Hoy se celebra en todo el mundo el Día Internacional del Libro, instituido por la UNESCO en la Conferencia General en París en 1995. Cada año, la UNESCO y las tres organizaciones profesionales internacionales del mundo del libro (la Unión Internacional de Editores, la Federación Internacional de Libreros y la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones Bibliotecarias) eligen una capital mundial del libro cuyo mandato empieza cada 23 de abril. Así, la iniciativa se añade a las celebraciones del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor y pone de manifiesto la colaboración entre los principales actores del sector del libro y el compromiso de las ciudades para promover el libro y la lectura.

Lamentablemente en nuestro país no solo las ciudades y sus autoridades no se suman, de manera significativa ni nada que se le parezca, sino que adicionalmente este año un grupo poco significativo de libreros y distribuidores se han confabulado para boicotear todo tipo de actividades tendientes a celebrar un día como este.

Este año la ciudad de Port Harcourt (Nigeria) fue elegida como Capital mundial del Libro, debido a la calidad de su programa, especialmente por centrarse en los jóvenes y por su contribución a la mejora de la cultura del libro, la lectura, la escritura y la edición en Nigeria con vistas a incrementar los índices de alfabetización, de acuerdo con el Comité de Selección.

La elección del 23 de abril como Día Internacional del Libro no es antojadiza, es especialmente simbólico para la literatura mundial ya que ese día fallecieron Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega. La fecha coincide también con la muerte o nacimiento de otros autores destacados como Maurice Druon o Vladimir Nabokov.

En Barcelona, España, el 23 de abril se celebra el día de Sant Jordi, patrón de Cataluña. Es tradicional el regalo de rosas y libros entre las parejas y personas queridas en esta fecha, convirtiéndose en una de las jornadas más celebradas. Tanto es así, que en Barcelona se comenta todos los años, que en ese solo día se venden más libros que en el mejor mes de ventas del año. Lo mismo sucede con las ventas de rosas. Durante todo el día, los autores de libros más populares, a veces escritores nóveles, firman ejemplares de sus libros en los puestos instalados en la calle para la ocasión. Las librerías salen a las veredas con mesas para facilitar el acceso, la exhibición y la venta. Es una verdadera fiesta del libro.

¿Y, cómo andamos por casa?

Con suerte y con bastante desprolijidad todos los años se hacía una pequeña Feria del Libro en la Plaza de Armas de Santiago, impulsada fundamentalmente por algunos socios de la Cámara del Libro que pretendían hacer su agosto con la venta directa y con el flujo de público que por ahí circula. De cultural, tenía muy poco y no me queda claro si a los expositores les interesaba realmente que la tuviera. Este año, por trabajos urbanísticos que se están realizando en la Plaza de Armas de Santiago hubo que buscar otra locación, lo que resultó muy complejo y las alternativas presentadas a los eventuales interesados no prosperaron ni les gustaron. Probablemente pensaron que “se vendería poco”.

La disposición de las autoridades nacionales para hacer del Día Internacional del Libro una fiesta cultural y popular no ha existido jamás. Bueno, convengamos que las autoridades nacionales no se han jugado nada por el libro históricamente. Vale la pena citar un pequeño párrafo del libro de editor Oscar Luis Molina:
“El libro, la palabra impresa, ha sido eje y corazón de la cultura moderna occidental. En Chile, histórica y actualmente, no lo hemos amado ni conocido – sí temido, como se teme a los fantasmas-, no lo hemos tenido en el corazón ni en la cabeza ni en las manos. Pero si tenemos gente que habla de modernidad como si ya estuviéramos por ingresar en ella, y hasta de postmodernidad. Grotesco.

Estamos entrando en una etapa que ha generado una cantidad enorme de esperanzas de cambio en diversas materias, fundamentalmente en el tema educacional y a propósito de esto, en la educación es central un proceso de transmisión, de aprendizaje. La mayor parte del aprendizaje no es entretenido; implica trabajo, disciplina, lectura disciplinada de libros, partituras musicales, signos matemáticos y científicos, cuadros estadísticos, entrega del profesor y del estudiante. No hay modo de eludir esto si se pretende, como hoy tanto se habla, una educación de calidad.

¿Qué rol se le está asignando hoy dentro de la reforma educacional a la lectura y el libro? Al parecer muy poca. Ante la pregunta que le hiciera un periodista a la nueva Presidenta del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes sobre el tema del IVA al libro, contestó que en el programa no estaba contemplada una eliminación ni una reducción. Interesante respuesta y para tener en cuenta frente a cualquier iniciativa, por más justa y conveniente que sea, de que no debemos perder el tiempo en hacer propuestas no contempladas en el programa.

La actual directiva de la Cámara chilena del Libro presentó una propuesta seria y muy bien estudiada para asimilar el tema del IVA al libro al mismo régimen que existe para las exportaciones de bienes y servicios. Nos habría gustado que formara parte de las medidas anunciadas, para su estudio, en el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor. Nos queda la secreta esperanza de que forme parte de las novedades que la Presidenta anunciará el 21 de mayo en su primera rendición de cuentas ante el Parlamento sobre el estado de la Nación.

No somos pocos los que esperamos que una política del libro y la lectura se rediseñe nuevamente y, por favor, muy alejado de los intereses de la industria que suelen distraer mucho sobre los reales intereses y expectativas.