precio”.

El procedimiento es muy sencillo. Las familias que soliciten la ayuda deben llenar un formulario y enviar una serie de documentación para ser evaluada por el equipo de Doafund. “Esto lo que más tiempo nos toma”, dice Fernando, “comprobar que las familias que nos solicitan la ayuda no pueden hacer frente a la hipoteca realmente. Que cumplan con los requisitos”. Una vez aprobada, la petición se cuelga en la web. Cualquiera que quiera aportar algo, desde 5 euros, es bienvenido. “Hay gente que ha llegado a aportar 300 euros”, cuenta Fernando. Cuando las aportaciones vienen de particulares Doafund traslada el íntegro a la familia que solicitó la ayuda y ellos corren con los gastos de transacción. Cuando se trata de alguna empresa, Doafund se queda con un porcentaje de comisión, entre el 10 y el 15 por ciento. “El objetivo es que el proyecto sea rentable y consiga pagar los sueldos de la gente que trabaja en él, como cualquier otro proyecto social u ONG”, dice Fernando. “Si es rentable y da beneficios se reinvertiría en el propio proyecto”.

Un vez que las familias se han anunciado pidiendo ayuda, el patrocinador elige de manera directa a quienes quieren ayudar. “Lo que queremos es que la plataforma sea muy transparente. Toda aportación que se hace se registra en la web. Como hay gente que no quiere ser mencionada, lo que hacemos es que se pueden hacer aportaciones anónimas”.

La ayuda no es perenne, sino que va de 3 a 6 meses. De esta manera, “si una familia necesita 1500 euros para 5 meses de hipoteca, no se lo damos todo de golpe, sino que preferimos donaciones de 300 euros mensuales”, dice Fernando. “Ahora hemos empezado con los trabajos de inserción laboral para que las familias consigan empleo y puedan salir adelante ellos mismos, que es lo que todos quieren. Valerse por sí mismos”.

En estos diez meses que tiene Doafund, Fernando y Luis se han centrado en que el proyecto tome forma. “Que la gente vea que tiene sentido”. Ahora han empezado a incorporar empresas. “También pretendemos que los bancos se involucren con este proyecto porque al final ellos son parte del problema y lo idóneo sería que también sean parte de la solución”. La respuesta que vienen teniendo de la empresa privada ha sido, hasta el momento, positiva. “Normalmente son empresas que tienen una sensibilidad social especial, muchas de ellas nos han buscado proactivamente”.

Entre las empresas que se han comprometido seriamente con el proyecto están, entre otras, Vittalia, una joven compañía de Internet que hasta el momento ha aportado 1800 euros, o Coluvrs, una pequeñísima marca de camisetas hecha por amigos que lleva aportando 35 euros.

PLATAFORMA DE AFECTADOS

El caso de Isabel Campos, maestra gallega de 49 años, es el de una familia monoparental. Tiene cuatro hijos, dos de ellas menores de edad. Se divorció hace 5 años, pero su marido se ha desentendido del tema de la pensión. Hace un año está desempleada. En su momento el banco le tasó la casa donde vive en casi 350 mil euros, pero ahora le han dicho que vale la mitad. Su hipoteca asciende a 900 euros al mes, pero ella solo recibe una ayuda de 425. Hace cinco meses se puso en contacto con Fernando de Doafund y la Plataforma de Afectados por las Hipotecas para contarles su situación.

Solamente en Madrid se da una media de 57 embargos al día, y se estima que hay más de 300 en toda España. La PAH, Plataforma de Afectados por la Hipoteca de Madrid, recibe, todos los martes, a cientos de personas y familias que están a punto de ser echados de sus casa por impagos. “Pero los casos que atendemos, apenas suponen el 10 por ciento del total de embargos que se dan diariamente”, dice Irene Montero, voluntaria y activista de 24 años. Los rostros de angustia y desesperación entre los familiares son el común denominador en este tipo de reuniones.

España es el único país de Europa que no contempla la dación en pago de la vivienda para saldar la deuda. Esto quiere decir que el embargado, aparte de quedarse sin su vivienda, tiene que seguir pagando la deuda pendiente luego de la subasta. Desde que comenzó la crisis son los propios bancos los que adquieren la vivienda en subasta al 50 por ciento del valor. El resto es la deuda que perseguirá al embargado, en muchos casos, de por vida. A esto habría que añadirle los intereses. “No tiene sentido que alguien que ha perdido su casa y está sin empleo cargue con una deuda de esta magnitud”, manifiestan en la Plataforma. “Estamos luchando para que la dación en pago de la vivienda sea suficiente para saldar la deuda”. Otro de los objetivos es que se abra un parque de alquiler social con una renta que no supere el 30 por ciento de los ingresos familiares, para que las familias puedan seguir en sus respectivas viviendas. Se estima que son más de 700 mil departamentos vacíos que hay en toda España, donde, aproximadamente, se han realizado ya entre 300 mil y medio millón de desahucios desde que comenzó la crisis.

La Plataforma de Afectados por la Hipoteca, PAH, que comenzó en Barcelona, viene evitando desde 2009, junto con el movimiento 15-M, que las ejecuciones judiciales de desalojo se lleven a cabo. “Lo que estamos haciendo es hacer presión popular para evitar que no se vulnere el derecho a la vivienda”, dice Rafael Mayoral, abogado de la PAH de Madrid. “Cuando se llega a este punto, ya no se trata de un problema financiero o económico, sino de un problema social”. En muchos casos esta resistencia social ha llevado a algún tipo de represión por parte de la policía, en algunos casos violenta. “Lo que está ocurriendo ahora es una coacción mucho más silenciosa, porque ahora se acercan a ti y te piden la documentación sin decirte absolutamente nada. Dicen que sólo es para identificarte. Luego, tiempo después, te llega una multa a casa por 250 euros”, dice Carolina, otra de las activistas. “Es una forma de silenciar mucho más efectiva porque muchos vecinos, al verse con multas encima, se lo piensan dos veces antes de ir a ayudar y evitar otro desahucio”.

“Eso que la gente ‘bien’ llama hippies tirados, perroflautas -en España, antisistema u okupa-, son los primeros que están aportando sus conocimientos, su apoyo y son los primeros en brindar su solidaridad con la gente que está sufriendo con todo esto. Me he encontrado con gente que a mí me ha sorprendido muchísimo”, dice Isabel, que hace poco recibió un donativo particular de alguien que se había enterado de su situación y le dejó una cantidad de dinero considerable. “Evidentemente hay gente que vive en un mundo aparte y no se entera realmente de lo que está pasando, pero incluso los que menos vulnerables se creían se han percatado de que están pendiendo de un hilo y se han dado cuenta de que si hoy es por ti mañana será por mí”.

Sin embargo, hay mucha gente a la que todavía le está costando entender esta plataforma “porque presume que puede tratarse de una estafa o algo parecido. Hay gente que duda de que se trate de algo limpio y transparente”, dice Isabel con evidente preocupación en su voz. “Toda esta situación puede ser muy desesperante”, agrega refiriéndose a la crisis, “porque no se ve una luz al final, no se ve una salida. Desde el punto de vista profesional, también, porque los salarios están por lo suelos. Donde antes te pagaban 20 euros ahora te dan 6. Los empresarios se dan el lujo de manejar a su antojo a los profesionales. Ya lo hicieron siempre, pero ahora es escandalosamente indecente.”

Para Fernando Sierra hay un sector de la población que está cambiando para bien: “la sensibilidad de la gente es mayor. Antes sólo interesaba crecer, pero ahora nos hemos dado cuenta de que ya no podemos crecer, sino que, incluso, podemos decrecer. Ahí nuestra sensibilidad aumenta, mañana podemos ser nosotros a quienes nos toque una situación como la que sufren estas familias. Eso hace que sintamos una empatía muy fuerte por estas personas”.