Dos bocinazos: “el gas, el gas, el gas”, se escucha gritar a un coro de cinco niños en un camión de Gasco miniatura, detrás viene una ambulancia de la Clínica Alemana y un camión de los Bomberos de Chile, todo a escala. Ambos con sirenas y balizas prendidas, pero no hay ninguna emergencia, solo niños jugando. Circulan por las estrechas calles de una ciudadela construida bajo el Parque Araucano, el lugar se llama KidZania. La pequeña urbe está compuesta por más de 50 stands de marcas como Coca-Cola, Pizza Hut, Manpower, La Tercera, Soprole, Duracell, Chileexpress, Salcobrand, Canal 13, entre otros, donde cada infante puede detenerse, entrar y trabajar por un sueldo en KidZos, la moneda oficial de KidZania.

Hace un tiempo mi hermana chica insistía que la llevara, que las amigas habían ido, que era bacán, que porfa porfa y bueno, vamos entonces. Llegamos a la entrada: menores $10.900 pesos y adultos $7.100. Dieciocho lucas después estamos en una mezcla de Lilliput con Wallstreet, en medio de un montón niños corriendo por todos lados: “¡El gas, el gas, el gas!”, “¡Dame 10 KidZos, papi!” o “¡En esta, yo quiero en esta!”.

“¡Nos vamos Martín!”, exclama un papá chato. Martín, que no debe tener más de 5 años, no se quiere ir y se lo hace saber al mundo con un puchero. Las cejas bien juntas y acumulando fuerzas para lo que parece ser una de esas pataletas que te cagan la vida, a ti y cualquiera que escuche los pulmones de Pavarotti que algunos niños tienen. Nos pasan por al lado, creo que Martín está empezando a temblar; con ese oscuro augurio nos adentramos en la fortaleza subterránea.
Vamos al mini Banco de Chile a cambiar un cheque de 50 KidZos que nos pasaron en la entrada. “Por 15 KidZos extra puede sacar la tarjeta Banco de Chile KidZania”, me dice un tipo alegre que detesté. “No, gracias”, le contesto y recibo unos billetes tipo Monopoly que las manos pequeñas de mi hermana enseguida me arrebatan. Ella me había hecho cómplice de sus intenciones antes de entrar, lo nuestro era Pizza Hut.

“Saca los delantales, Maca”, dice el monitor de la mini pizzería a su colega, en tres minutos hay ocho infantes uniformados, dispuestos alrededor de una mesa metálica, listos para aprender a hacer mini pizzas. Mi hermana mira a través del vidrio que nos separa – porque los papás no pueden entrar – y gesticula emocionada, “le voy a poner piña”, dice. Ella sabe que es mi ingrediente favorito.

En 1999 Santa Fe, Ciudad de México, vio nacer la primera “Ciudad de los Niños”, un parque de diversiones sin montañas rusas, carruseles ni columpios. Este complejo de entretenimiento, por el contrario, simulaba una economía a escala para que los infantes pudieran interactuar a través de compra y venta de artículos, contrataciones, especulación y todo tipo de oportunidades financieras en las que transan su vida “los grandes”.

La idea no tardó en prosperar y en 2008 la “Ciudad de los Niños” se transformó en KidZania –“la tierra de los niños”- que sofisticó los productos y servicios intercambiables e instauró el nuevo concepto de “Eduentretención”, en que los niños de entre 4 y 14 años pueden emplearse o consumir productos y servicios de todo tipo. Como todo buen negocio, la franquicia KidZania México S.A. vendió bien, el modelo se fue replicando y colonizando nuevas tierras. Hoy está presente en 12 países del mundo con 15 minipolis y 9 más en construcción.

Damos la vuelta a la esquina y un cartel luminoso gigante nos encandila, ahí está Petrobras en un lugar privilegiado que probablemente, como en el mundo de los grandes, debe costar muchísimo más que los otros stands. Tres niños en autitos eléctricos –plateado, blanco y burdeos- dan vueltas en un circuito de unos 60 metros de diámetro, mientras otros esperan para “llenar” el tanque y limpiar los vidrios. La niña del auto blanco estaciona en el sector de carga y un niño con delantal gris y verde se le acerca a su descapotable, limpiavidrios en mano, “no, gracias” dice la péndex. El niño medio desconcertado mira a su papá que le indica el auto plateado, ahí tiene un poco más de suerte: lo dejan limpiar pero no le dan propina.

Seguimos paseando y nos enfrentamos a la incontrarrestable ternura de unos conejitos, hurones y chanchitos recién nacidos en la vitrina de la clínica veterinaria, 10 KidZos más y de nuevo a sentarse afuera, mientras la hermana chica estrangula a los animalitos con cariño, sale feliz, sigue el paseo. Nos vamos a la Coca-Cola y la situación se torna un poco más compleja, seis niños son enfrentados a una colorida cinta de ensamblaje por donde pasa una inocente botellita plástica hasta transformarse en un Coca-Cola con etiqueta, calorías y todo el asunto. Hermana chica es rápidamente incorporada al proceso y finalmente el producto de su trabajo le es dado de regalo. Ella me trae la botella como trofeo, como si no hubiese pagado 10 KidZos por trabajarle a esa empresa pequeña, pero gigante.

En ese instante se nos corrompe el espíritu y con hermana chica elaboramos un rápido plan de negocios, si queríamos sobrevivir había que juntar plata, sólo nos quedaban 20 KidZos.

A la entrada nos pasaron una billetera de cartón que una vez desplegada funcionaba como mapa, no le habíamos dado mucha pelota hasta que descubrimos que tenía indicados todos los lugares en los que se podían conseguir trabajos pagos. Pronto estábamos en la línea de entrada de Chilexpress, esperando conseguir empleo detrás de otros siete niños. Nos fue bien por suerte, hermana chica reunía todas las cualidades necesarias para trabajar, es decir, tener menos de 14 años. Le pasan su delantal y jockey amarillo que dice “REPARTIDOR”, un carrito con cajas y cartas que debíamos distribuir entre los otros stands. Aquí yo ya había sucumbido a la ambición y, mapa en mano, apuraba a la pequeña hermana para hacer más eficiente nuestra labor de cartero.

Quince minutos después estábamos de vuelta, mucho antes que los otros siete incompetentes, ansiosos por nuestro sueldo. Nos pasan 15 KidZos cagones que revientan mi globito de codicia, así que decidimos ir a buscar unos helados que la niña de Savory, astutamente, escogió no cambiar por nuestros KidZos, así que hubo que gastar un par de lucas muy de verdad y adiós.

Vamos de salida, pasamos por los stands que se confunden en un desfile luminoso y ahora todos los niños son Martín haciendo pucheros y se escuchan coros de “¡No, ahí no!” y de “¡Ya, mamá, por favor!”, “¡El último! ¡Dame 20 KidZos, papá!” o estruendosos “Pizza Hut, Coca-Cola, Petrobras” de niños que parecen decenas de demonios de Tasmania.

Recta final. Hermana chica no insiste porque sabe que nos vamos, pero antes de escapar, miramos al lado y ahí quedamos petrificados: la cárcel. Departamento de Policía de KidZania –D.P.K.Z- dice un cartel, miras para adentro y te quieres caer de raja: barrotes y una butaca como de película -porque todo acá es como de película-, esperan al próximo inquilino, menos mal está vacía. Hermana chica dice que ahí van los que se portan mal o los que se roban plata y yo me doy un tiempito para tocar mi billetera y ver si sigue en el bolsillo y después me doy otro tiempito para preguntarme por qué algunas veces soy tan imbécil. Pero echarle la culpa al capitalismo es mucho más fácil.

Pasamos por “El control aduanero” de KidZania donde unas oficiales joviales revisan nuestros brazaletes de seguridad, los que certifican que los niños salgan con el mismo adulto que entraron. Pero antes de salir nos topamos con la tiendita de souvenirs. Hermana chica quiere un peluche gigante que no le compraré, en cambio, se lleva un tazón de “Chika”, uno de los personajes de KidZania: una niña de 10 años que le gustan la moda, las series de TV y la música Pop. Me quedaban 35 KidZos en el bolsillo para la próxima vez que vuelva y a hermana chica una extraña sospecha de que su hermano nunca más la va a traer.