La muda no es la que no habla, sino, en este caso, el acto de cambiarse de casa.

La fobia que padezco prefiere la primera acepción. Mudarse es morir un poco o al menos deteriorarse. No pocos han escrito al respecto y no quiero hacer ese catastro poético.

Llevo una semana tratando de habitar una casa que acabo de arrendar y no es para nada fácil. Cuando creí que lo había logrado llegó un maestro a colocar unas ventanas deterioradas por el viento y la lluvia. Esto ocurría un día viernes y el maestro, un tipo simpático de Playa Ancha, dejó los tres boquetes u hoyos de las ventanas listos para que las de corredera fueran instaladas. Cuestión que debía ocurrir después que otro maestro fuera a tomar las medidas para que por ahí por el martes o miércoles, un tercero las viniera a instalar.

Eso me dijo el corredor cuando lo llamé levemente preocupado por tener que pasar un fin de semana completo y algo más sin ventanas. Él me respondió algo muy claro y preciso: que yo no me preocupara, que siguiera haciendo mi vida normal y que él me avisaba cuando iban los maestros por el resto del trabajo. Gran consejo, sin duda. Yo creo que él debe haber percibido que yo soy capaz de hacer vida normal sin ventanas, y hasta sin puertas. La situación de muda persiste y reproduce la mini catástrofe, y me hace inestable. No puedo pasar meses en situación de mudanza, ¿o sí? Menos mal que uno es solo y abandonado y no tiene una familia que proteger de las inclemencias del tiempo. Cerrar bien las puertas del dormitorio e instalarme en el living comedor, mientras tanto. Eso hice.

Además, paralelamente, debía proveerme de los productos específicos de la higiene doméstica que me había recomendado una amiga del Consejo de la Cultura. Cloro gel Vanish, desengrasante Mister Músculo, un abrasivo Cif y anti sarro Harpig, y la nunca bien ponderada mopa. Creo que voy a escribir una novela que se llame así, Mopa. Suena bien. Una narración con correlato higiénico. Debo partir por una experiencia que considero valiosa, la limpieza doméstica. De una combinación virtuosa entre desengrasantes y abrasivos pude eliminar ese sarro sedimentario que se aloja en el fondo de los escusados. Tuve que meter la mano, para remover el residuo rebelde. En verdad, aproveché un trozo de fierro que surgió de la manilla de una de las ventanas y raspé las paredes del fondo del retrete. Una amiga que trabaja en la Upla me recomendó que no usara el viejo ácido muriático, porque deterioraba el enlozado y dejaba la superficie porosa, es decir, a la larga era peor porque ahí sí cundían los gérmenes que te destruían la vida.

Paralelamente me toca conocer el vecindario, junto al viejo estilo de vida de cerro barrial convive la razón patrimonial y la bohemia patológica, irremediablemente. Los accesos más directos están compuestos por una red de escaleras increíbles que conforman un laberinto que la hija adolescente de una amiga me describe, porque suele carretear por ahí, con sus amigotes okupas y panqueteros. Son la Fama, el Pasillo, la Becker y la Becker chica, y otras que no alcanzo a retener. Yo he subido por varias y son de thriller, me ha tocado escalar la Chopin y la Strauss, que tienen nombres de músicos, y en las que además de sortear los restos de carretes rancios, hay casas de vecinos que deben soportar a los indeseables. También hay gatos merodeadores y más de alguna vecina que los alimenta.

Recorriendo el entramado de escaleras ficcionaba con el delirio higiénico de alguna vecina, aunque en realidad era el mío, pensando ahora en un relato posible. Imaginaba a una tal señora Eulalia que comienza ella sola una cruzada particular de limpieza radical de espacios públicos vecinales. Porque aquí sí que se necesita desengrasante, cloro y abrasivos. Valpo ha sabido cultivar una costra espesa hecha de orina, mierda, vómito y goma chiclosa, más el polvo terroso y las hojas que transporta el viento, incluidos otros sedimentos difíciles de clasificar.

Un día soleado de muda, ya llevaba una semana en ese proceso interminable, bajé por la Fama, que es la escalera más grande, y unos municipales la estaban limpiando, si es que eso es posible, y la cantidad de basura era inconmensurable; paralelamente habían unos gringos con un guía, también gringo, que les hacía no sé qué relato en relación con las tomateras y el baño público, todos reían a mandíbula batiente. Y los compadres de la limpieza se quejaban de que los que provocaban tal catástrofe no estaban ahí limpiando, haciendo gala del antipendejismo tan característico del Chile de hoy, y del que yo también soy tributario.

De algún modo la muda me seduce y me incorpora a su red de lo insospechado. Lo que más me tiene fascinado son las escaleras de acceso con sus descansos y atalayas y recovecos y sus casas en que un cuidado antejardín le da una dignidad que sobrecoge, aunque esa no era la oferta original de la muda. He pasado varias noches insomnes con la muda y me estoy acostumbrando a su estado de no consumación.