Hace algunos años, en el instante en que preparaba una curaduría que relacionaba arte y violencia, uno de los artistas convocados me manifestó lo siguiente: que había tenido, la noche anterior, una pesadilla reveladora. Había soñado, de manera traslúcida, con la obra que iba a mostrar unos días después; todo aparecía perfectamente resuelto en su conjunto. Se encontraba prácticamente lista, terminada, solamente había que escenificarla.

A veces, no tener las cosas resueltas a tiempo puede resultar nefasto para el ego personal (salvo que se sea un chanta profesional). La autoestima se agudiza de manera lastimera, sobre todo cuando hay compromisos con otras personas (como la mayoría de las actividades humanas en la actualidad): qué dirán los demás, qué dirán de mi escaso profesionalismo, qué pasará con mi prestigio, con mi responsabilidad, un cuadro cuya merma suele afectar principalmente los intereses económicos de un proyecto muchas veces colectivo.

Se trata de una experiencia angustiosa que resulta muchas veces necesaria para la activación de la creatividad humana. De manera enigmática, las soluciones suelen encontrarse en los sueños, y particularmente en las pesadillas. Como si las desagradables y necesarias obligaciones diurnas fuesen el caldo de cultivo necesario para resolverlas cuando el cuerpo está solo y entregado al arbitrio de los fantasmas del inconsciente.

Los sueños, en particular las pesadillas, suelen ofrecer un lenguaje implacable en su absurda veracidad. En tiempos remotos, los griegos habían identificado el problema: le habían otorgado al Dios Apolo la capacidad de soñar el mundo. Era el dios del sueño, el que soñaba el mundo “en imágenes”.

Después de un sueño angustioso, de una pesadilla que nos despierta temprano en la mañana, queda la sensación de haber asistido a un espectáculo total. Uno se convierte en sujeto y objeto de un espectáculo inquietante por su eficacia visual. Se trata de una experiencia donde lo absurdo adquiere una lógica implacable, mucho más elocuente que la mayoría de la producción visual existente hoy. Si el arte tuviese esa capacidad de juntar lo absurdo con lo lógico asistiríamos, sin duda, a uno de los preceptos más estimulantes de cierta estética pasada: que el arte supera a la realidad.

Hace algunos años, en este mismo pasquín, recuerdo haber leído una entrevista al cantante del grupo musical Los tres, Álvaro Henríquez. En aquella ocasión, el polifacético músico confesó algo similar a lo que hemos venido diciendo aquí: que al despertar recordó que una letra de una canción se le había presentado completamente lista gracias a un sueño inmediatamente precedente; ahora sólo había que transcribirla y musicalizarla. Yo mismo he sufrido ese percance.
Pero también existen otros modos de activar el inconsciente y la creación artística. Un ejemplo surrealista: Miró se sometía voluntariamente a sesiones de ayuno y de insomnio psicopáticos prolongados para activar el proceso creativo. Requería de estados de cansancio extremo y de delirio como consecuencia de -como sugería Rimbaud- un “razonado desarreglo de todos los sentidos”.

El poeta Robert Desnos solía, por otra parte, intensificar el proceso creativo gracias a un método que lo hizo célebre: la autohipnosis. Podía en cualquier momento y lugar dormirse voluntariamente. En aquellos estados era capaz de derrochar – según ha testimoniado el gurú del surrealismo, el poeta André Breton- una impresionante verborrea libre de “toda pretensión racional, moral y estética”. Pero podía también incurrir en estados de violencia que no manifestaba en vigilia, como, por ejemplo, intentar agredir con un cuchillo en una reunión del grupo surrealista a su amigo, el poeta Paul Eluard. A veces la violencia del sueño se traslada a la vida real.

Ya sea gracias a las pesadillas, los sueños iluminadores, los estados proporcionados por el insomnio o la autohipnosis, lo cierto es que la actividad creativa necesita de ciertas tribulaciones que conviertan en necesarios determinados actos gratuitos. Algo de esto se ha abandonado en el arte actual; ahora los sueños son muchas veces pesadillas cuidadosamente estudiadas. Sobran los monstruos infantiles, los zombis convertidos en seres ultra maquillados y enternecedores, los parques temáticos abarrotados de maquetas y reliquias prehistóricas. Pareciera que ahora – tal vez por la superabundancia de artistas y obras- importan más los efectos que los procesos del arte. A eso la crítica moderna le ha puesto un nombre obsceno y seductor a la vez: el Kitsch.