¡Tú lo mataste!

Eso fue lo que escuchó Elías Cartes en la oficina del Inspector Navarrete la tarde del 5 de marzo del año pasado. Tres palabras bastaron para dejarlo sin aliento. Los detectives hablaron sin rodeos: habían encontrado un vello púbico en el baño de la víctima y una muestra de sangre en el lavamanos. Ambas pertenecían a Elías. Le pidieron que mejor confesara, pero Cartes se negó.

-Lo que sabía ya lo declaré, necesito un abogado. Yo no lo maté-, balbuceó.

Luego le leyeron sus derechos, lo esposaron y lo sacaron por la puerta principal del cuartel de la Brigada de Homicidios de la Policía de Investigaciones en la ciudad de Chillán. Todo en menos de 10 minutos. Las cámaras de televisión registraron la salida del supuesto culpable luego de 4 años de intensa búsqueda. Aquellos que vieron los noticiarios esa noche no les quedó duda que el asesino que apuñaló 16 veces al cura Cristián Fernández Fleta, la madrugada del 6 de abril de 2009, no era otro que Elías Cartes. Las pruebas, a juicio de la fiscalía, eran contundentes. El tribunal decretó prisión preventiva y Cartes pasó su primera noche en el pabellón de imputados de la cárcel de Chillán.

Una persona correcta

Elías Cartes conoció a Cristián Fernández en enero del año 2009. Se enteró por su pareja, Paulina Garrido, que lo habían trasladado a Puerto Montt y que una vecina le había comentado que necesitaba una persona de confianza para cuidarle su casa. La pareja, en ese entonces, arrendaba una modesta vivienda y les sedujo la idea de vivir en una casa más grande y con jardín. Cuando conocieron a Fernández recién se enteraron que era cura. “Se veía una persona correcta, no notamos nada extraño”, recuerda Elías. El sacerdote les pidió que le pagaran sólo 50 mil pesos al mes y que le permitieran guardar sus muebles en una habitación. Elías y Paulina aceptaron. El 15 de enero firmaron el contrato de arriendo y el cura les entregó las llaves.


Elías Cartes

Un mes después Fernández llamó a Paulina pidiéndole quedarse un par de días en la casa mientras realizaba unos trámites. No alcanzaron a responderle cuando lo vieron llegar en su auto a la casa. “Tuvimos que decirle que bueno, si ya estaba acá, tampoco nos complicamos, era su casa”, cuenta ahora Elías.

La rutina de la pareja se mantuvo inalterable. Ambos llegaban del trabajo y, cuando coincidían, tomaban once con el cura. Así se enteraron de sus viajes y de una breve estadía suya en Villa Baviera. No era mucho lo que compartían. Fernández salía todos los fines de semana a Parral a ayudar a otro sacerdote y se perdía dos o tres días. Aunque hubo excepciones. Dos grandes excepciones.

Elías recuerda que una vez llegó del trabajo, el 27 de marzo de 2009, y se encontró con una fiesta en su casa. Estaba su pareja, su cuñada, un primo, un vecino del sector y el sacerdote. Cuando preguntó qué celebraban, Fernández le respondió que su cumpleaños. Todos compartieron hasta que decidieron ir a acostarse. El vecino, que vivía más cerca, se retiró a su hogar. Los demás decidieron quedarse y planificaron cómo dormir. Paulina lo haría con su hermana en una pieza y Elías con su primo en otra.

– El cura se negó. Dijo que para qué nos íbamos a incomodar tanto, si él podía armarle una cama a Alejandro, mi primo, en su pieza- recuerda Elías.

Todos aceptaron. Elías al otro día se fue a trabajar y cuando regresó, a eso de las cinco de la tarde, Paulina le dijo que Alejandro antes de irse le había dicho que tuvieran cuidado con el cura y que “tenían una conversación pendiente”.
-Igual nos pareció raro, pero nunca imaginamos nada para el otro lado- agrega Cartes.

Sólo después de la muerte del cura se enteró que su primo había recibido insinuaciones por parte del sacerdote aquella noche. Alejandro Poblete, declaró meses después que el cura “se acercó hacia mí, me tomó la mano y me la tiró, diciéndome que durmiéramos los dos, para estar más calentitos. Lo mandé a la cresta”.

Dos días después la historia se repetiría pero con otros invitados. La celebración aquella vez fue por el triunfo de la selección chilena ante Perú en Lima. “Nuevamente cuando llegué me dijo que teníamos que celebrar y que invitara a algunos amigos del trabajo. Le respondí que mis conocidos trabajaban temprano al otro día, pero me convenció que compráramos un pollo, una botella de pisco, un vino y una bebida”. Cuando regresaban a la casa, Fernández se encontró con tres vecinos sentados en la cuneta. Aquella vez, agrega Elías, el cura le pidió permiso para invitarlos a comer. Cartes le dijo que no los conocía y el cura decidió llevarles unos combinados a la puerta. “Después entró y dijo que eso era todo, y que era mejor tenerlos de amigos que de enemigos”, recuerda Elías. Al rato, sin embargo, regresó a la casa con uno de ellos: Juan Montecinos Lastra, un tipo a quien los vecinos describieron en el juicio como bueno para emborracharse, violento y adicto a las drogas.

La cena sólo sirvió para ratificar los pergaminos del invitado. Juan se jactó de haber mandado a matar a varias personas en la cárcel, que se había comprado una camioneta roja para hacer un “trabajito” y que portaba un arma que escondía en su tobillo izquierdo. Paulina Garrido, en su declaración, dijo que le extrañó que el padre “aprobara que este tipo pudiese haber matado a varias personas”. A tal punto llegó el descaro de Montecinos que dijo que le gustaría tener una polola como Paulina, intentando abrazarla y besarle la mano. La pareja decidió retirarse a su dormitorio y le echó llave a la puerta. De inmediato el sacerdote puso la radio a todo volumen. Abrían y cerraban ventanas, como “queriendo meter boche a propósito”. “Sonaban golpes contra la pared, como si estuviesen teniendo algún tipo de contacto amoroso”, contó con posterioridad Paulina a los detectives. Luego, agregó la mujer, ambos se encerraron en el dormitorio del padre. Paulina cuenta que pegó su oreja en la pared y escuchó que el cura le decía al Juan que le entregara unos papeles y este le respondía que los tenía bien guardados. A continuación, Paulina sintió que “el padre gemía y se quejaba, como cuando una pareja tiene sexo”.

-Ahí la imagen que tenía del cura se me vino al suelo- resume Elías.

La pareja decidió abandonar la casa al otro día y volver al hogar de sus padres. A Cristián Contreras le quedaba sólo una semana de vida.

Doble Vida

Hay quienes dicen que esa noche, la madrugada del 6 de abril del año 2009, escucharon al curita pedir auxilio. Patricia Muñoz, vecina del sacerdote diocesano, recuerda que su marido la despertó a las cinco de la mañana y le dijo que el cura necesitaba ayuda. A ella le dio miedo y le rogó que no saltara la pandereta. Pocas horas antes había escuchado ruidos, forcejeos y discusiones. También sintió salir un auto en la madrugada y regresar 20 minutos después. Luego escuchó cerrar dos puertas del vehículo y como se activaba la alarma. Después volvió a dormirse, hasta que un grito la despertó nuevamente.

-Lo mataron, lo mataron- escuchó que alguien gritaba en la calle.

Cecilia Troncoso, hermanastra del sacerdote Jaime Villegas que vivía en la casa contigua del cura muerto, vio la puerta entreabierta y decidió ingresar alrededor de las ocho de la mañana. Quedó en shock y sólo atinó a gritar. Jennifer López, otra vecina de la cuadra, se atrevió a ingresar al domicilio. López recuerda que el cura estaba tendido en el suelo, justo en el umbral de su habitación, con la mitad del cuerpo en el pasillo. “Alrededor de sus pies había sangre, pero estaba como revuelta, como que la habían limpiado, pasado un paño. Encima de su pecho había una cuchilla sin sangre puesta encima”, declaró. Luego agregó que le había visto la cara y que no había nada que hacer: estaba muerto. El protocolo de autopsia describió al cadáver como de un sujeto de sexo masculino, de alrededor de 50 años, 1,66 de talla y 80 kilos de peso. Causa de muerte: anemia aguda por traumatismo vascular.

La muerte del sacerdote fue un escándalo en el barrio. También en la ciudad. Hasta entonces poco se sabía de él, salvo que había comprado hacía cuatro años la casa aledaña de uno de sus amigos del seminario, el padre Jaime Villegas, actual capellán de Gendarmería en la región. Fernández, además, decía que hacía clases en el colegio Alemán de la ciudad y muchos lo conocían como “el profe”. Los rumores sobre una eventual relación sentimental entre ambos curas fueron el comidillo del barrio. También el particular vínculo que tenían ambos con los habitantes del domicilio del frente: Juan Montecinos y Gonzalo Cáceres, una pareja de reconocida tendencia homosexual. Cáceres, de hecho, admitió en el juicio haber tenido relaciones sexuales con ambos sacerdotes y que Fernández incluso le regalaba flores. “Mantuvimos relaciones en dos o tres oportunidades, los dos nos hacíamos cosas… después me empecé a alejar porque era mucho el hostigamiento a mi persona”, declaró en el juicio.

El padre Villegas, en tanto, reconoció luego de varios interrogatorios que como tenía diabetes, cuando se tomaba un trago, perdía rápidamente “los quilates”. “Con Gonzalo estuvimos una vez sirviéndonos unas cervezas y, después, por la debilidad de la cerveza, pasaron unos besos, pero nada más”, dijo. Cuando fue apretado por el abogado de Elías Cartes, Giovanni Gotelli, reconoció que a veces le daba mil o dos mil pesos a Cáceres y que lo hacían “vuelta y vuelta”. También admitió, en su calidad de sacerdote de Gendarmería, que a su casa llegaban ex reos a pedirle recomendaciones para encontrar trabajo. Allí, después de tomar cervezas, nos “dábamos besos en la boca, pero sin llegar a tener relaciones”, sostuvo en una de las audiencias.

El obsipo de Chillán, Carlos Pellegrin, al ser consultado sobre las conductas del sacerdote aseguró que “a la luz de las declaraciones efectuadas por el presbítero Jaime Villegas, de acceso público, se ha instruido una investigación canónica, la que sigue su curso normal a la fecha”.

La investigación policial fue creciendo y, con ella, el círculo de sospechosos, partiendo por las eventuales parejas de Fernández. Gracias a las intercepciones telefónicas se ubicó el paradero de algunos que fueron citados a declarar. Uno de estos, Roberto, dijo que lo conoció mientras veía una película en el cine O’Higgins. Fernández le dijo que tenía terrenos en el sur y vivía de las rentas. Ambos intercambiaron números de teléfonos y se juntaron un par de semanas después en la discotheque “Kalhua”. Comenzaron así una relación que se prolongó durante varios meses y que terminó poco tiempo antes del crimen. Roberto aseguró a los detectives que lo interrogaron que con la muerte de Fernández recién se enteró que la “persona que era mi pareja y que yo conocía por Claudio, era un cura y había sido asesinado”.

Fernández, según consta en la investigación, salía a buscar parejas en su vehículo. Una noche de noviembre del año 2009 interceptó a un joven auxiliar de aseo, a eso de las 4 de la madrugada, y pasaron juntos la noche en su casa. Después se juntaron varias veces, Fernández lo iba a buscar al trabajo y lo invitaba a tomarse unos tragos. Fue la última relación medianamente estable que mantuvo antes del crimen. De hecho, el número de teléfono de su amante fue uno de los últimos que discó antes de morir.

Metapericia

Las diligencias continuaron sin encontrar culpables. En el transcurso de ellas, incluso, uno de los sospechosos, Juan Montecinos, murió atropellado en extrañas circunstancias, mientras trabajaba en una faena agrícola cerca de Yungay. Elías Cartes, a pesar de los años transcurridos, siguió colaborando voluntariamente con la investigación. Nada hacía presumir que se transformaría en el único imputado del caso. Menos cuando el informe psicológico pericial concluyó que no presentaba “ningún elemento de tipo criminógeno que lo haga proclive a la realización de conductas infractoras o antisociales”. Cartes, a la sazón, trabajaba como jefe de cajas en un supermercado y su currículum era intachable. Pero aún faltaban diligencias. El 5 de marzo del año pasado los detectives de la BH de Chillán fueron a buscarlo a su lugar de trabajo y le informaron que los resultados de los exámenes, una muestra de sangre y de vello púbico, lo sindicaban como el principal sospechoso.

-Se quedaron con una pericia científica de una persona que había vivido en ese domicilio y dijeron que tenían una prueba concluyente. Creo que la fiscalía y la Policía de Investigaciones se enamoraron de la tesis e hicieron que todo calzara. A veces los árboles no dejan ver el bosque- reflexiona Giovanni Gotelli, abogado de Elías Cartes.
El tribunal de garantía acogió las muestras y decretó la prisión preventiva. Elías no entendía lo que pasaba. “Estaba súper mal, no sabía nada de mi familia, y estaba muerto de miedo. En la tele uno ve peleas con cuchillos. Jamás había pisado una cárcel”, recuerda. Cartes había dejado de fumar y volvió a hacerlo de los puros nervios. La primera noche durmió en un colchón que le prestó un reo y el cumpleaños número dos de su hija lo pasó encerrado. Fueron siete meses y medio en prisión. “Los más terribles de mi vida”, dice.

-Siempre tuve la esperanza que iba a salir, que se iba a aclarar, pero nunca pensé que el proceso iba a ser tan largo- recuerda.

En agosto del año pasado, luego de cinco meses recluido, Cartes recibió otro golpe bajo: la fiscalía pidió 12 años de condena. La familia de Elías comenzó a buscar un abogado y empezó a conseguirse dinero para enfrentar los gastos del juicio. Un antiguo jefe de Elías le donó 500 mil pesos y sus compañeros de trabajo, a punta de beneficios y completadas, juntaron el dinero restante. La estrategia de la defensa, encabezada por el abogado Giovanni Gotelli, apuntó a exigir modificaciones en las medidas cautelares. Lo ideal: pasar de prisión preventiva a arresto domiciliario. El abogado se jugó una última carta y solicitó una metapericia sobre la muestra de sangre encontrada en el baño del sacerdote.

-La perito Shirley Villouta nos confirmó que la sangre no era de Elías. De un total de trece marcadores, alrededor de tres, no correspondían. Nuestra legislación, en el artículo 22 y 24 del de la ley 19.970, dice que si encuentra dos o más debe informar que existe exclusión de la prueba. Sin embargo, ellos la incluyeron- aclara Gotelli.

Con los antecedentes en la mano, el abogado defensor pidió revisar la medida cautelar y el tribunal de garantía finalmente la cambió por arresto domiciliario total. El 23 de octubre del año 2013, luego de siete meses y medio de reclusión, Elías Cartes abandonó la cárcel de Chillán. Afuera del recinto lo esperaban Paulina, su pareja, su padre, un primo y su hija. “Ella fue la que me dio fuerzas para seguir adelante”, cuenta hoy Elías. Casi dos meses más tarde, el 19 de diciembre, fue finalmente absuelto y recobró su libertad. El administrador del supermercado donde trabajaba le dijo que se tomara vacaciones y que regresara en dos semanas más. Pasar la navidad con su familia, dice, fue como cumplir un sueño. “A mi hija le compré un pony saltarín y una guitarra eléctrica”, cuenta. Luego agrega: “Lo que pasé nunca se me va a olvidar. Voy a salir adelante como sea”.

Tres días más tarde de la absolución, el domingo 22 de diciembre, una noticia publicada en la portada del diario La Discusión de Chillán, agregaría aún más leña al fuego. “Revelaciones sobre homosexualidad de sacerdotes remece a la Iglesia en Chillán”, titulaba el periódico. La noticia daba cuenta que, tras los interrogatorios realizados, luego del primer empadronamiento, varios jóvenes reconocieron que el cura Fernández era un asiduo visitante a discotecas gay.

Lo curioso del caso es que también salieron a colación el nombre de otros sacerdotes de la ciudad. La Brigada de Homicidios entrevistó a 16 curas y 8 de ellos manifestaron tener inclinaciones homosexuales. Siete serían de Chillán y el restante de Bulnes. Varios medios de comunicación, en los días posteriores, informaron que el Obispado de Chillán había solicitado los antecedentes al tribunal para dar inicio a una investigación formal. “Podrían ser sancionados con la suspensión permanente”, aseguró el obispo Carlos Pellegrin en la oportunidad. La información, sin embargo, fue posteriormente descartada por la Conferencia Episcopal, asegurando que sólo pidieron “nuevos antecedentes”. Jaime Aguayo, jefe de comunicaciones del obispado de Chillán, al ser consultado por The Clinic, aseguró que no han recibido ningún antecedente y que, en caso de tenerlos, la Iglesia podría sancionar internamente a los sacerdotes por vulneración del celibato. “Hasta la fecha no hemos podido comprobar los hechos”, aseguró.

-Sólo manejamos las versiones periodísticas que se han dado a conocer a la opinión pública, por tanto, no podemos hacer nada hasta que no haya nombres y certeza de lo dicho en la prensa-, respondió el obispo Pellegrin.

La fiscalía, luego de la absolución de Elías Cartes, presentó un recurso de nulidad. El martes de esta semana se realizaron los alegatos y el 6 de febrero se sabrá si la justicia acoge o rechaza el recurso. Si lo aceptan, Elías Cartes deberá sentarse nuevamente en el banquillo de los acusados.