Sin doble moral no hay superhéroes. Quítale su identidad secreta a Batman o a Superman y, sin kriptonita ni acertijos de por medio, destruirás buena parte del aura nietzschiana que los coloca por encima de nosotros. La mejor prueba de que el tema es complejo y rifa en la mitología del cómic es Civil War, la saga de Marvel donde los miembros de The Avengers y otros personajes del universo creado por Stan Lee se confrontan (unos liderados por Iron Man, otros por Capitán América) en torno a una directiva de S.H.I.E.L.D. que establece que todos los superhéroes deberán registrarse en un padrón y revelar su nombre civil bajo amenaza de ser considerados delincuentes si incumplen esta orden. El tema de la doble identidad heroica tiene múltiples máscaras, y basta invocar el hermoso monólogo de David Carradine al final de Kill Bill para dar un ejemplo de ello.

Otra cuestión compleja que se entromete en la existencia de estos ídolos es el estado civil: la mayoría de los superhéroes son, al menos en su época dorada, neuróticos narcisistas incapaces de embarcarse en la difícil aventura del matrimonio, y optan por los noviazgos interminables y emocionalmente impotentes (Spiderman y M.J., Superman y Lois, Ciclope y Jean Grey), los romances breves, tormentosos y melancólicos (Batman) o la banal y placentera juerga (Tony Stark). Un matrimonio “con capacidades diferentes” (así se apoda en México a los discapacitados) como el de Reed Richards y Sue Storm es un garbanzo de a libra en este contexto narrativo, y aunque al paso de los años muchos personajes de cómic llegaron a casarse, rara vez las cosas han marchado bien para ellos en este departamento.

Por supuesto, la tensión social/sexual entre mito y matrimonio es más una cuestión ciudadana que superheroica, y su crisis posmoderna no solo afecta a los personajes de los cómics, sino que tiene un vasto correlato en otros ámbitos de la cultura pop; por ejemplo, en las series de televisión.

¿Qué tienen en común Tony Soprano, Vic Mackey, Don Draper, Nick Burkhardt, Dexter Morgan y Walter White –por mencionar a unos pocos modelos masculinos de la ficción actual?… Primero, todos ellos están casados (o lo estuvieron, o viven en pareja) y la mayoría son padres. Segundo, todos son workahólicos. Tercero, son incapaces de comunicar a sus seres queridos en qué consiste el núcleo de su vida fuera del ámbito doméstico. Claro, la familia de Tony –The Sopranos– sabe que él es un mafioso y la de Vic –The Shield– que él es un policía; pero no entran en contacto directo con la violencia, la corrupción y el deterioro moral que esas profesiones conllevan. Mientras que Tony necesita recurrir a una analista para desahogar un pánico que su esposa ignora, Don Draper –Mad Men– envía a la suya al psicólogo para librarse de la responsabilidad de escucharla y –peor– de hablar con ella.

Más radicales son las circunstancias de Nick Burkhardt –Grimm–, Dexter Morgan –Dexter– y Walter White –Breaking Bad–: lo que no pueden comunicar a sus parientes es su esencia misma, la pulsión que define su lugar en el mundo.

Durante la primera y buena parte de la segunda temporada de Grimm, el detective Burkhardt debe ocultar a su amada Juliette la particular sensibilidad que le permite identificar y cazar a los más temibles monstruos de cuento de hadas que viven ocultos entre los humanos. Las cosas que Juliette ignora ponen en peligro su vida en un par de ocasiones, la dejan eventualmente en coma y destruyen por último su memoria amorosa: no reconoce a Nick cuando despierta. Aun así, Nick prefiere mentirle acerca de quien realmente es con un argumento egoísta que hace que el caldo le salga más caro que las albóndigas: teme que, de conocer la verdad, ella piense que está loco y eso la haga sufrir. Su razón para ser deshonesto es un egoísmo extremo disfrazado de piedad.

El secreto de Dexter es más terrenal: no puede confesar a su mujer y a sus hijos que es un asesino en serie. A la postre, esto le costará la vida a Rita Bennet, su esposa. La vuelta de tuerca es que Dexter continúa su carrera criminal tras enviudar e intenta alternar esta labor con su condición de padre soltero, pero fracasa: tiene que enviar a sus hijos a vivir con los abuelos maternos. Puesto a escoger entre la dulce y aburrida rutina familiar y la oscuridad tanática que impulsa su ánimo, parece decirnos la metáfora televisiva, un varón adulto, educado y sensato elegirá siempre lo segundo.

En esto –como en muchas otras cosas– la metáfora que encarna Walter White es particularmente poderosa. Primero, porque su Yo está completamente escindido: su encarnación del lado de la sombra es Heisenberg, no tanto un apodo como un ser independiente, un Mr. Hyde de carne y hueso. Y segundo –y esto es algo que me hizo ver Mónica, mi mujer– porque, a diferencia de todos los otros personajes que cito, él en ningún momento padece tensión o desviación erótica hacia ningún personaje femenino distinto de su cónyuge: su vocación, su novia, su amor infiel es, simple y llanamente, la transgresión: el delito: su baby blue: la metanfetamina que fabrica. Walter White engaña a su mujer consigo mismo, y este hecho –que uno intuye pronto– adquiere dimensión poética en el último capítulo de la serie, cuando –parafraseo a Harold Bloom– el personaje se escucha a sí mismo por accidente: Walter le confiesa a Skyler que todo lo que ha hecho no ha sido para ganar dinero para su familia, como ha insistido él en creer durante 62 capítulos, sino por amor propio: porque se sentía más satisfecho consigo mismo al cocinar meta que al ser padre de familia o al dar clases de química. Más que la suma de muertes, es esta escena lo que hace de la serie una verdadera tragedia contemporánea.

El hecho de que todas estas historias de superhéroes, héroes y antihéroes tengan tanto arraigo en la cultura popular dice mucho de la habilidad narrativa de sus creadores, pero también dice algo acerca de cómo somos los hombres casados: no importa qué tan profunda o patética sea nuestra vida secreta, a ella consagramos una importante cantidad de energía emotiva. O, mejor: tener una vida secreta es una de las fantasías eróticas masculinas. Mentir un poco (o a veces mucho) es uno de nuestros más constantes estados civiles.

Y no quiero decir con esto que mi mujer no tenga secretos. Simplemente, esos no los conozco.