Una buena despertada en una mañana de lunes implica un par de chuchadas fundacionales de la semana, algo como “chuchas de su madre, perros culiaos”, como mínimo. Nada personal, es sólo para darse ánimos porque hay que salir a la calle, entre otras cosas, para combatir el día a día, para soportar el horroroso Chile o al cerderío concertacionista que anda con los dientes afilados y también para administrar los afectos posibles.

En este contexto un amigote me linkea (¡estos verbos nuevos!), no sin ironía, una foto oficial de escritores de San Antonio que aparecen en la página del centro cultural de allá, de esos que se hicieron con el programa bicentenario y que se los apropió el feudalismo alcaldicio. Los letrados inmortalizados por la vía fotográfica saben de la utilidad impostora del gesto institucional. Aparte de eso, me encanta ver fotos de familia y fotos de colectivos humanos. En este caso la lectura del relato fotográfico me remite a muchas cosas, sobre todo a la nostalgia de una localidad que suelo amar con desprecio. No puedo dejar de pensar en el gran manual que nos legó Barthes sobre fotografía, La Cámara Lúcida, para los que nos gusta ese registro impúdico de la figuratividad y de la imagen. No puedo evitar hacer la lectura de los personajes, que son dieciocho, no los conozco a todos, casi. Hay una leyenda que habla de una foto para la posteridad, que es una tradición de escritores y poetas. Según mi amigo Mario Verdugo, experto en temas de la provincia, se trataría de la necesidad de los grupos fácticos locales de constituir un parnaso local o las ganas de obra del amateurismo cultural.

Me encanta el trámite idiota de hablar de una fotografía que pretende ser canónica. La foto en cuestión es clave por las ausencias que acusa, ninguno de mis amigo(a)s, escritores(as) genuinos(as), está. La foto fue tomada en ese centro cultural maldito como simulacro de legitimidad en el marco de una feria del libro, instancia cultural que la muni robó (escamoteó) a la ciudadanía hace unos años.

Reconozco entre otros al poetiso Caldera (que estuvo diez años de niño de los mandados en la biblioteca municipal hasta que lo contrataron por lástima política) y al poetudo (combinación glamorosa entre poeta y pelotudo) Oliva, lírico microfónico y cuyo proyecto ese ser poeta curricular. Veo, también, al Huguito Solorza, chico de tradición socialista y con vocación de operador político ávido de escalonismo aspiracional; reconozco también al chivo Santibáñez, jubilado del magisterio y animador cultural. Y al poeta corredor de propiedades Ramoncito Acuña, gran valor cívico e integrante del coro de la ciudad y que ha promovido la recuperación de una calle ribereña que los milicos controlan. Y al compañero Core recién electo, gran amigo y miembro del PC, Pedrito Piña, abogado del pueblo que como tal es más lento que el Only You, dicen los pesados de allá, aunque seguro en los pasos que da. Algunos de ellos son poetas del ácido sulfúrico o de Codelco, de los silos graneleros, de la carbonización de la energía y de la expansión portuaria, es decir, artistas de la mitigación, que ahora se viene con todo.

El otro linkeo que me llega es el de los correos filtrados del Consejo de la Cultura. Me da lata el efecto porque hay dos comadres cercanas que quiero mucho que están involucradas, la Ximena Troncoso y la Paz Balmaceda. No me interesa el contenido, me detengo en el procedimiento de inteligencia cultural utilizado por agentes del concertacionismo. La concerta hace lo mismo que la ultraderecha hizo con Piñera, me refiero al procedimiento conspirativo de hacer público un registro privado. Así como los escritore(a)s de la fotografía posan para postular a una especie de cortesanía y la marginación despreciativa de los ausentes -lo que también es una operación de inteligencia política-, los agentes que preparan el escenario político cultural montan los operativos respectivos para controlar el mercado de la ansiedad política.

Todo Chile debe estar produciendo la foto oficial o la trama que ajusta cuentas pendientes, como antesala de la repartición del botín. Entiendo el gesto institucional de mis amigote(a)s de la SECH, a la que pertenezco con orgullo asociativo. Las peleas que tenemos que dar, obviamente tienen que ver con políticas del libro y de recuperación de espacios. Hay suelos territoriales que deben ser recuperados por la razón ciudadana, esa es la lucha político cultural que se impone. Ahora, con algunos nuevos parlamentarios(as) vamos a trabajar en ese registro. Tiemblen alcaldes perros y powers fácticos.