Foto: merengala

El primer periodo de lo que los malditos llamaron transición fue bajo el imperio de la razón de olvido, había que olvidar para consolidar ese proceso perverso. Pasaron los años y cierta magia historizante impuso un festín memorístico que marcó esta etapa, con el correlato de la movilización social y estudiantil incluido. El análisis es un poco grueso, pero es más pedagógico argumentar así, binariamente.

Todos hemos querido alterar una escena original levemente traumática, cambiar la historia personal, adecuarla al relato que hacemos de nosotros mismos. Alguna vez intenté hacer un catastro del relato que hacen los cercanos o los amigos de la historia familiar, centrado en la figura de los padres. Es algo muy parecido a la novela familiar de Freud en la que el sujeto fantasea su propio origen, creyendo que fue recogido y que sus padres, obviamente, son otros. Lo concreto es que obtenemos un extraño y fascinante material de corrección memorística.

En este contexto la biografía tradicional no es más que una histeria de lo verosímil. Yo me imagino que un biografema, o signos de la historia personal, podría estar constituido por aquel rasgo que modifica el relato para hacerlo consumible por el entorno social y familiar. Por eso en ese intento de catastro me topé con harta Caperucita Roja, otro tanto de Cenicientas y otro poco de Hansel y Gretel. Y mucho Pedro Urdemales y pacto con el diablo, más cerca de nuestro folclor, y también el modelo aquintralado que es potente en la memoria trágica local.

El tópico del efecto mariposa y del clásico cuento de Bradbury en que el turismo histórico oferta rutas peligrosas que terminan por afectar radicalmente la producción del futuro, son temas recurrentes de la ciencia ficción y del cine gringo que suele banalizar los temas de la memoria. Esto de la memoria recobrada es, tal vez, lo que ocurrió con la tesis de la educación gratuita, impensable en el cerdo periodo de los 90 y menos la asamblea constituyente. Qué chuchas pasó. Un viaje al pasado lo alteró todo. Quedó la zorra con esa revisitación de la historia reciente de una generación ávida de memoria. No nos imaginábamos que algo así iba a ocurrir, aunque algo suponíamos. Y mucho pendejo quiso saber cómo fue esa época que uno vivió a medio filo o con cierta pusilanimidad y sin ningún heroísmo, pero igual servía para dar cuenta de un pulso historiográfico. Como escritorzuelo viejo me tocó más de alguna performance memorística de los 40 años.

El mito de intervenir el pasado es también una necesidad de las historias oficiales, en esto hay que homenajear a los retocadores de fotos del tiempo de Stalin y a los historiadores por encargo. Pero también uno mismo, el que habla, igual que otros, querría hacerse una historia legítima, presentable. En más de alguna sobre mesa uno se acostumbró a escuchar relatos familiares ad usum delphini (para el uso del Delfín o del heredero posible); casi todos eran tediosos y poco sustentables a nivel de procedimientos narrativos.

Pero también está la experiencia que debió ser un gran acontecimiento personal, casi una iniciación, pero para la cual no estábamos preparados. Un amigo ingeniero en minas me cuenta, no sin autorreproche, que cuando él era joven y trabajó en bahía Cutter en el extremo austral, a cargo de una mina de cobre, apareció un canoero kaweskar en su bote a trocar pieles de lobo. Según el relato era una familia nómade que vivía en el bote, en el que, además, mantenían un fuego permanente. El drama para mi amigo, y participante de un taller de escritura, era que él en ese momento no tenía conciencia de la maravilla de la que era testigo. Ese desajuste o descalce entre la calidad de experiencia y la conciencia que la sustenta intentamos ponerle un nombre en trabajo de taller y le pusimos memoria corregida.

No sé si en sicología general tiene un nombre, equivalente al deja vu o recordación de una escena traumática, o algo análogo. Podemos googlearlo, nuevo verbo, y resolver parte del problema. Más de algún tema literario o rockero recoge este tópico de la memoria que corrige el acontecimiento.

El poeta José Ángel Cuevas de Puente Alto recitó el otro día en un encuentro de estudiantes acá en la UPLA de Valpo, un poema que relataba el supuesto triunfo militar de la Unidad Popular contra el golpismo en una épica marcha por los cordones industriales con el compañero presidente Allende a la cabeza. Esta utopía levemente farsesca nos da un sustrato poético ficcional que es el que necesitamos para la lucha fiscalizadora que viene y que buena parte de los que votaron y no votaron tendremos que enfrentar.