Irrumpe el nuevo sujeto político (y/o la nueva sujeta política, para decirlo empatadamente). Vemos una nueva generación de pendejo(a)s ocupando el escenario, son cabro(a)s inmaduro(a)s que se equivocan cuando hablan, se atoran y tosen y trastabillan. No es malo que así sea, porque es síntoma inequívoco del cambio de actores, o al menos la voluntad de cambio.

Hay un periodismo maldito que echa de menos a los muñequeros de antaño que hablan de corrido y que manejan bien los protocolos. En el fondo les gusta el puterío viejo con vocación de corruptos, a pesar del daño que produjeron.

Una de las cosas más entretenidas de los procesos políticos es cuando algunos actores del teatro político, haciendo la homología dramatúrgica, se ven obligados a salir de la escena, no porque quieran, sino porque su actuación anterior es tan impresentable que no pueden volver a actuar, un cierto orden misterioso de la comunidad no se los permite. Pero su legado sigue funcionando.

Recuerdo cuando Altamirano, Carlos, dijo en un libro que mientras él sea culpable de la catástrofe de entonces, algo como eso, el resto podrá dormir tranquilo. Él nunca pudo volver a la acción política, nunca más pudo ser un operador de la ficción política, porque su intervención o su rol fue percibido tan negativamente que “naturalmente” se lo excluye.

A pesar de que fue uno de los protagonistas del diseño de la renovación socialista. A Escalona le pasa algo parecido, su fórmula política, su performance es tan rechazable que no puede ocupar la escena, aunque quiera, debe conformarse con poner a sus Perkins, con el peligro de que estos se distancien de él. Y hay que reconocer que Escalona protagonizó un modelo neutralizador del deseo político que fue clave para el proyecto neoliberal.

EL OTRO MODO
Los que ocupamos la calle de la provincia, no en sentido de ocupación política, sino más bien en registro cotidiano, vemos la parte B o Z de la política, y somos testigos de cómo se tiende a reproducir patéticamente el modo mujeril de lo público, cohabitando muy cercanamente con la ordinariez chula de los operadores compadritos, buenos pa’l güeveo que se juntan en los cafés y fuentes de soda de las plazas que hay cerca de la intendencias y gobernaciones del país. Ese modo impúdico de la baja política no se aplica sólo a las amantes de los ediles que escalan en cargos estratégicos. El Vera, el Cornejo y otros, meros ejemplos figurativos, han desarrollado esa línea de trabajo, siempre muy fieles al grado cero de la dignidad.

En mi región la picantería política no se hizo esperar; el concertacionismo clásico echa de menos el cuoteo a todo evento, de ahí la impudicia de los siempre disponibles que se ponen a la cola por si salta la liebre. Lagos doble V no oculta su deseo hegemónico de reinar en la quinta y proyectarse, nos imaginamos, como presidenciable. Y los radicales no cesan en su hormigueo rasca. Y para qué hablar del resto.

Por otro lado, a corta distancia, unas amigas me comentan que a ese nuevo efluvio del campo político le llaman “las perras”, corresponde a una nueva casta política cuya herencia directa es el machismo clientelista, producto del bacheletismo local predecible y casi necesario. Un masculinismo perverso e institucional las habría producido, con algo de impronta militar, como sentenció un historiador conservador. Esto no sólo lo vemos en la política, sino también en la academia y en la empresa, creo. Y no hay que confundir con opción feminista, que en su versión más potente está más ocupado de los signos culturales que de la materialidad cárnica del sujeto político. En este caso es un mujerismo fálico basado en la necesidad eréctil de la persistencia institucional.

Mis amigotas, además, opinan que así como se investigan los antecedentes personales de los nombramientos hay que solicitar un certificado de salud mental, porque llega mucho loca y loco, incluso a nivel de interdicción radical, con diagnóstico y todo. No estamos pensando sólo en los miembros de las familias puente (de Tito Puente) que han postulado a cargos públicos (que tienen todo el derecho). A todo esto recuerdo a un personero de derecha que se quejaba amargamente a propósito de temas de incompatibilidad de ciertos cargos por tema de intereses, y decía que iban a tener que recurrir a los indigentes del Hogar de Cristo para llenar cargos, porque esos sujetos sí que no tenían historia ni empresarial ni política.

Lo que sí es valorable es la disposición a la escucha que es un logro, probablemente, de una movilización que hoy aparece como ablandada por su dispersión. La ciudadanía tiene hoy posibilidades de ocupar o ganar lugares, sólo hay que ser responsables y precisos con el modelo deseado de ocupación.

Uno se ubica, figurativamente por cierto, como un operador hamletiano de la política ficción, cuya construcción narrativa surge desde el más profundo desprecio escénico de los acontecimientos y cuyo delirio supone una trama catastrófica que extermina a todos los actores de la corte. Yo creo que el Primer Damo, por ejemplo, en la lógica charcha de este delirio analítico, es una especie de Principe de Dinamarca, cuya madre se involucró con el enemigo que extermina a su padre, que es la política. Claro que todo esto en un marco de sicoanálisis silvestre y fuera de tono. Uno solo les desea el mejor de los éxitos a esta nueva propuesta trágica.