Ilustración Letras Libres

Todos necesitamos una madre con quien desquitarnos de estar vivos. O, ¿por qué otra razón las amaríamos tanto? Claro: ellas velaron por nosotros cuando estábamos enfermos, nos dieron lechita y un vocabulario, asistieron desveladas a ese horrendo show donde salíamos disfrazados de pollitos, se soplaron más de dos veces las divisiones de quebrados, nos consintieron berrinches por los que aún sentimos nostalgia. Pero esas nimiedades no bastan para querer a alguien más allá de los límites del decoro. Si fuera así, ninguno de nosotros sabría lo que es un rompimiento o un divorcio. No: el amor incomparable solo florece si lo riegan las aguas elementales del rencor.

Rebajar a la madre. Convertirla en ni madre, en un desmadre, en esa madre (algo cuyo nombre sabíamos pero no podemos recordar justo ahora), en una cosa cualquiera: una madriola. Estas y otras palabras del slang mexicano son la más fina urdimbre de nuestro amor filial. A veces la vejación puede llevarnos al vacío: ser pura madre: nada: “No te voy a pagar más que pura madre”. O puede travestirse de todo lo contrario: un intercambio extremo, portentoso y caótico de signos: dar y/o recibir una madriza (una golpiza), por ejemplo. Algo que sucede con frecuencia después de que alguien deja caer sobre la mesa la madre de todos los insultos, el único verdadero clásico instantáneo de la literatura mexicana: la expresión “chinga tu madre”.

El honor, ese resabio esquizofrénico del heroísmo salvaje, posee un apego incestuoso a la mitología maternal: no me la toquen; a esta persona nada más la jodo yo. De la misma manera en que un machista irredento se refiere a las mujeres llamándolas “damitas”, un mal hijo tendrá siempre a la mano verdaderas estatuas públicas de lo cursi para referirse a tu mamá (o a la suya): “Tu santa madre”; “Tu señora progenitora”; “La autora de mis días”. (Por ejemplo ese chiste del político corrupto que declara, cuando el populacho le mienta la madre: “Las figuras públicas tenemos dos madres: una para que la insulten los barbajanes como ustedes, y otra que conservamos en la pureza de un nicho”. Alguien entre el público responde: “Pos chingas a la madre que tienes en el nicho”.) Un lenguaje perfectamente desnaturalizado, el reverso de eso que las gentes de antes llamaban “madre desnaturalizada”: una que carece del instinto materno.

Y a todo esto, ¿no es reveladora la inexistencia de un “instinto hijal”: algo más allá de la supervivencia que nos apegue animalmente a la madre?… Si requerimos tanto lenguaje (y tan diverso) para mantenernos unidos a ella es porque el amor que le procuramos no viene de las tripas sino de la inteligencia. Es producto de la memoria, la experiencia y el deber. Es un amor derivado del odio: si la lucidez tuviera un instinto, sería el rechazo sistemático de todo lo que no puede controlar, de todo lo que no es Yo. De ahí que los hijos podamos ser malagradecidos pero nunca desnaturalizados: nuestra naturaleza es alejarnos de la madre, y solamente la retórica y la mente (y, por supuesto, las ofertas de los centros comerciales en el Día de la Madre) nos mantienen unidos a ella.

Hay una zona del lenguaje en la que siempre seremos niños. Tal vez de ahí proviene nuestra ansiedad por rebajar la figura materna. Después de todo, se trata de una giganta con poderes extraordinarios que controla, más allá del tiempo y el espacio, nuestras preferencias culinarias y nuestros hábitos de higiene bucal. No es raro entonces que, junto al lenguaje de la vejación, practiquemos también coloquialismos poderosos que revelan, al lado de nuestra admiración, su condición de ogra. Algo buenísimo está con madre o es a toda madre; desplazarse a gran velocidad es ir a madres; “mucho” es un madral; lo muy grande es una madrezota…

Qué poco vale, vista desde este gigantismo pundonoroso e infantil, la figura paterna. A lo más a lo que podría aspirar es a que intentemos sustituirla.

Hace unos días, mi hijo de cuatro años me propuso: “Ahora yo voy a ser tu papá”. Le pregunté: “Y entonces, ¿quién va a ser el tuyo?” Contestó muy quitado de la pena: “Uno muy viejo que ya está muerto”. Sé por experiencia que fantasear con la muerte del padre es un pasatiempo masculino más o menos frecuente y aceptable. También sé, como huérfano que soy, que la muerte de la madre sigue siendo intolerable incluso años después de haber acontecido.

“¡Yo soy tu padre, cabrón!”, nos decimos los varones mexicanos, unos a otros, en plena borrachera. Qué más da: la probabilidad de tener varios candidatos a papá es obvia. En cambio, como ha escrito inmarcesiblemente mi amigo Armando Guerra: “Madre solo hay una. Y me tocó”.

El aforismo de Guerra es un chiste y no: todos, muy en el fondo (y en algunos casos ni siquiera tan en el fondo), creemos que la madre arquetípica, la Única Verdadera Madre, The Universal Mother, The Atom Heart Mother, ha sido la nuestra. Esto no se debe a que ella sea especial sino a que nosotros, cada uno por su cuenta, nos creemos especiales. La más guapa, la más odiosa, la más difícil, la más pura, la que nos enseñó a ser responsables o nos desgració la vida, la que ni siquiera era tan importante, la que de vez en cuando es o era a toda madre (o sea genial), la muy recóndita cáscara del huevo, La Jefa: madre solo existe una, y es la mía.

Madre e hijo se dan sentido existencial el uno al otro, son un binomio egoísta, podrían intercambiar con toda propiedad y al unísono ese otro lugar común de las justificaciones (des)amorosas: “no eres tú, soy yo”. El día de las madres deberíamos celebrar no el día de las madres: El Día Del Narciso.

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Si yo pudiera entrevistar al cadáver de mi mamá, le preguntaría esto:
1.- ¿Qué se siente haber sido más lenguaje que persona?
2.- ¿Qué se siente haber sido un monumento cuya sombra estaba en todas partes y cuya materialidad en ninguna?
3.- ¿Puedo tomarme otra taza de café?… Una y ya. Dame permiso, por favor. Ándale, ¿sí?
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