Foto: Javier Álvarez

Danyela (38) nació prematura y al parecer ese primer encuentro con el mundo la sigue marcando. “Siempre ando moviéndome, no paro”, señala. Y es cierto, “crecí apurada, di mi primer beso a los 15 y a los 17 estaba teniendo a mi primera hija”. Y de chica no fue tan distinto: a los nueve, cuando vivía en Buenos Aires por el exilio de su familia, ya iba al cine con un pololo de la misma edad. Un inocente y primer acercamiento a esas cosquillas en la guata. Después fue la lectura de Palomita Blanca y Danyela se dio cuenta que algo en torno a la sensualidad y el erotismo había ahí.
La primera vez que se presentó en una micro fue con su prima, a los 18, en esa ocasión improvisaron una obra de teatro. Ahí, Danyela le empezó a agarrar el gustito a ese escenario. Lo retomó y no lo suelta hasta ahora. Nunca dejó de escribir. Empezó con cuentos infantiles y ahora sus historias son más para mayorcitos. En su libro “Los Hombres También son de Venus”, por ejemplo, cuenta una historia romántica homosexual. En “Letras Genésticas”, el último, recoge historias eróticas que escuchó de sus amigos, que vio e imaginó, la mayoría adornadas con su propia experiencia. También tiene otros textos más breves y para todo público. Sin embargo, su pasión, la literatura erótica, sigue siendo difícil de presentar arriba del Transantiago.

– ¿Por qué?
– Lamentablemente Chile todavía es un país cartucho. Yo digo ¡orgasmo! y las viejas me miran con cara de que tienen una metralleta y me van a matar. No puedes decirlo, no puedes decir pene. No porque me dé lata, sino que por respeto. A veces hay cabros chicos y eso lo cuido mucho.

– ¿Y a ti, qué te han dicho en la micro?
– Una vez dije “pene” y una vieja pegó el grito y me dice “¡asquerosa!”, ¿Cómo me dice asquerosa porque digo pene?.
¿Acaso tuvo a sus hijos por osmosis?

– ¿Y recuerdas esa primera vez que recitaste poesía erótica en la micro?
– Sí, fue acá por Irarrázaval. Yo andaba con el demonio así es que dije “ya, a la chucha” me subí a la micro, caché a la gente y empecé con un poema que se llama “Amor mágico”. En una parte dice: “Y qué bella me veo gimiendo por tus labios / en el más profundo de los orgasmos / cuando tus espermios viajan en tu propia sangre / y mi corazón explota salpicándolo todo de sensaciones mágicas”… y me dio nervio. Lo dije de una, de un tirón. A lo que venga, si no funcionaba mala cueva.

– ¿Y cómo reacciona la gente?
– Las niñas se ponen coloradas y los hombres se hacen los lesos. Eso es entretenido porque para mí provocar sensaciones en la micro es adictivo. Cuento historias contingentes que provocan discusiones. Me bajo de la micro y dejo a la gente peleando arriba. Y generas algo, es una misión cumplida.

– ¿Todavía es mal visto subirse a trabajar a una micro?
– Sí, pero cada vez menos. Lo que pasa es que está muy estigmatizado, la gente cree que una se sube a las micros porque no tiene otra cosa que hacer. Una vez un viejo me dijo “¿No le da vergüenza andar mendigando?” y casi le pegué un combo en el hocico. Yo no estoy mendigando, al contrario, yo estoy regalando arte.

AL LADO DEL CAMINO

Para Danyela el mejor momento para subirse al Transantiago es durante el año, no tanto en vacaciones. “Hay menos gente, pescan menos y tienen menos plata” dice. Cuando le va bien se puede hacer cerca de quince lucas y si le va mal no pasa de las cuatro. Y con eso para la olla en su casa. Vive en La Florida, con sus tres hijos, y reconoce que en parte el bolsillo también se sostiene con ayuda del padre de los niños.

– ¿Cuáles son los recorridos donde mejor te va?
– Los de Irarrázaval, entre Plaza Egaña y Vicuña, también Macul. Pero he probado en distintos lados…

– ¿En el barrio alto?
– En el barrio alto me ha ido como las hueas. ¡Nada! La primera vez que fui para ese lado lo hice pensando en que la gente que tiene más recursos económicos tiene más cultura. Pero no, poh. Es que es difícil hacer erotismo en las micros porque la gente se asusta. Y yo digo ¡Qué onda!, ¡¿La gente no culea allá arriba?! ¿No folla?, ¡Qué país más triste!

– ¿Pero con la plata que sacas en la micro te alcanza?
– Es difícil igual, pero nunca le ha faltado nada a mis hijos. Aparte de las micros trato de moverme más. Me programo, recitar es una cuestión que hago sólo en la mañana. Además hago juguetes de madera, restauro muebles y ahí me muevo. Por el lado del camino. Hago artesanías en cuero, telas, fierro, macramé y en todo tipo de material. Me las arreglo, pero en el año el sostén base son las micros, yo ahí tengo un horario de trabajo, porque ahora parece que nadie está ni ahí con escuchar poesía.

-¿Y te gustaría dejar la micro?
-No. Me gusta trabajar arriba, me llena. A lo mejor no me deja demasiadas lucas, pero la satisfacción que te deja trabajar en las micros es exquisita y seguramente si en algún momento llego a tener mucho dinero igual me voy a subir a las micros, voy a recitar, pero no voy a pedir plata. Lo voy a hacer sólo porque me gusta.

ENCAPSULADA

– ¿Dónde se mueve la gente que hace literatura erótica?
– No hay mucha literatura erótica chilena y tampoco es conocida. Lo que llega de erotismo es de afuera. Yo creo que es un círculo más cerrado, más encapsulado. Se cree mucho que el erotismo va siempre ligado a una cuestión degenerada, pero yo creo que la gente está ávida de recibir estímulos. Por eso a Las 50 Sombras de Grey le fue tan bien…

– ¿Leíste el libro?
– Sí, y me gustó. Creo que la autora fue muy inteligente. Quién no quiere a un Christian Grey, un hueón guapo con plata, exquisito y que más encima te hace cosas ricas. Y creo que muchas mujeres llegaron a salvar su vida sexual. Tú ibas en la micro y de repente tres o cuatro mujeres lo iban leyendo. Tengo una tía abuela que tiene 87 años que lo leyó y le pasaron cositas. Que logre excitarse sexualmente a través de un libro lo encuentro exquisito, porque seguramente no va a ir a tirar con nadie. O quizás se corre una paja.

– La gente puede creer que la literatura erótica está ligada a lo burdo
– Cuando digo que soy escritora erótica se deben imaginar que soy una degenerada que ando dándole a cada rato. La gente piensa que porque escribo literatura erótica soy una caliente de mierda, poco menos que ninfómana, que le hago a lo que venga y no es así.

– Cuesta entenderlo parece…
– El cómo se ve este tipo de literatura va también por un tema de cultural. En Chile estamos recién empezando a sacarnos los calzones. Las minas todavía follan con la luz apagada poh, qué onda, si mirar es exquisito. Este es un país cartucho y más encima machista. Muestran potos y tetas pero no muestran pico. Pa’ eso me miro al espejo. Yo trato de romper con esa idea y calentar pa los dos lados.

– ¿Y te calienta lo que escribes?
– Caleta, cómo podría escribir algo erótico, describir una escena sexual explícita si no me caliento mientras lo estoy haciendo. Y esa es la gracia, si yo no me caliento con lo que escribo, no se va a calentar nadie.

Marín 014

“¡Qué maravillosamente suaves son sus manos! Subían y bajaban por mi cuerpo semi desnudo, la música sonando y la temperatura aumentaba vertiginosamente… Nuestros labios unidos se abrían para dar paso a lenguas ansiosas y tibias. Nos tocamos como si fuera la última vez en la vida. De pronto ¡Fuera pantalones! Y ahí estaba yo, solo con mis calzoncitos blancos de encajes… Sentía como mi entrepierna se humedecía cada vez más. Él lamía mis pezones erectos y yo estaba tan caliente… ¡Tan caliente!

Ahora era mi turno… Despacio fui sacando cada una de sus prendas; primero la polera… Despacito, besando su pecho, sus brazos… Bajando con mucha calma hasta su vientre cuidadosamente trabajado. Mi lengua rodeaba su ombligo y mis dedos soltaron su cinturón… Luego el botón, los suaves movimientos, rozaban apenas el bulto que crecía ahí dentro y él cerraba los ojos y sonreía plácido…

Sin dificultad, sus pantalones fueron pasado… Me apoderé de su falo perfecto, acariciándolo, besándolo despacito… despacito. Sin aviso, lo hice desaparecer en mi boca. Él gemía y eso, a mí me volvía loca… Amo escuchar como gime, y mi lengua lo recorría una y otra vez ¡Cómo me gusta este hombre!
Cuando ambos estábamos ya, lo suficientemente calientes, me separé de un salto.

-¿Vamos a la ducha?- Le propuse poniéndome de pie, aun con mis calzoncitos de encajes blanco puesto. Él me miró desconcertado, pero aceptó. Tomé un poco de cerveza y prendí un cigarro paseándome por la habitación, mientras él intentaba recomponerse.

-Hay un problema- Le dije.

-¿Qué pasa ahora?- Preguntó con cara de pánico.

-Nada grave… Es que en los moteles nunca tienen bálsamo y tú sabes, el pelo se me pone imposible sin bálsamo- Él respiró aliviado y yo solté una carcajada…