Especialista en chascarros, inspirador de la saga humorística más rentable de la historia de Chile ( “Las Piñericosas”), Sebastián Piñera Echenique, es sin embargo justamente todo lo contrario de un humorista.

Hace reír y sonreír porque carece en dosis alta tanto del sentido del ridículo, como de auténtico sentido del humor. Se ríe de sí mismo, dice que le encantan “las Piñeracosas” y lee The Clinic, pero incluso cuando lo hace demuestra esa curiosa separación entre él y el mismo, esta especie de empeñosa y desesperada necesidad de caer bien y caer parado, que lo hizo tropezar en Bajos de Mena con los escombros de un edificio, detenido en el aire por el alcalde de Puente Alto, en una foto que de alguna forma simboliza lo mejor y lo peor de su gobierno: El hacedor que tropieza, el Presidente que muestra sin querer queriendo su vulnerabilidad.

Piñera no es un humorista, es algo más escaso en Chile, es un personaje cómico. No es Mario Moreno sino Cantinflas, no es Charles Chaplin sino Charlot, no es Andrés Rillón sino Don Pío. Personajes todos que son divertidos porque no pueden evitar ser ellos mismos pero también porque creen ser otra cosa de la que son. Pobres diablos con ademanes y costumbres de príncipes, como Charlot o Cantinflas que terminan de embajadores, héroes que besan a la chica guapa, perspicaces policías, como el inspector Clousseau que siguiendo todas las pistas equivocadas logran atrapar al ladrón.

El personaje cómico es patético porque no ve que la escalera ya no está cuando trata de bajarla y heroico porque al final la escalera invisible se hace realidad. Su ciego empeño por ignorar la realidad, termina, sin embargo, por empujar esta de su lado. Lo que hace reír es su empeño por tropezarse una y otra vez en la misma piedra y sacarse la cresta para volver a levantarse como si nada. Lo que da risa es la caída, lo que alegra es ese rebote que lo salva hasta de la muerte, porque las balas no los alcanzan nunca, porque los incendios no los queman, porque los terremotos les traen suerte y las derrotas terminan por darle la razón.

Charlot, el mendigo con sombrero redondo que viste con restos sucios del smoking de un gentleman, era una burla perfecta a los rigores del sistema de clases inglés. Sebastián Piñera, el empresario, el multimillonario dueño de casi todo que quiere ser además popular, representa una forma parecida de liberación. Piñera y sus Piñericosas permitieron desde la burla, desde la ironía, destrozar el pedestal del último poder fáctico aún virgen: los empresarios. Motor del desarrollo, protegidos por los militares, temidos primero y admirados por la concentración, dueños del avisaje que los hacía intocables para la prensa, alabado en Chile y fuera de Chile, Piñera demostró no solo que los millonarios pueden ser tan torpes como el más olvidado de sus empleados, sino que la impunidad y la endogamia en que vivieron todos estos años los había hecho aún más ciegos, más alejados de su propio país.

Decirle a un hombre, al hombre que lo consiguió casi todo—poder, dinero, fama—, gracias a su inteligencia, que en el fondo es un tonto fue un lujo al que nos lanzamos los chilenos sin piedad. El crecimiento sostenido, la prosperidad pero también la buena voluntad con que muchos niños del Verbo y niñas del Villa María descubrieron el centro de Santiago y la desolación de las provincias, permitió que ese carnaval fuera hasta el final solo una fiesta. Acallados por Lagos que siempre sabía más que tú, castrados por la Bachelet y su silentocracia, Piñera fue una oportunidad de decir apurado todo lo que nos habíamos guardado durante años. La voluntad del presidente de escucharnos, su incapacidad de hacerlo, nos permitió hablar con total impunidad, plantear lo que nunca nos habíamos atrevido a plantear antes, pedir lo posible y lo imposible, cuestionar lo incuestionable, inventarnos problemas donde no los hay (Hidroaysén) y denunciar injusticia seculares (la educación) como si pudiéramos resolverla en dos días. Nos dimos el lujo entremedio, de encajarle al Presidente la peor de todas las derrotas posible, el tener que entregarle la banda presidencial a la Presidenta que se la entregó a él y a la coalición que logró derrotar hace cuatro años.

Quizás para que sepamos que el carnaval Piñera se acabó, la Presidenta Bachelet recibe la banda con una mueca adusta que no le conocíamos hasta ahora. No es propiamente amargura, pero si preocupación, concentración, con algo sutil de revancha detrás. Bachelet habla en siglas, programatiza todo lo que se puede programizar de acuerdo al programa que se ha convertido su respuesta a todo. Evita cualquiera de los miles de adjetivos con que Piñera adornaba sus discursos. No quiere entusiasmar a nadie, aunque su programa sea fruto justamente de una fiebre de entusiasmo, una respuesta tan voluntariosa como él, al frenético ritmo con que Sebastián Piñera hablaba a cien por hora de todo y de nada, obligando a sus ministros a pasar exámenes a cualquier hora del día y la noche.

La doctora piensa que quizás es mejor anestesiar al paciente antes de someterlo a una cirugía mayor. Para eso necesita alejar de nosotros el recuerdo de Sebastián Piñera, ese hombre que no duerme y no deja dormir. Este cree que el recuerdo del crecimiento sostenido lo devolverá a La Moneda el 2017, aunque quizás más que cualquier prosperidad pasada es justamente esa libertad con que pudimos decirle en su cara todo o casi todo lo que se nos ocurrió al Presidente, lo que puede permitir algún día, volver.