A mi de chica nadie me habló de la masturbación. Ni mis padres, ni mis amigas, ni las profesoras ni siquiera el cura del colegio en devota confesión me preguntó sobre el tema. Extraño. Porque las historias masturbatorias de los hombres se remontan a los principios de la adolescencia: la paja colectiva, la debilidad, los pelos en la mano, la futura infertilidad, el pecado mortal y consiguiente infierno… en fin, innumerables historias que hemos escuchado cientos de veces, pero de las mujeres solo recuerdo el mito de las velas y cómo olvidar la soberana estupidez de aquella joven que supuestamente excitada sin remedio se introdujo la palanca de cambio en su entrepierna. (Incluso si mal no recuerdo aquella mujer de la palanca de cambio tuvo alguna relación con la yumbina… O es que ya se me mezclaron todas las idioteces sexuales?).

Mi llegada a la masturbación fue como a los 12, cuando una compañera de curso me dio el dato que si una se acostaba en la bañera abajo del chorro del agua con las piernas abiertas, al cabo de un rato se sentía algo muy rico. Pase años bajo el chorro de agua -con los consiguientes alegatos de mis padres que “en esta casa se gasta gas como loco” y que “hasta cuando las duchas tan largas” o “yo no sé qué haces en el baño o que no sales nunca”- pero nunca volvimos hablar con mi amiga del tema. Y de hecho supe que eso era masturbarse y que lo que se sentía era un orgasmo cuando ya había tenido sexo con mi primer novio.

Al que por cierto jamás le conté de mis hábitos acuáticos, que a esas alturas de mi vida disminuido, pero a los que siempre acudía de vez en cuando, sobre todo considerando que en aquellos años mis espléndidas relaciones sexuales eran culposas, a escondidas, con una duración récord de cinco minutos y con las prendas de vestir atoradas o en el cuello o en las rodillas. Cuando conocí a mi segundo novio el me “enseño” que masturbarse me “desensibilizaba” para nuestras relaciones sexuales y además que esto de darme placer sola era una suerte de infidelidad con el.

Así que durante años juré que la masturbación no era buena y por poco la abandono. Fue mucho más adelante que me encontré con un galán al que no solo no le parecía que la masturbación era perniciosa ni insana, sino que él se masturbaba en privado con frecuencia, además de tener un excelente sexo conmigo. A él le gustaba que yo me masturbara y ahí fue la primera vez que descubrí que las manos y la entrepierna se llevaban excelente y que el chorro de agua no debía hacer todo el trabajo por mi, ademas de dejar de sentirme una cerda-egoísta-infiel cada vez que decidía masturbarme.

Un hombre menos idiota, los jodidos años (que de algo sirvan) y buena lectura sobre el tema me han llevado incluso a adquirir mi espléndido vibrador, un aparato de unos centímetros un poco exagerados, con un olor a goma que no se le quita ni con el jabón más caro del mercado, pero que tiene la virtud de no abandonarme ni en las peores circunstancias y sobre todo hacer que mi masturbación se haya ido perfeccionando cada vez más. Aclaro si que no soy una adicta-enfermiza a la masturbación, que los orgasmos no son los mismos que cuando tengo sexo (un buen sexo es infinitamente mejor para mi), ni tampoco ha logrado mi mano y mi vibrador satisfacerme o calmarme por completo en los tiempos de terrible soledad, incluso creo que me masturbo más cuando mi vida sexual está mas activa. Pero confieso que me gusta hacerlo ya sea porque la temperatura del cuerpo me subió más de la cuenta con alguna escena, cochinada, recuerdo o estimulo, porque mi galán de turno anda lejos o simplemente porque una noche me aburrí más de la cuenta en mi cama.