Conversaba con mi amigo Carlos Tromben a propósito de los acontecimientos de Venezuela y otros, y llegábamos a la triste conclusión que da título a esta columna. Si revisamos la práctica política de algunos grupos nos damos cuenta de que estamos jodidos. El análisis somero del discurso del sentido común de izquierda nos habla de decadencia cultural-política. Lo más triste es la repetición de ciertos mantras o tics arcaicos que ya no significan nada y que sólo mantienen el espíritu tribal. Otro amigo ex mirista llegaba más lejos y planteaba que había que sepultar a esa izquierda huevona, la que había llegado a su peack de fracaso profundo con Marcel Claude y la Roxana Miranda, y del eco gurú. Candidaturas patéticas que si bien tenían momentos de verdad eran de una arrogancia supina y de un desprecio por la ciudadanía que delata su confusión política.

La práctica discursiva convierte a muchos grupos de izquierda en exponentes o tributarios del pensamiento blando, alejados del más mínimo efecto de realidad. No soy un filósofo ni un cientista social, pero como operador de la ficción me impongo el deber de hacer unas interrogantes analíticas, buscando respuestas preliminares. Lo hago desde la desesperación, porque uno pertenece afectivamente a ese grupo de gente que se identifica con esa lateralidad. Hay un sentimiento, una nostalgia, como la de pertenecer a un equipo de fútbol. ¿Qué hacemos con esa hinchada? De hecho se podría hacer una analogía entre el proyecto hampón de las barras bravas por desplazar el sentido del fútbol y ciertos grupos anarcos por protagonizar los acontecimientos arbitrariamente.

LAS REGULARIDADES DISCURSIVAS
Nuestra doxa nos obliga a apoyar al chavismo -aunque la izquierda tradicional venezolana no los quiere-, al régimen cubano y a omitir lo que pasa con China y no problematizar la caída del muro de Berlín y de los socialismos reales. Por otro lado despreciamos la renovación socialista que condujo a esa cosa fatídica llamada Concertación. Nuestro refugio ha sido el pensamiento alternativo, en parte, teñido de mucha conciencia ecológica y de cruzada medioambiental, tecnologías baratas, organizaciones comunitarias, etc. Así como asumir una poética de la diversidad, étnica, de género y otras dimensiones más subjetivas, hasta llegar incluso hasta el esoterismo, el tarot y hasta las flores de Bach. A esto podemos incluirle hamburguesas de soya y la elaboración de pan integral y su comercialización callejera.

Son los nuevos dogmas característicos de eso que se llamó progresismo en el siglo XX, antes fue la lucha por la paz y contra el imperialismo, etc. Ese mismo movimiento que pretendía erigirse en partido de vanguardia, despreció los partidos políticos y le dio más visibilidad al movimiento ciudadano, todo esto como parte del fracaso del proyecto histórico ocurrido a fines del siglo XX.

Como yo no soy ducho en estos temas de historia política no estoy en condiciones teóricas de dar cuenta fidedigna de qué pasó con el pensamiento marxista, luego del stalinismo, pasando por la escuela de Frankfurt, el eurocomunismo y algunos intentos actuales por leer esta especie de eterna capacidad reproductiva del capitalismo o, en su defecto, percibir que el pensamiento socialista en general, más allá del marxismo como uno de sus momentos, es parte del proyecto de la modernidad que comienza con la ilustración, y que contribuye a moldear un mundo que en su diversidad no siempre se mueve con el canon capitalista.

POR UNA NUEVA MILITANCIA CÍVICA
Algo que debía aprender un buen militante era relacionar teoría y praxis, más aún, la primera debía, por lo que recuerdo, primar sobre la primera. Si hacemos una revisión somera de las causas que han movido a nuestra gente, sin cuestionar su legitimidad, nos damos cuenta de la falta de densidad. Por ejemplo, el tema estudiantil. Gran parte de lo planteado son meras vindicaciones aspiracionales. O si revisamos la causa mapuche, que en boca de sus apoyadores universitarios, parece ser un instrumento odioso contra la institucionalidad, el tema específicamente territorial queda fuera de foco. Finalmente, el patético movimiento sindical que por ahí sobrevive, dedicado al negocio de las mitigaciones y los bonos, casi nunca van más allá de lo reivindicativo.

Ni hablar de la resucitación del anarquismo vociferante, centrado en una consignería de nulo valor figurativo y que apuesta a la victimización cristiana de la pobreza y la precariedad. Los campeones de la guerra social, incluyendo a los troskos, carecen de conciencia histórica y se limitan a retrotraer el paradigma clásico, como si quisieran repetir las catástrofes fascistas del siglo XX, incluido el ‘73. El refranero izquierdista escrito en los muros de las ciudades, centrado en metáforas obvias y en el delirio conspirativo, es una forma de renunciar a la política. La izquierda estúpida hace una inversión simple de los acontecimientos aplicando una especie de instinto conspirativo, lo vemos desde el simple instrumento analítico que nos provee la ficción. De ahí que surge la actitud idiota de la subversividad pendejística, consistente en saltarse protocolos elementales de conducta para parecer combatientes “consecuentes”.

¿Qué hacer? Pregunta clave. Y la respuesta es simple, hacer política, lo que fundamentalmente significa volver a pensar, y eso es un trabajo y una responsabilidad. Es decir, ejercer nuestros derechos y deberes cívicos propios de la República que la izquierda ayudó a forjar, aunque valga callampa.

He visto algunos síntomas que no podemos dejar de tomar en cuenta contra la rebeldía torpe que el infantilismo de izquierda asume, se trata de algunas reacciones ciudadanas. Por ejemplo, los propios usuarios del metro tren de Valpo redujeron a un pendejo que paró el tren para que sus amigotes hicieran unos rayados y se lo entregaron a carabineros; los propios hinchas en un partido controlaron a un tipo que encendió una bengala. Yo creo que la ciudadanía común y corriente va a controlar a los capuchas en las calles, como para darle una oportunidad a la política, y eso va a entrar en contradicción con el negocio izquierdista del fracaso de la política. Los amantes de la guerra como sustituto de su patología abandónica tendrán que esperar otro momento para matar al padre, eso imagino.